Archivo personal

Por: Elbert Coes

Al subir por las escaleras del Lucy Tejada un aroma a poesía invade las narices de los visitantes. Son las palabras elementales que circundan el caliente aire nocturno de julio, último viernes de julio. La noche auténtica que arde como su propio nombre, nombre de antiguo mito griego, es noche de guerra contemporánea: Perseo y Vallejo, Orfeo y Ospina, Hermes y Mosquera. Noche de vivos y muertos regocijados en la oscuridad de la luna ausente. Sin infierno no hay paraíso en esta fábrica de metáforas. El mismo que arde en la cabeza de una pelirroja como en las caderas cinceladas de una poetisa madura y sin mácula. En la poesía se ostenta el deseo y en las voces se auxilian los imprudentes y los puritanos; esta noche es de todos, y de todas.

Lucy Tejada nunca pensó que sería tan visitada, ni que sus entrañas redoblarían el eco de las palabras más dulces, más crudas, más lascivas a la posteridad de sus días. Esta es la clase de ultraje que todo proscrito anhela.

Carvajal etiqueta en facebook la ausencia de Jairo Alberto Henao mientras la voz quebrada de Alejandro Salazar anuncia a los ponentes; mejor anfitrión luce William Marín ya sentado en el púlpito con una sonrisa que sirve de gancho a quienes inicialmente no vinieron a ver el evento: jóvenes que llevan lentes de intelectuales que son moda y jovencitas de cuerpos cadenciosos que van tomando formas de desfiladero. Esa sonrisa tiene truco; nadie —ni siquiera Kurt Cobain— juntó tantas pelirrojas y rubias al mismo tiempo y en un solo lugar y por una misma causa. Su poesía debe tener magia chamán.

Carvajal saca la cara de su teléfono y es sorprendido por la sonrisa lúcida de Alan González, letrófilo, Faustino en su laberinto tras Elena, tras Margarita. Me confundió un poco cuando dijo que aquellos eran poemas sin nombre y después presentó algo así como poemas de media noche. Voy a suponer que tengo una laguna, un bache en el que me perdí en las tetas de una visitante. Me encantan las tetas porque me arrastran al precipicio de mis deseos carnales. La única poesía que me convence.

Sin embargo, recupero la cordura cuando veo al poeta joven y maldito con nombre de best seller saludar efusivamente a Julián Chica cuya esposa se sienta muy cerca de mí, y sonríe un tanto orgullosa a la vez que sus grandes ojos van y vienen entre el marido y la poeta de al lado. La poesía del maestro está condimentada con arcilla, miel, maíz, metal y fuego. Tiene más ingredientes de los que usó Yahvé para crear al hombre. Ya casi, profe, podrá tener su creatura, a propia imagen y semejanza. Recuerde: en el principio era la palabra, y la palabra hizo luz. No por nada Alejo Salazar se equivocó al presentarlo como el ganador del premio Nobel de literatura… (¿Será premonición?). En fin, esta noche huele a poesía.

A la poesía que es la mujer aunque no sea poeta se suman las poetas Nelly de Ossa, clásica y sexy Artemisa, y Sandra Viviana Romero de quien sus piernas brotan cascada abajo del agujero inescrutable de un también negro vestido de Gucci. Justo ahora quisiera ser suelo inerte bajo tu falda, monita. Una mirada en llamas me delata. Sonrío a Diego que resfriado se sienta a mi lado; cuando uno tiene la nariz caliente de moquear no se deleita en pequeñeces así. Apuesto a que él desconoce el origen de mi sonrisa maliciosa. Ahora que lo pienso: los dioses enfermaron a Diego para inducir exclusiva su poesía. Sólo para oídos con corazón afinado.

Al viento también el exquisito escote de una chica biche, como biches sus senos. Pero su ceño fruncido me baja la temperatura, el mismo efecto que produce la voz durmiente de Alejo Salazar llamando a William Marín, quien introduce su intervención citando a Acevedo Linares y a su padre, “padre de ojos verdes que ven un abismo insondable de soledad”; a Vallejo de la Herejía, a Charry Lara también en llamas.

La tertulia va y viene entre arboles de noche triste, amores de confusiones contundentes y lejanos yarumos, hasta gotas de mantequilla en el cactus que comen los zahories, aves que flotan a pesar de muertas y rapsodias antiquísimas en papiros incendiarios cuyas últimas cenizas caen despaciosa y suavemente justo aquí, ahora mismo, en la noche que sería su destino, de los próceres cuyas pesquisas fueron recogidas para este preciso instante: otra noche de Una Llama al Viento(1). 

 

 

1. Verso del poeta colombiano Porfirio Barba Jacob (Futuro)