Caminar con Liliana Herrera solía ser un desafío, porque esa joven contaba con voz propia y pensar propio: fuera reflexionando acerca de la ciudad de Pereira, que ya en los años ochenta mostraba su capacidad de olvido e indolencia.

 

“La poesía nace simultáneamente con la oración,

el canto y los rituales en los que aquellos transcurren y se cumplen.”

Liliana Herrera

 

Por: Alberto Antonio Berón Ospina

Con Liliana Herrera la Universidad Tecnológica de Pereira, la ciudad y Colombia pierden a una de sus más auténticas intelectuales mujeres. En un mundo filosófico y académico caracterizado por un fuerte machismo, esta pensadora de formación profesional, fue capaz de entrar en un mundo dominado a principios de la década de los años ochenta por voces masculinas que disertaban en las aulas de filosofía –también marcadamente masculinas– acerca de Carlos Marx, Federico Nietzsche o Sigmund Freud. Sus maestros de aquella época –también hombres– la valoraron por su singular sensibilidad e inteligencia: Carlos Emilio García, Rubén Sierra Mejía y Rubén Jaramillo Vélez.

De la mano de un pensador outsider más cercano a la reacción que a la revolución como fue Emil Cioran, se hizo presente en el mundo de los filósofos colombianos, pequeña, delgada, de voz suave. Estudió filosofía en la Universidad de Caldas de Manizales. Fue también amiga y compañera generacional del tristemente inmolado Orlando Sierra, quien fuera subdirector del diario La Patria de Manizales, formó parte de toda una serie de intelectuales caldenses –también hombres– que abandonaron tempranamente este espacio- tiempo pero que dejaron una impronta de modernidad regional, como fueron el crítico literario Roberto Vélez Correa o el agudo lector José Fernando Calle.

El filósofo rumano Emil Cioran. Fotografía / Cioran.org

En 1984 sus textos poéticos se hicieron escuchar en el programa nacional “Un país que sueña. Viaje a la literatura colombiana” que lideraba el Banco de la República. Su escritura generó una profunda admiración en Eduardo López Jaramillo, quien frente a ella depuso su proverbial soberbia.  El poeta Héctor Escobar también le dedicó varios de sus sonetos. En un mundo donde todavía no existía Internet, Emil Cioran y Fernando Savater intercambiaron epístolas con esa joven que aún no cumplía los veinticinco años.

Tengo la evocación de tardes enteras, en 1983, compartiendo lecturas nuevas para mí –Constantino Cavafis, Pessoa– en una pequeña y entrañable buhardilla de la casa de sus padres en el barrio San Luis de Pereira, mientras en el reproductor de casetes  se escuchaban las canciones de Camilo Sesto y José José.  Muchos de quienes  experimentamos en esos años el gusto por la balada, luego de escuchar las argumentaciones filosóficas acerca del género, elaboradas por Liliana Herrera,  salimos del silencio vergonzoso  para   dar un lugar al género de José José y Camilo Sesto, al lado del rock o de la música salsa.

Caminar con Liliana Herrera solía ser un desafío, porque esa joven contaba con voz propia y pensar propio: fuera  reflexionando acerca de la ciudad de Pereira, que ya en los años ochenta mostraba su capacidad de olvido e indolencia. Entre las maneras de conjurar esa ciudad de lluvias repentinas y calores picantes, inventamos lugares de encuentro en el centro de la ciudad como el “Autoservicio fantasía”, donde se llegaron a realizar recitales poéticos, o el inolvidable “Rincón antillano”, sitio en el cual una pequeña muestra de la generación  de los años ochenta aprendió de ritmos caribeños y poesía, en  el local de madera y bahareque  de la calle 21 entre carreras 11 y 12 que, como muchas otras imágenes de Pereira, solamente existe en el recuerdo, pues luego sería devorado por incendios, terremotos y cambios urbanos.

Rompiendo el mundo masculino

Estudió el mundo masculino de los filósofos a quienes amó sin censura de género; quienes la tratamos, siempre la respetamos y admiramos como pensadora y escritora. Logró empezar su carrera de profesora de hora cátedra en las universidades de Manizales y Autónoma, luego realizó su maestría en la Universidad Javeriana.

A inicios de la década de los años noventa ganó concurso en el recién creado departamento de filosofía de la Universidad Tecnológica de Pereira; fue prácticamente la primera mujer filósofa allí. Hizo su doctorado sobre Emil Cioran y produjo su tesis titulada “Lo voluptuoso, lo insoluble”.

En la Revista de Ciencias Humanas de la UTP y en los magazines de El Espectador se encuentran varias de sus contribuciones como testimonio historiográfico. Publicó textos sobre la balada que junto a la poesía y la filosofía fueron su más inmensa pasión. Lideró eventos internacionales acerca de Emil Cioran, de los cuales nacieron compilaciones como Cioran, ensayos críticos y Cioran en perspectiva, editados por la UTP. Cuando una estudiante mujer estaba a punto de abandonar la carrera por alguna dificultad siempre ella tenía un consejo: no la abandone, para nosotras siempre es más difícil todo.

Liliana Herrera puede representar para las generaciones actuales un ejemplo de persistencia y de lucha que una sociedad debería reconocer. En nuestro medio, donde solo se  escucha a los políticos y negociantes, nos corresponde en lo posible a los trabajadores de la academia y la cultura, mantener viva la memoria de quienes tuvieron el valor de pensar el mundo y contribuir al ensanchamiento filosófico de la universidad y la región.

Puede contar con un lugar en nuestra historia de las ideas, por su capacidad de introducir al pensador rumano en el país, siempre y cuando haya instituciones e investigadores que quieran valorar su legado. Sus ensayos acerca del género romántico de la balada y sus reflexiones sobre Pereira, harán parte de un legado cultural que se debe arrancar de las páginas de revistas o los libros de primera y única edición.

Liliana Herrera en su biblioteca, adornada con imágenes de Cioran. Fotografía / Juan Miguel Álvarez

Una obra por leer

Como testimonio fragmentario de su profusa obra, publicamos un apartado de su artículo “Una idea de mujer en Cioran”, divulgado en 2015 en la Revista Asparkía:

De la prostituta amó su desesperanza, la pasmosa objetividad con la que afronta vivir y que convierte en trágica y penosa libertad. Afirma: «mi vida de estudiante se desarrolló bajo el encanto de la Puta, a la sombra de su degradación protectora y calurosa, maternal incluso» (Cioran, 1995: 1611). Pero esta es una imagen idealizada en la que el oficio aparece, al decir de G. Leppers –juicioso lector de Cioran– como una vocación casi metafísica y, en consecuencia, no corresponde a su realidad cotidiana. Parece que Cioran no consideró las causas sociales implicadas en el fenómeno. Escribe Leppers: …las prostitutas, tal como las encontramos al hilo de las páginas de la obra de Cioran, no tienen rostro; ellas no son –¡paradoja!– seres de carne y sangre. Tampoco son percibidas por el autor como las víctimas de traficantes de mujeres o como personas que se encuentran en una situación social insostenible, incapaces de liberarse de un pasado doloroso y para quienes la profesión no ha sido una elección […]. Puede ser significativo que Cioran no se haya interesado por los clientes de las prostitutas cuya existencia parece serle natural, y no destaque ninguna problemática social digna de interés. No es la prostitución, pues, en su realidad cotidiana lo que llamó la atención del pensador. (Leppers, 2005: 153).

Del papel desempeñado por la religión en el menoscabo de la mujer, de su victimización por su miseria, su falta de formación cultural y un perverso sistema patriarcal; sobre la fascinación que la prostituta ha ejercido en los hombres y su exaltación ideal, estética; del papel educativo que según cierta literatura romántica ha tenido en la vida de jóvenes escritores y filósofos desengañados; sobre su valor en la sociedad en el mantenimiento del orden moral, en fin, no vamos a referirnos. Quizá se estime que estamos equivocados al pensar que esto es otra mistificación masculina. Queremos añadir, sí, una de las razones, realmente verosímiles, por las cuales Cioran frecuentó la amistad de aquéllas y que tiene que ver con un acontecimiento capital ocurrido en su adolescencia. Y es en ese acontecimiento donde se juega la dinámica amor-desengaño-prostitución.

A sus 17 años, loco, en furia permanente, este muchacho se enamora por primera vez y en silencio. Era tímido, torpe e insufrible, un energúmeno intoxicado de filosofía alemana y literatura rusa. Un día encontró a la chica de sus amores hablando y riendo con un despreciable compañero de estudio. No lo toleró. Renunció: «juré de inmediato acabar con los “sentimientos”. Y fue así como me convertí en un asiduo de los burdeles» (Cioran, 1995: 1611). Experiencia definitiva y paradigmática como lo fue su experiencia del ennui, o la de la expulsión de su paraíso, el insomnio permanente mientras transcurría su adolescencia… Esa desesperante decepción encontró su confirmación muy pronto en el adolescente y también atormentado Weininger. He aquí algunos fragmentos de su relato:

En Weininger me fascinaba la exageración vertiginosa, el infinito en la negación, el rechazo del sentido común, la intransigencia mortífera […]. Añádase a eso su obsesión por lo criminal y lo epiléptico […], la asimilación de la mujer a la Nada e incluso a algo menos. A esta afirmación devastadora mi adhesión fue, de inmediato, completa […]. ¿Cómo he podido encapricharme con un sub-ser? no paraba de repetirme. ¿Por qué ese tormento, ese calvario a causa de una ficción, de una nada encarnada? Un predestinado había venido por fin a liberarme (Cioran, 1995: 1610-1611).

Pero sería injusto no añadir el final de esta historia en la propia voz de Cioran:

Weininger, proporcionándome las razones filosóficas de execrar a la mujer «honesta», me curó del «amor» durante el período más orgulloso y frenético que he vivido. Yo no preveía entonces que un día sus acusaciones y sus veredictos contarían para mí sólo en la medida en que me harían extrañar a veces al loco que fui (Cioran, 1995: 1611).

*Profesor Universidad Tecnológica de Pereira