Dicen que la guerra contra las drogas está perdida. Si es así, la actual está dejando sus mártires por todo lado. Como el caso de los cientos de colombianos que hoy están presos y condenados por narcotráfico en otros continentes. ¿Es la pena de muerte la solución para acabar con el tráfico?

Por: Diego Firmiano
En Colombia las modalidades de tráfico de droga vía área son de película. Desde implantes de silicona en los pompis, que en realidad era cocaína líquida, hasta biblias cargadas con el polvo divino. Colombianadas que nos parecen creativas y hasta divertidas, pero que pueden constarle la libertad o la vida a los pasantes, o mulas, como son llamadas peyorativamente.
En nuestro país, por un tipo de suerte para los que trasgreden la ley, no hay pena de muerte establecida. No así en otros países donde las leyes no se vienen con cuentos chinos, sino que son políticas implacables para preservar la seguridad interna.
China es un ejemplo. Esta semana ejecutaron vía inyección al caleño Ismael Enrique Arciniegas por intentar ingresar cuatro kilos de cocaína al país asiático. Sus últimas palabras, tristes y shakespearianas, fueron: “La vida es una comedia y esta comedia se acabó. Doy gracias a Dios por la familia que me permitió tener. Mucha tranquilidad. Bendiciones. Me voy al matarile”.
O el excepcional caso de la pereirana (¿o pereirano?) Sara María Galeano, peluquera de profesión que llevó 3 mil gramos de droga al país de los dragones (¿o drogones?) y que fue capturada y sentenciada a 18 años de prisión, donde le tocó trabajar como Oscar Wilde, doblando hierro y tomando el mazo, sin importarles que fuera transexual.
Por razones humanitarias y debido a una grave enfermedad, fue traslada de una prisión China hasta Bogotá, con la intención de pasar sus últimos años de vida en su ciudad natal.
Lo sorprendente de estos y cientos de casos más de condenados por tráfico de drogas en Indonesia, Singapur o Arabia Saudí, es que no basta con series televisivas como “Alerta Aeropuerto” para concientizar a los nacionales sobre evitar ser una mula.
El gobierno de Colombia hace el papel de mediador para solicitar que indulten a la mayor cantidad de procesados por narcóticos en países asiáticos. Sin embargo, esas potencias aplican sus leyes marciales, cual Julio César diciendo: “La suerte está echada”. China no se viene con cuentos chinos de amnistía, a excepción que la vida, como el caso de Sara María Galeano, le dictamine su propia sentencia.
Si los compatriotas son culpables del tráfico de estupefacientes, no cabe la menor duda que deben ser castigados, pero ¿ejecutados? No. Lastimosamente una sola persona es una tuerca de un gran engranaje de mafias delictivas transnacionales. Pero como en todo sistema, se necesitan chivos expiatorios o ejemplos de condenas intimidantes para advertir a la sociedad.
No hay duda, si se toca escoger entre dos males, que mejor es una cárcel en Colombia que una en China.
@DFirmiano


