Una pregunta sobre Jon Lee Anderson

“Si algo se vuelve cotidiano nos olvidamos de los detalles.
El cronista depende de la capacidad de asombro
Jon Lee Anderson

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Imagen tomada de: http://proyectorepublica.org

Por: Diego Firmiano

Confieso que al intentar buscar datos biográficos del periodista Jon Lee Anderson quedé decepcionado. Wikipedia, la enciclopedia virtual y de libre edición, solo registraba un par de párrafos y otros portales hallados por medio de los motores de búsqueda, se limitaban a ensalzar su interesante obra periodística.

Me había enterado de su labor periodística por una entrevista que le realizó el español Fernando García Mongay al legendario periodista norteamericano Mort Rosenblum; este hacía constantes referencias del trabajo de Anderson y en sus palabras declaró: “que Jon Lee Anderson era el mejor cronista de guerra, un maestro que realmente le hablaba cuando leía sus escritos”.

Me interesé rápidamente, pues de él decían que era el heredero de Ryszard Kapuściński y el discípulo de Gay Talese, pero yo lo veía más como el Gabriel García Márquez del periodismo latinoamericano. ¿La razón?, su afición por resaltar perfiles de personalidades importantes: políticos, guerrilleros, estadistas, jefes de favelas, dictadores y también su resaltada pasión por el periodismo instantáneo, el de visitar los lugares emblemáticos que luego retrataba fielmente en sus crónicas (dicen que desde niño tiene una afición por la geografía en general).

Me descargué de Internet un solo artículo titulado: “Carta desde Liberia: El diablo conocido”. Lo leí de un tirón, y me convencí de su integridad profesional, su vasta cultura y la osadía característica de un fino y serio reportero de campo. En otrora, esa eran las características de los grandes escritores como George Orwell y Graham Greene.

La diferencia entre Jon Lee Anderson y la crónica tardía del viejo Mario Vargas Llosa, eran las fuentes de primera mano de Anderson, y la manía de Llosa de buscar información en las viejas bibliotecas. Las crónicas de Bagdad (que no tuvieron mucha repercusión entre la crítica), que Llosa escribió para medios como el país y la nación lo confirmaban.

Visité algunas librerías en Guayaquil y Lima, peiné la sección de literatura latinoamericana intentando encontrar libros sobre crónicas y para mi sorpresa di con algunos autores interesantes: Clarice Lispector, Sergio González Rodríguez, Martin Caparrós y en una esquina estaba “La eterna parranda”, del colombiano Alberto Salcedo Ramos.

Sin omitir títulos en la búsqueda encontré “El Dictador, los demonios y otras crónicas”, de Jon Lee Anderson; un grueso tomo de 391 páginas que estaba fijado en 37.50 USD; el de Salcedo Ramos rozaba el precio de 32.50 USD. Comparé precios y me pregunté: ¿Tendrán la misma altura profesional? Lo adquirí junto a un libro biográfico del Marqués de Sade, pagué 67,50 USD en total.

A la vuelta de una semana exacta terminé de leer todo el grueso tomo de Anderson. Confieso que me impresionó vivamente leer sus retratos de los climas políticos en Latinoamérica, los perfiles psicológicos de los jefes de gobierno dictatoriales y democráticos, y la objetiva realidad de nuestro mal llamado “tercer mundo”.

Mi pensamiento se volcó hacia su personalidad periodística, su espíritu artístico, la imparcialidad y el compromiso ético con los hechos y las personas entrevistadas. De igual forma yo había viajado por el continente suramericano, y aunque no tenía amigos claves como los de Anderson, o los contactos necesarios de los que se jacta un periodista, había presenciado algunos hechos aislados pero emblemáticos como estar en la provincia de Sucumbíos en el oriente ecuatoriano, cuando se regó como pólvora el rumor de una balacera en la población de Santa Rosa de Yanamaru, que no era nada más que el ataque del ejército colombiano al campamento de las Farc en la zona denominada “Angostura”.

O la traumante experiencia de la masacre de peruanos conocida como el “Baguazo” que dejó como saldo 34 muertos; la intentona del golpe de estado contra el economista Rafael Correa, mientras este se encontraba internado en un hospital de Quito; el levantamiento de indígenas Aymarás en Bolivia que se oponían a dejar partir la Amazonia en dos lados, para favorecer en un proyecto vial financiado por el gobierno brasilero, la llamada ruta “Transamazónica”.

Y las revueltas estudiantiles en Chile, que reclamaban educación gratuita, reducción del impuesto destinado a los libros (los libros más caros de Latinoamérica). Movimiento encabezado por una bella y joven dirigente, estudiante de geografía: Camila Vallejo.

En todos estos escenarios, supe que había material suficiente para grandes notas periodísticas, pero en su momentos solo serví de testigo ocular en esos procesos latinoamericanos. Jon Lee Anderson me inspiraría desde ahora a profundizar sobre estos hechos, quizás a un futuro convertirlos en precisas crónicas desde una óptica diferente a la oficial.

La respuesta a mi pregunta sobre la biografía de Jon Lee Anderson estaba en sus mismas crónicas: la pequeña biografía objetiva sobre los orígenes siniestros de Álvaro Uribe Vélez, las entrevistas con los jefes de las favelas de Río de Janeiro, los quisquilloso detalles sobre la vida comunista en la Cuba de Castro, y algunos párrafos resaltados que no le gustaron al comandante Chávez, cuando Lee Anderson escribió: “Carta desde Caracas: El heredero de Fidel”.

Todo esto apuntaba a depurar sus datos personales por razones de seguridad profesional y personal. Esta, ni más ni menos, era la sencilla razón, justificada por su seguridad, pero injustificada con los admiradores o estudiantes de su trayectoria y actividad periodística.

De la pequeña biografía que encontré, supe que no había empezado su trabajo en la gran publicación “The New Yorker” como parte del staff, sino como un free-lance, y que su primer trabajo en Latinoamérica fue en “The Lima Times” en Perú, lo cual me hizo reflexionar sobre si existe, por la mano de Lee Anderson, alguna crónica sobre Alberto Montesinos, o el comandante maoísta Gabriel que tiene azotado el corredor de VRAE en la serranía peruana, o el mismo Alberto Fujimori y su controvertida vida.

Jon Lee Anderson, a diferencia del dios-cronista Gay Talese, había registrado magistralmente temas coyunturales, crónicas a lo grande. El estilo de los textos del gran Talese era (y es) un abordaje de las historias más granadas de la vida popular de las ciudades.