Toros, filosofía y muerte

Porque, de cierta manera, el torero tiene miedo, pues se enfrenta a un animal ferozmente noble. Solo venciéndolo se hace hombre valeroso. Hombre de verdad. Eso  lo exigen los espectadores. Son ellos los últimos que quieren ver morir al toro. Desean que se alargue ese acto de ver a un hombre lleno de miedo, pues así ven el ropaje del que están hechos verdaderamente las personas.

“Los toros no son un deporte, son una tragedia”. E. Hemingway

Por: Diego Firmiano

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¿Qué relación tiene la filosofía con los toros? Parece que ninguna, salvo esa historia apócrifa del encuentro en los años 50 entre el mayor filósofo alemán, Heidegger, y el mayor filósofo español, Ortega y Gasset, cuando el primero, con un punto de xenofobia pregunta: “¿Por qué hay tan pocos filósofos españoles?. Y el segundo responde, con un punto de ironía: ¿Y por qué hay tan pocos toreros alemanes?”. Desde hace muchos años atrás, filosofar sobre una corrida de toros no tenía importancia, ya que era evidente que una corrida de toros no podía ser definida. Al menos pocos teóricos hablaban sobre el asunto, y los primeros catálogos o libros sobre la tauromaquia se reducían a fanáticas especulaciones sobre el arte minoico. El mismo George Bataille, que era un escritor aficionado en el tema y Ernest Hemingway,  quedarían cortos sobre el asunto, al resaltar la fiesta, más que la esencia y el fundamento de la fiesta brava.

Como sea, con filosofía o sin filosofía, lo cierto es que una simple corrida de toros hace un desbarajuste de la razón. El debate entre pro-taurinos y grupos de defensa animal anti-taurinos se enciende y la controversia parece tener razón en ambas partes. Los argumentos de los que apelan a la fiesta brava se basan en la tradición de siglos con que cuenta el evento (por lo menos desde el siglo XII en España) y los que están en contra, su discurso se opone a toda violencia animal, casi que reforzando esa tesis Nietzscheana de que “El animal tiene los mismos derechos que el hombre, por cuanto también camina libremente como los demás” (Gaya Ciencia).

El mismo escritor peruano Mario Vargas Llosa, un acérrimo defensor de la corrida de toros, cuando tuvo que defender la fiesta brava, su premisa fue más estética que tradicional: “en el ruedo no hay sadismo, ni crueldad animal, sino arte y respeto por un animal producido para la lucha”.  Es obvio que veía (y ve) el asunto con la mirada de un crítico de arte frente a una pintura,  o de un filólogo ante un texto, pero es claro que no todos tienen la misma óptica, por cuanto los ruedos se vuelven cada vez más populares. Y si en una primera instancia torear es un arte, en lo popular, torear es ver cómo se juega y se apuñala a otro ser vivo, con la conciencia de quedar impune por los aplausos masivos. El pueblo, sin aparente profundidad, entiende ese acto, lo disfruta, por eso perdona todo y es testigo de este espectáculo cultural que no dejará hasta quedar satisfecho.

Solo en una cosa concuerdo con el premio Nobel y es cuando dice que “(el toro)… es un animal producido para la lucha”. Es cierto, es producido, hecho, formado, educado, deformado para que sea bravo, y esto como un deseo caprichoso de los hombres por enfrentarse a alguien más fuerte que ellos. Por sentirse hombres (Hemingway no veía la corrida de toros con otros ojos). Por ensayar la violencia. Porque, de cierta manera, el torero tiene miedo, pues se enfrenta a un animal ferozmente noble. Solo venciéndolo se hace hombre valeroso. Hombre de verdad. Eso  lo exigen los espectadores. Son ellos los últimos que quieren ver morir al toro. Desean que se alargue ese acto de ver a un hombre lleno de miedo, pues así ven el ropaje del que están hechos verdaderamente las personas.

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Y realmente los espectadores de estos eventos no vienen a ver un rito de vida-muerte, vienen a experimentar su instinto de sangre exaltado por un hombrecillo que no es fiel al verdadero acto de torear, como lo hacían en la cultura micénica: saltando encima del toro, tomándolo por los cuernos. De ahí viene el adagio popular: “hay que coger el toro por los cuernos”.  Hoy en día lo más parecido a este acto antiguo son los toros de las corralejas de pueblo, donde enanos vestidos de superhéroes saltan encima de los toretes, ayudados de ramplas, trampolines o toneles de madera. Una vez que la emoción y la embriaguez han llegado a su cenit, entonces ahí es donde mayormente se caen esos estadios improvisados de guadua y sudor.

El consenso generalizado es que muchos desean que el toro corneé al torero. Es un hecho. Con eso viven una verdadera emoción y se sienten históricamente vivos. En la antigua Roma era así. Cristianos y paganos eran corneados por la locura de Nerón o la furia de Diocleciano en el circo de la capital. Y en esta ocasión, yo mismo presencié en las fiestas patronales de San Miguel de Bolívar, un pueblo en las entrañas de la sierra ecuatoriana, la muerte del ejemplar número 373 que provenía de una hacienda colombiana (el tablero de presentación lo afirmaba). Un  toro que era colombiano hasta en su furia, y que debutaba ante un torero que dejó su hombría despilfarrada a lo largo de la faena. Su salida estuvo llena de una fuerza tan descomunal, que el delgado torero se persignó dos veces encomendándose a la Virgen del Cisne, patrona de los serranos.

Después de 25 minutos y mientras dos bestias luchaban por sobrevivir, alguien gritó desde el palco “indulto, indulto”. Las miradas lo apuñalaron, igual que los banderines al lomo del toro. El  trágico final del animal fue como el ocaso de sol: levantó su mirada al cielo, se arrodilló y luego expiró. Después vinieron los aplausos, los comentarios y los arrepentimientos. Los espectadores de la plaza de toros, que en la antigua Roma les llamaban plebe o vulgo, pedía más sangre y más vino, quizá sin entender a cabalidad ese juego de muerte que tanto gustaba a Hemingway en la clásica fiesta de San Fermín en España.  Supe en ese momento que ellos eran lo que la faena les invita a ser. Como ya lo decía Séneca, el contacto con la multitud nos es hostil: cualquiera nos encarece algún vicio o nos lo sugiere, o nos lo contagia sin que nos demos cuenta.

Porque si en el deporte (como le llaman ahora a las corridas, por cuestiones de conciencia) se humaniza el animal, al darle una muerte noble, como decía Francis Wolff, del centro de investigación de toros de lidia, entonces también en esa misma faena, se animaliza el hombre. De la lógica se deduce esta afirmación. Porque no hay ningún valor en la tauromaquia, como lo proponen los pro-taurinos. Ni biológico ni estético ni ético. Simplemente el acto es una exaltación del instinto de la ira, aplacado solo con la muerte del otro. Si el toro fue preparado para la ira, el hombre lo es de igual manera, porque solo dos iguales pueden rivalizar o, mejor, luchar por sobrevivir.

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Esa misma tarde, en la fiestas patronales de San Miguel de Bolívar en la sierra ecuatoriana, una niña de 13 años cerraría el evento cuando dijo -dejando atónitas a muchas personas-: “Cuando el toro le entierra los cachos al torero, ¿por qué no dicen óle?” y un colombiano anti-taurino, que con intención de boicotear la faena (temeraria actitud en tierra ajena), cantaba inversamente ese pasodoble de la orquesta Guayacán “hay sangre en la arena y no es del toro… hay que torito”. Al finalizar la tarde, al morir el sol, el toro, el tiempo, la filosofía, solo se pudo concluir que nada se parece tanto a la vida como una faena de toros.