EL AGUIJÓN DE LA ABEJA 

“Porque de seguro una gota del Big Bang viaja en el aguijón de la abeja”

Con Fernando somos vecinos del viento y las chicharras, pero el único que dialoga con ambos es él. Profesor y poeta colombiano, Fernando es maestro de Ciencias Sociales, al igual que Julien Graq se especializó en Pedagogía, y territorio es esta condición –creo– la que le permite palpar en sus haikus el alma geográfica que habita todo lo que nos rodea. Vive en una casa en la aldea del sol que es Cartago, a un costado del valle del río Cauca, desde allí, y casi a solas, dirige la revista de poesía Cantarrana. Sus poemas se han publicado en revistas aquende y allende el mar, fue incluido en la antología Poetas de corazón japonés publicada en Sevilla, España; en la Gaceta internacional de haiku Hojas en la acera; hace parte de la antología hispanoamericana de haiku El viejo estanque, publicada en el mismo país, y sus haikus han sido traducidos al inglés, francés, alemán y japonés.

El profesor Fernando López Rodríguez desempeña su labor en el colegio Nacional Académico de Cartago, ha sido catedrático de diferentes universidades. Dentro de sus publicaciones se encuentran: Cuando lloramos juntos (poemario, 1990), Tocarte y huir (haiku, poesía breve, 1996), “Arco iris” (poesía para adolescentes, 1998), El arte de remendar (poemario, 2000), Luna de arroz (serie de poemas sueltos, 2001) Vecino del viento y las chicharras (haiku, 2006), Luciérnagas en las manos (2011). Alabanza para grillos.  Además, es constante promotor de encuentros y diálogos de poesía en Cartago y el norte del Valle.  Presentamos una selección de sus haikus.

 

Escribe / Fernando López Rodríguez – Ilustra / Stella Maris

Ahora un dios,

cuando despierte

sólo un mendigo.

 

 

No son tantos años

cuando habla

la vieja maestra.

 

 

En los platos

del gato muerto

come el perro vagabundo.

 

 

No envejece

el sonido de la campana—

amanecer en la montaña.

 

 

Bajo el dosel

de ciruelos, se olvidan

las ganas de mansión.

 

 

Después del funeral

solo hablan los niños—

arreboles de agosto.

 

 

Toda la finura

de la madre

en la trenza de la niña.

 

 

Pasó la lluvia

aún no cesa el canto

de las guacamayas.

 

 

¿Capricho de viento

o del niño? su cometa

bajo la lluvia.

 

¿La persigue

un olor a romero,

será ella misma el romeral?

 

¡Cuánta distancia!

en el pequeño corazón

de la golondrina.

 

 

No es la soledad

es sentirla

en el atardecer.

 

 

Sin pasaporte

han llegado a la plaza

¡golondrinas veraneras!

 

El rumor de la abeja

se vuelve palpitación

ante el acanto florecido.

 

No insista

el poste es de concreto,

pájaro carpintero.

 

 

En pleno vuelo

y todavía en copula,

libélulas de junio.

 

En la tribuna celebran

un gol, mi abuelo

la primera flor del naranjo.

 

 

Encandila el perro

cuando ladra

a su propia sombra.

 

Anochecer de mayo,

en voz alta la anciana

cuenta monedas.

 

No cantó la mirla,

amanece en Villa de Leyva-

solo recuerdos.

 

Viejas tapias de la estación,

por segundos son de oro-

atardece.

 

 

Mucho cuidado

lagartija, hay huellas

de gato en la tapia.

 

Nadie se enteró,

floreció el acanto

en las raíces del totumo.

 

 

¡Porque sí!

cuanto capricho

en la florida trinitaria.

 

Entró alebrestado

con olor a menta

en las orejas.

 

Lo barrió todo

menos la sombra-

viento de agosto.

 

El amado ombligo,

tu primera

cicatriz.

 

Aún tibias

se regaron en el río

las cenizas de la abuela.

 

 

El niño

aprendió a silbar,

aún no tiene alas.

 

 

¡Tantos años!

En la puerta de la escuela

la misma hojarasca.

 

 

¡El columpio de la infancia!

todo lo demás

en ruinas.

 

Seis de la tarde,

puntual la golondrina

en el templo.

 

Para todos la lluvia

menos para las hortensias

del balcón.

 

 

Hojas de incienso

¡qué gran bocado

para la salamandra!

 

 

En la tarde lo enterraron.

Por fin tiene casa-

Arcángel, el mendigo.

 

Interrogar y confiar

en todas las criaturas,

tan solo eso.

 

¿Cuánto vale

el trino de la mirla?

¡Si nos pasara la cuenta!

 

 

Polvo y hojas secas

en la telaraña,

amanecer en el huerto.

 

Cuanto lujo

caminar sobre flores

de guayacán amarillo.

 

Sin escalera

ha subido a la ventana

la niebla en la madrugada.

 

 

Confía en el junco

y en su vaivén,

canario sabanero.

 

El silencio de la guadua

y del petirrojo,

posado en ella.

 

 

Una mirada más

a la vara de la palma-

aún no aparece la libélula.

 

 

En medio del camino

el petirrojo, no sabe

de nuestro afán.

 

 

Parece un gato,

cuando vuela por el suelo

la mariposa.

 

Un poco de polvo

del verano lleva en

sus alas la mariposa.

 

Bajo el mandarino

todos mojados

menos la ardilla.

 

¿Cómo abrazar

la fronda florecida

del gualanday?

 

La araña en su tela

lleva tres días

luchando contra el viento.

 

 

También

en las antenas del grillo

gotas de rocío.

 

En las manos

recogidas del anciano

la luz del amanecer.

 

 

Entre la hierba

no hay silencio ni pausa,

crecen grillos.

 

 

Flor de un día

y justo vino a florecer

en la alcantarilla.

 

 

Entre la neblina:

la vacada y un niño,

su sonrisa para todos.

 

En el atrio

todos extienden las manos,

salvo el mendigo.

 

 

Entre la grieta

del candado viejo

brotes de cardo estrellado.

 

 

Tras los niños

el perro barcino,

el único que no lleva libros.

 

 

Llevan prisa:

sombra, aleteo y el corazón

del colibrí.

 

 

El viento sobre

los copos de acacia

no conmueven la luna.

 

 

Entre brumas la luna llena,

el bambusal se inclina.

¡Cuánto silencio!

 

Tu aliento

como la fugaz brisa

cuando aviva el incienso.

 

¿De dónde viene

el aguacero

que moja tus manos?

 

 

Toda la noche

como si goteara

el canto de la rana.

 

 

Toda campana

solo debería anunciar

¡ya es recreo!

 

El tapabocas

no ha podido ocultar

la sonrisa de la niña.

 

Uno mismo diluido

en ese rayo de luz

sobre la piedra del camino.

 

 

Cuanta vergüenza

no poder nombrar

este trino al anochecer.

 

 

La lluvia y el croar

en la cañada,

todo en su lugar.