Examen magistral de los argumentos de prohibicionistas y liberacionistas, de los cambios posibles –e imposibles- en la estrategia mundial contra la droga, y de por qué Colombia padece de tanta narco-violencia*.    

Francisco Elías Thoumi

Francisco Elías Thoumi

Por: Hernando Gómez Buendía**

Debates y paradigmas de las políticas de drogas en el mundo y desafíos para Colombia.
Francisco Elías Thoumi
Academia Colombiana de Ciencias Económicas
547 pp. 

Tres preguntas 

Para quienes hemos acompañado y admirado al profesor Francisco Elías Thoumi en su fecundo trasegar intelectual, es un motivo de especial satisfacción asistir al lanzamiento de esta obra madura y sin embargo refrescante, pedagógica y sin embargo polémica.

Con la modestia que lo enaltece y con la precisión que lo distingue, Francisco escogió el título no muy taquillero de “Debates y paradigmas de las políticas de drogas en el mundo y los desafíos para Colombia”.  

Y esto es exactamente lo que analiza a lo largo de sus 15 capítulos, donde en lenguaje sencillo, sustantivo y directo aborda y encadena las preguntas, respuestas y propuestas sobre tres temas de trascendencia indudable. 

Emociones y racionalizaciones

Primeramente se pregunta el autor por qué no hay diálogo o el diálogo es de sordos entre prohibicionistas y anti-prohibicionistas, y encuentra la respuesta en la incidencia irremediable de emociones y de visiones parciales sobre las creencias de todo ser humano.

Esta respuesta se basa en los libros más fascinantes y más sólidos que también en mi opinión han sido publicados al respecto: desde la psicología moral, el de Jonathan Haidt, Mentes rectas: por qué la gente buena se divide por religión y por política; desde la psicología cognitiva, el de Daniel Kahneman, Pensar, rápido y despacio; y desde la teoría de la ciencia, los de Bachelard en La Formación del espíritu científico y de Thomas Kuhn en su celebérrima Estructura de las revoluciones científicas. Thoumi avanza en este punto al añadir que las distintas disciplinas que se ocupan de la droga parten de nociones distintas acerca de qué es la verdad y usan métodos que además de inconciliables son intrínsecamente limitados, de suerte que los académicos tampoco pueden ir más allá del diálogo de sordos.

Independientemente del tema de la droga, estas páginas de Thoumi deberían ser lectura obligatoria en nuestras universidades y centros de pensamiento, porque a todos nos enseñan a ser menos arrogantes y a vigilar con mucho más cuidado nuestras propias creencias, los supuestos y  métodos de nuestras disciplinas.

A partir de ese marco conceptual, Francisco Thoumi examina –y en efecto demuele por parejo– cada uno de los pseudo-argumentos que proponen los prohibicionistas y los liberacionistas, porque unos y otros incurren en falacias y en especial porque confunden condiciones –o incluso coincidencias– con causas, y porque seleccionan evidencias mientras ignoran otras evidencias. Concretamente, “quienes critican las políticas actuales resaltan los altos costos del encarcelamiento, la policía, el sistema judicial, la erradicación de cultivos, la violencia y las mafias, y quienes las apoyan argumentan que los costos del posible aumento en adicción que surgiría de una liberalización del mercado serían mucho mayores que los actuales costos de la prohibición. Y cada cual tiene un menú de estudios de donde escoger los que satisfacen sus posiciones fundamentadas en sus intuiciones” (p. 62).


Operativos de destrucción de alcohol durante la época de La Prohibición en Estados Unidos en 1932.
Foto: Wikimedia Commons

El régimen internacional de control de drogas 

En la segunda parte de su libro, Thoumi adelanta un ejercicio enciclopédico para de-construir la historia de las políticas de drogas en el ámbito internacional.

Comenzando por la, digamos, algo caprichosa, clasificación de las drogas y la escogencia de aquellas cuyos usos no médicos están estrictamente prohibidos, e incluyendo capítulos tan novedosos como reveladores sobre las guerras del opio en China o sobre la prohibición del alcohol en Estados Unidos, el autor reconstruye críticamente los orígenes, evolución, contenidos, alcances y deficiencias del Régimen Internacional de Control de Drogas (RIDC).

Su texto muestra cómo las emociones o las moralidades, las presiones (por ejemplo de la profesión médica o de la industria farmacéutica),  e incluso lo fortuito han sido cruciales desde sus comienzos y a lo largo de cada uno de los cinco sub-períodos que examina en detalle, cómo ese régimen tiene muchos problemas –inconsistencias, insuficiencias, ambigüedades, pretensiones imposibles, dificultades de interpretación…–, y cómo –sin embargo–  podrá tener apenas cambios marginales.

No soy experto en el tema (en realidad no soy experto en nada), pero diría que las 233 páginas de Thoumi sobre la historia, alcances y complicaciones del RICD son las mejores que se han publicado en español, y las que más pueden servir a los lectores de Colombia para entender por qué, cómo, dónde se encuentra y hacia dónde va el mundo en un asunto que ha marcado tan honda y duramente nuestra historia.

Y en todo caso estas páginas de Thoumi son un baldado saludable de agua fría para los muchos que creen que el asunto es simple, y en especial para quienes –también desde Colombia– suponen que es factible un cambio radical de orientación en la política mundial sobre las drogas.   

Lo cual no obsta para que el propio Thoumi identifique ajustes de alguna magnitud para que el régimen de control de drogas funcionara mejor –o menos mal–: más flexibilidad para que cada Estado pueda atacar sus propios complejos narco-criminales, un diálogo mejor entre las culturas socio-céntricas de Oriente y las individuo-céntricas de Occidente, regulación mejor de la salud, mejor control del lavado de activos…-. Y sin embargo en el mundo real, lo único importante que podemos esperar es lo que estamos viendo con la marihuana. 

La enfermedad colombiana

De modo que  Colombia va a seguir envainada.  Porque el tercer –o en verdad, el primer– interés de Francisco Elías Thoumi ha sido desde siempre entender a Colombia.

Por eso, ya en los primeros capítulos, el autor examina con cuidado los intentos de explicar nuestra ventaja comparativa en coca y cocaína, es decir, los factores geográficos o institucionales –además del accidente histórico– que los distintos estudios han propuesto al respecto, y concluye que por regla general los analistas comienzan por ignorar las evidencias contrarias a su tesis y acaban por achacar la responsabilidad del narcotráfico colombiano a fuerzas o procesos internacionales.  

Por eso Thoumi propone un “paradigma alternativo” donde no existe apenas una causa o una  condición suficiente, sino que existen dos causas necesarias, ayudadas por causas coadyuvantes. Dada la demanda mundial por sustancias prohibidas –primera condición necesaria– la oferta tiende a concentrarse en un país cuyas normas sociales multiplican las destrezas para llevar a cabo actividades ilegales –segunda condición necesaria–.

No son entonces la pobreza, la corrupción ni la rentabilidad del negocio quienes explican el predominio de Colombia en el mercado mundial de las drogas, sino la gran distancia entre sus leyes formales y sus normas informales –ayudada por factores como la geografía o los azares de la historia–.  Es sobre todo el fracaso de los mecanismos de control social –empezando por la auto-regulación de la conducta individual– lo que explica en realidad la especial vulnerabilidad de  Colombia.

En este punto para mi es difícil comentar el libro porque, como bien sabe Francisco, comparto sus inquietudes de fondo y estoy de acuerdo con casi cada una de sus tesis acerca de las peculiaridades y dificultades de nuestro tejido social en el intento de construir la modernidad, la democracia y el universalismo. Saludo y recomiendo entonces su capítulo sobre la raíz geográfica e histórica de nuestro modo especial de organización social –de lo que en algún momento bautizamos como el “almendrón”–, con la adición o el énfasis particular que esta vez hace Francisco sobre el mestizaje, sobre las migraciones campesinas o sobre las cifras históricas de la violencia que tanto ayudan a entender por qué ese “almendrón” es la clave para entender nuestro enredo con las drogas -y el enredo extendido de Colombia–.

Y como el libro se mueve entre el debate de las drogas y el enredo de Colombia, Thoumi cierra su obra con dos capítulos. Uno donde repasa y deshace los argumentos de tantos “líderes de opinión”  que simplemente culpan al imperialismo de nuestra narco-pesadilla, o la explican a la luz de muy mal entendidos principios de teoría económica. Y otro donde concluye que la nueva Colombia no es tan nueva, sino que sigue atrapada en la trampa de la actitud conquistadora pre-moderna, de modo que no nos será fácil construir el Estado-nación para la modernidad.


Miembros de la Policía Nacional destruyen un laboratorio de coca cerca de Tumaco. 
Foto: Policía Nacional de los Colombianos

Dos grados de pesimismo

No quisiera abusar de su paciencia, ni del honor que me ha hecho Francisco al invitarme a presentar su obra, madura como dije, pero también –deliberadamente– controversial. Y como la presentación de un libro no puede ser su pedestal (porque se caería con él), sugiero un par de notas para la conversación que un escrito tan desafiante como este bien merece despertar.   

Me sorprende ser algo menos pesimista que Francisco en relación con el conocimiento, y en relación con Colombia.

Diría brevemente que los estudios de psicología moral, incluyendo el de Haidt, muestran por qué los humanos somos sensibles y damos prioridad a ciertos valores sobre otros, pero no tocan la cuestión propiamente moral de cuáles valores son más valiosos. Pienso entonces que sigue siendo posible y necesaria una ética deliberativa, precisamente basada en reconocer que hay valores distintos –como decir ahora la paz y la justicia– y que la madurez personal o social pasa por escoger de manera razonada entre aquellos valores contrapuestos.

Añadiría que la psicología cognitiva de Kahneman precisamente consiste en detectar los errores que el cerebro ancestral o automático hace cometer al cerebro racional o consciente, de suerte que este autor en efecto reclama la validez –y la posibilidad– de la razón. Y sin obstar los “obstáculos epistemológicos” de Bachelard ni la miopía de los “paradigmas” de Kuhn, evocaría la tesis de que las ciencias sí avanzan, y que lo hacen mediante “paradigmas” más y más incluyentes, como decir en física el modelo estándar o la teoría de las cuerdas, el neodarwinismo en biología, la síntesis neoclásica de Samuelson o el crecimiento endógeno de Romer (en este recinto), e incluso cabría decir que el “paradigma alternativo” de Thoumi en materia de drogas.

Me parece, en resumen, que hay escogencias, creencias y argumentos mejor fundados que otros, de manera que el “diálogo de sordos” en la droga no se debería tanto a los problemas del conocimiento cuanto al choque inicial entre dos moralidades: la del prohibicionismo, que solo ve un valor, y la de sus muchos críticos, que solo ven otros valores.

De modo paralelo, las peripecias y complicaciones en la historia del RIDC tendrían todo que ver con el intento de aferrarse a un único valor en la mitad de un mundo que practica lo que Max Weber llamó el “politeísmo axiológico”.

En todo caso el drama de una ética madura consiste en escoger deliberadamente entre valores, y de ese drama no deberíamos eximir a quienes pretenden gobernar a Colombia.

Y en relación con Colombia soy menos pesimista, pero solo en el sentido limitado de que tal vez no somos el país más envainado de América Latina –o de que “mal de varios, consuelo de bobos”–. Esto se debe a que Thoumi en este libro se ocupa sobre todo de los cultivos de coca, y por tanto de ahondar sobre las diferencias entre nuestro “almendrón” y las sociedades campesinas más integradas del Perú y Bolivia. Por una parte entiendo yo que ya no somos el primer país cultivador de coca, y por la otra que ha cambiado el papel y es menor el peso de los narcos colombianos en el mercado mundial de cocaína, de modo que hoy los carteles colombianos son menos visibles, o menos poderosos, quizá menos violentos.

Por accidente o por esfuerzo de nuestras autoridades –diría yo que por una mezcla de ambos– parece claro que la extensión y gravedad del narcotráfico vienen disminuyendo de manera sostenida, y que en su próximo libro Francisco podría ilustrarnos más sobre los parecidos y las diferencias entre Colombia y México, Guatemala u Honduras.

Mientras llega ese próximo libro, me resta agradecer su atención tan amable y el honor que me hace Francisco Elías Thoumi, un intelectual público en el más alto y el más exigente de los sentidos, que en este libro confirma su lucidez, su rigor, su honestidad intelectual, su saber universal y su amor desconsolado por Colombia.

*Palabras en la presentación del libro (4 de junio de 2015).

** Director y editor general de Razón Pública.