El de Tocar el agua es un autor ajeno, desviado, si se mira en relación a lo que será su corpus posterior, mucho más cuidado en la narración y la penetración de los caracteres de sus personajes. Sobre todo, mucho más apegado a los eventos diarios, cotidianos e intrascendentes de la vida de Israel, que cobran gran interés cuando se revisan cómo dramas humanos, producto de conflictos personales. Lástima que un título que promete la belleza, se diluya en dos centenares de páginas que no la encuentran. 

Imagen tomada de: http://mla-s1-p.mlstatic.com/tocar-el-agua-tocar-el-viento-amos-oz-12257-MLA20057379740_032014-F.jpg

Imagen tomada de: http://mla-s1-p.mlstatic.com

Por: Camilo Alzate

Con esta novela real maravillosa, Amos Oz se sumerge en el coletazo de la influencia latinoamericana dentro de la narrativa contemporánea. Este relato se inscribe en la línea de autores como Salman Rushdie (Los versos satánicos), Günter Grass (El tambor de hojalata), incluso José Saramago (Memorial del convento). En todos ellos se nota demasiado la lectura, a veces poco decorosa, de Cien años de soledad. Igual que Remedios la bella, las obras citadas vuelan hacia la fantasía a veces tan literalmente como los personajes de Rushdie que explotan junto a un avión o las máquinas barrocas de Saramago. No es casual pues que Tocar el agua, tocar el viento de comienzo a la aventura de Pomeranz, su personaje, precisamente levitando por los cielos.

A pesar del regusto a magia barata que se percibe en la historia, Oz ya perfila las tres o cuatro obsesiones que componen toda su escritura. El asunto de la identidad judía, como elemento en construcción incesante a la par que se edifica una nación surgida de la nada, del despojo propio y luego del despojo ajeno. Y del polvo del desierto. Esa identidad acumula, a pesar de sí, la rica tradición ilustrada europea. Está también la obsesión por narrar la cotidianidad de Israel como cuestión de familia, como historia de parientes, trama que se perfila bien en el relato. Los Kibutz. Los colonos. La emigración. La separación.

Imagen tomada de: https://lamula.pe/media/uploads/08b36282-b021-4d18-8bda-080e443b6d8d.jpg

Imagen tomada de: https://lamula.pe

Se echa de menos la formidable destreza de percepción que Oz revelaba ya en una novela anterior (Mi querido Mijael), lienzo perfecto de la psicología de una pareja narrado en primera persona, sin imaginerías ni inclinaciones exóticas.

El de Tocar el agua es un autor ajeno, desviado, si se mira en relación a lo que será su corpus posterior, mucho más cuidado en la narración y la penetración de los caracteres de sus personajes. Sobre todo, mucho más apegado a los eventos diarios, cotidianos e intrascendentes de la vida de Israel, que cobran gran interés cuando se revisan cómo dramas humanos, producto de conflictos personales. Lástima que un título que promete la belleza, se diluya en dos centenares de páginas que no la encuentran. Allí radica el desacierto de esta obra, considerada bajo aquella etiqueta de la “experimentación formal”. Dos palabras juntas que siempre me han parecido dudosas. Se nota un interés por llenar la historia con sucesos maravillosos, fabulados, míticos, quitándole originalidad y valor a un tema que tratado desde otra óptica sería muy rico en matices: el proceso de migración y posterior colonización judía en Oriente Próximo a partir de la Segunda Guerra mundial.

Amos Oz, que al parecer no se había desembarazado de sus lecturas de García Márquez, por fortuna solo experimentó la extravagancia tropical con este relato. La magia barata y la superchería de lo real maravilloso no lucen en un monstruo literario acostumbrado a vestirse con la sobriedad de una prosa sencilla, transparente, genial.