“Gran antología poética -memoria de lo olvidado-”, de Carlos Jiménez Gómez, es un libro que circula de manera restringida entre los allegados o conocidos del antologista. La elegancia en la edición y selección de contenidos es una de las claves para su aceptación por parte de quienes son honrados con el obsequio de un ejemplar.
Por: Wilmar Vera Zapata
Toda antología es un ejercicio de exclusión y si se le antepone el adjetivo “Gran”, tenga la seguridad que el descarte es mayor. Y es que publicar la “Gran antología poética -memoria del olvidado-” es como pretender contener en un vaso al mar. Tendría elementos comunes, la esencia de su naturaleza, con la sal que lo caracteriza, pero ese vaso no es el mar. No es culpa de lo que tiene el vaso, no es el culpa del autor, es simple y llanamente un ejercicio necesario de selección.
El autor, Carlos Jiménez Gómez, sabe ese límite y no le interesa más que volver actuales esos versos que en labios de antepasados hoy yertos constituyen esa primera educación sentimental, esos poemas que en líneas inmortales cantan al amor, a la amistad, a la futilidad de la vida, a la democrática muerte.
¿Para qué sirve la poesía? Es una pregunta que el profesor Karting les hace a sus alumnos en la película “La sociedad de los poetas muertos”, cinta dirigida por Peter Weir y que defiende su valor narrando la historia de un grupo de adolescentes que descubren el tesoro de los versos, la metáfora, la rima, las palabras. “La poesía sirve para conquistar mujeres”, les dice a sus varones alumnos. Y viceversa o cualquiera de las relaciones donde dos humanos decidan libremente compartir, sufrir y soñar ese hálito de aire que llamamos vida.
Poesía como alternativa
Jiménez Gómez justifica este ejercicio personal en la impresión permanente que le han causado poetas y poemas. “En mi caso, yo me anticiparía a decir que lo que aquí puede buscarse son las voces de la realidad y los susurros de la poesía sapiencial, aquella siempre atenta a las bromas del camino que no podemos dejar de recorrer”, expresa el compilador. ¿Y para qué, de verdad, sirve la poesía? En un mundo hiperinformado e hiperconectado, donde la vida privada es una página web, la tecnología nos ha llevado a fronteras que literatos tal vez soñaron, pero no somos mejores humanos. Como la belleza del canto de las sirenas, su poder y seducción llevan alegría y dolor, asombro y miedo, vida y muerte. Ante la contemporánea deshumanización, la cultura y no solo información, las artes, literatura en general, deben ser ingredientes de un nuevo humanismo.
De todo un poco
El libro, de 455 páginas, permite hacer un recorrido en el tiempo y la geografía. Esta “memoria de lo olvidado” revive versos de sumeria, el antiguo Egipto o la Babilonia de Hammurabi. No está ausente, por supuesto, el Israel Bíblico, la Grecia clásica y Roma imperial. Para el resto del mundo, no se limita a la modernidad pues hay voces chinas del siglo XVII, persas del siglo IX, o italianas del XII, hasta el siglo XX.
Hay joyas hermosas, obras que están en la memoria colectiva y otras que al profano y al especialista le pueden servir para una dedicación, una remembranza o un momento de solaz.
Hay una desproporción en los 300 poemas, de 180 autores y 35 países, sobre todo porque se centra el autor en América, Europa y Asia. De África solo rescata un vate senegalés, seguramente no por ausencia de poetas y obras de aquel continente, esa ausencia se la podemos achacar al autor, pues gracias al conectividad –que permite la autopista digital- esa exclusión pudo ser menor. Sin duda naciones como Sudáfrica, Egipto moderno o el afligido Sudán, por citar algunas, han aportado también una línea al verso universal, que comenzó cuando un corazón henchido volvió palabras el sentimiento.
Vale la pena, tras su lectura, comprobar cómo aquellos hombres –pocas mujeres, pero las hay- nos hablan con voces silenciosas preocupados por lo mismo que hoy nos acongoja, confirmándonos que no importa el país, la lengua o el tiempo, somos mal que bien gotas de un mar que juntos llamamos humanidad.


