Carlos Mario Uribe Álvarez (Manizales, 1968). Poeta colombiano que halló su ‘maldición’ literaria desde temprana edad. También incursionó en el periodismo. Entre sus distinciones se encuentran el Premio Nacional de Poesía “Carlos Héctor Trejos”, Riosucio, 2003. Premio Departamental de Poesía Cámara de Comercio, Manizales, 1999. Finalista Premio Casa de Poesía “Fernando Mejía Mejía”, Manizales, 1991. Cuenta con un libro de poemas: Final del viaje , 1999

Ausencia
Un golpe seco en el piso,
Un rumor de piedras
Desmoronándose
Por ausencia del aire.
Los vestidos cárdenos llevan caricias
Que en horas grises anhelan
Una descripción más temblorosa.
Volverte a ver
En las esquinas del espejo
Verte caer
Convertida en esquirlas
Que me atraviesan
Con los rostros
De un sueño fugaz y sangriento
Un golpe seco en el piso
Un rumor de piedras desmoronándose.
Lo que queda
El corazón lanza sus dentelladas.
Lo he visto beber y embriagarse de orgullo
encarnando el placer de la daga citadina.
También el corazón guarda su rosa
y esta su misterio de pantano.
Solo sobrevive una mujer desnuda
que me ama, a la que yo deseo,
aunque nos separen
espirales de humo, el color del hierro
y los abrazos que hurtamos a la desesperanza.
Sobrevive la soledad
estrujada entre los objetos de mi cuarto,
una bujía que llamea
breves sombras en el rostro, en los rostros.
Para matar la muerte
Para matar la muerte
habría que estar en Hispahan
o en un París con aguacero…
Habría que cruzar el Trabocco,
ese hilo de araña,
recorrido por un tren que se eleva sobre Italia
donde D’Anunzzio noveló el suicidio.
Habría que enseñarle a jugar a Emily Brönte
en el cementerio
que fue su patio de infancia.
Habría que recorrer un ajedrezado jardín
de múltiples u circulares senderos en el tiempo
atados a una luna intemporal.
El peor agravio
para la muerte
es no hallarnos solos.
Soledad
Escucho en mi interior
leves crujidos
de hojas secas
muriendo en el bosque.
Lejanos gemidos
de aguas
hundiéndose en el cauce
de ríos profundos.
Y las palabras del amor
se instalan como una batalla
que no alcanza a derrotar
la inasible desesperanza
de la soledad.


