Y es por esa misma razón que, y esto lo digo en clave, pues he hallado motivos para ser feliz “aquí”, “ahora”, y no al otro lado del océano, ya no iré a La Meca. No sobra recordar siempre que, al decir de Calderón de la Barca, “toda la vida es sueño / y los sueños, sueños son”.

Por: Daniel Jiménez Cardona
A la vuelta de mi casa hay un columpio. Es un viejo columpio hecho de un pedazo de neumático sostenido por unas cadenas de hierro agarradas a troncos de madera. Cuando era niño me gustaban mucho los columpios. También a la vuelta de la casa, en esa época, había un parque con columpios. Cosas terribles ocurrieron en ese parque, con la inútil presencia de la policía al lado. Pero hubo también muchas cosas buenas. Y aunque no recuerdo ninguna en particular, sí recuerdo la alegría que sentía cada vez que iba a jugar allí, especialmente en los columpios. Nada supera la sensación que un niño tiene al sentir el viento suave sobre su rostro.
De modo que cuando vi ese columpio a la vuelta de mi casa, ahora que me mudé, no pude resistir la tentación de salir con mi perra cerca del terreno lleno de inocente maleza y montarme en él. Yo, que ya no tengo los 7 o 10 años que tenía cuando disfrutaba a todo dar de los parques a pesar de las presencias malignas que operaban en ellos con la anuencia de la verde autoridad, quise subirme a ese viejo columpio hecho con un pedazo de neumático y recordar la hermosura de la alegría infantil.
¿Verdad que es extraño? Crecemos y nos volvemos huraños, zalameros, misántropos, arrogantes o, en el caso de las mujeres, feministas, que es lo mismo que todo lo anterior, pero elevado a la N potencia. Así de poco valoramos las buenas cosas de la vida, que estamos dispuestos a dejar pasar los momentos de felicidad por causa de pequeñeces relacionadas con nuestro insignificante orgullo.
Recuerdo ahora una excelente película que vi por primera vez por recomendación de mi madre. Se llama Érase una vez en América, de Sergio Leone. No la recuerdo simplemente por la historia del fracaso de unos cuantos mafiosos de una época y país hipotéticamente alejados de nuestro contexto; la recuerdo porque retrata perfectamente la manera tan espectacular que tenemos los seres humanos de ser unos auténticos imbéciles, dejando pasar todo aquello que pudo haber hecho bella la vida, es decir, de hacer que, literalmente, mereciera la pena vivirla, para lamentarnos luego en las postrimerías de nuestra existencia.
En fin, como lo anuncia el título, este texto no apunta a ninguna parte. Simplemente quiero decir que ya no me importan las credenciales que me pueda adjudicar la academia o la religión, que si bien son en ocasiones valiosas y dignas de mención, están también con frecuencia acompañadas de maldiciones. He tenido la oportunidad de ser universitario, recorrer el país, aprender varios idiomas, conocer diversidad de gentes y pueblos. Y lo más importante que he descubierto es que la búsqueda de la felicidad no tiene sentido “ahí afuera” o “ayer”, ni mucho menos “mañana”, sino “aquí”, “ahora”. Y no hablo de la búsqueda de la felicidad al detestable estilo de Walter Riso o Deepak Chopra, sino en aquel maravilloso sentido que le dio el autor de la Declaración de Independencia de los EE.UU. (y que luego los gringos pervirtieron) como un “derecho inalienable”.
Por eso, cuando un amigo me preguntó por qué no había vuelto a hacerme presente en la escena literaria, le contesté que estaba cansado de la arrogancia que se gastan (o nos gastamos, debería decir) prácticamente todos los artistas, a quienes se les perdona todo por la producción de dos o tres obritas aceptables, destruyendo a cambio lo único que nos queda en un mundo tan maltrecho por causa de la violencia: la esperanza de construir una convivencia, sino es posible sana, al menos tolerable. Y es por esa misma razón que, y esto lo digo en clave, pues he hallado motivos para ser feliz “aquí”, “ahora”, y no al otro lado del océano, ya no iré a La Meca. No sobra recordar siempre que, al decir de Calderón de la Barca, “toda la vida es sueño / y los sueños, sueños son”.


