Sangre y arena

Esta es una crítica a la tauromaquia, coloquialmente llamada fiesta brava y en la que sus defensores hipócritamente dicen “vivan los toros”.

 

Por: Eduardo Valencia

La arena, aquella conocida anteriormente como plaza de toros, estaba a reventar. Cada espacio para sentarse, por minúsculo que fuera, estaba ocupado; la gente gritaba emocionada, muchos de ellos coreando el nombre de Juan Pablo, quien aún no aparecía.

En los camerinos, el muchacho recibía instrucciones de su entrenador, quien le daba palmadas en los musculosos brazos y le decía reiteradas veces que sería el vencedor. Juan Pablo tenía miedo, ya había hecho esto varias veces, dejando a sus rivales inertes en grandiosos espectáculos, pero era natural tener miedo antes del combate, siempre se jugaba la vida.

Se puso un casco, tomó su espada y un escudo similar a los que usan los escuadrones antimotines y se dirigió a su destino. En el pasillo camino a la arena varias cámaras le apuntaban, era imposible saber si sonreía, el casco que le protegía la cabeza ocultaba su rostro totalmente.

Mientras tanto, en la cárcel, ya sin el problema de hacinamiento, un grupo de hombres miran atentamente a la pantalla para ver a quien fuera su compañero, otro grupo deja de hacer ejercicio en las máquinas de gimnasio que hay en el lugar y se les une. “Va a ganar, el otro era un político corrupto”, dice uno y todos sonríen emocionados.

Juan Pablo llega a la arena y, al escuchar a la multitud, levanta su espada, lo que hace que los gritos del público aumenten; su rival, un hombre levemente menos musculoso, lo mira en silencio sosteniendo dos espadas, Juan Pablo le apunta con su espada.

Guillermo Beltrán, quien fuera un concejal de un pequeño pueblo, destituido por robarse gran parte de los dineros públicos, corre hacia Juan Pablo haciendo una X con sus espadas; cuando está lo suficientemente cerca, Juan Pablo lo esquiva con una finta y le golpea la espalda con su espada. El público grita: “OLE”

El golpe hace caer a Beltrán al suelo y mientras intenta levantarse Juan Pablo le da una patada en las costillas, Beltrán lo enreda con sus pies haciéndolo caer, momento que aprovecha para incorporarse. El exconcejal ataca con ambas espadas la humanidad de Juan Pablo quien se protege con su escudo hasta que lo usa para golpear el pecho de su rival y se incorpora.

Beltrán queda mareado por el golpe al pecho y no puede defenderse de un espadazo de Juan Pablo a la mano derecha, que le hace perder su espada; furioso, lanza un ataque, con su espada restante, que es neutralizado por el arma de su rival.

Un nuevo golpe en el pecho con el escudo le hace perder el equilibro por segunda vez en la batalla, y ya en el suelo Juan Pablo le patea el brazo izquierdo, retirándole la espada. Esgrimiendo su arma Juan Pablo mira hacia la multitud.

En el palco el Gobernador Gómez corresponde la mirada del gladiador y muestra su puño cerrado con el pulgar apuntando al suelo; luego vino otro nuevo grito del público y la estocada final. Juan Pablo viviría para otra batalla, pero la suerte de Beltrán no es la misma.

Más tarde, mientras el público abandona la arena, una mujer se cubre momentáneamente el rostro con la mano y dice:

— ¡Ay no! ¡Qué violencia tan horrible! Era mejor con los toros.

—¡Cómo se le ocurre, señora! —responde un muchacho a su lado—. Si con los toros uno ya sabía quién iba a a ganar. Acá al menos hay igualdad de condiciones, cualquiera gana y cualquiera muere.