El 21 de mayo de 1688, en Londres, nació el escritor y traductor inglés Alexander Pope. Aunque empezó a escribir poemas a los 12 años, su obra Pastorals –que fue publicada en 1709– fue su desembarco formal en el terreno de la literatura. A este trabajo le siguió Essay on Criticism (Ensayo sobre la crítica) en 1711. Ya reconocido como autor, continuó su producción literaria con obras como Elegía a la memoria de una dama, Eloísa a Abelardo, El rizo robado y Ensayo sobre el hombre. Además, tradujo La Ilíada y La Odisea de Homero y colaboró con publicaciones como The Spectator y The Guardian. Autor del epitafio de Isaac Newton, Alexander Pope tuvo entre sus amigos a John Gay y Jonathan Swift, con quienes creó la tertulia londinense conocida como Scriblerus Club. Su fallecimiento se produjo el 30 de mayo de 1744 en Twickenham. A continuación, un poema de Pope en versión de Silvina Ocampo.

 

ELOÍSA A ABELARDO

 

De estas hórridas celdas y soledades hondas

en donde la celeste Contemplación reposa,

donde reina la fiel Melancolía atenta,

¿qué expresan los tumultos de las vestales venas?

¿Por qué mis pensamientos huyen de este retiro?

¿Por qué en mi corazón arde el fuego escondido?

La culpa es de Abelardo, si yo amo todavía,

y ha de besar su nombre, todavía, Eloísa.

 

¡Fatal y amado nombre! Permanece el secreto

de estos labios sellados con sagrado silencio;

mi corazón, escóndelo en su íntimo disfraz

donde mezclado a Dios su amada Idea yace;

visible se hace el nombre — ¡ah, no escribas, mi mano!

íntegro está ya escrito— ¡mis lágrimas, borradlo!

Eloísa perdida, vano es que llore y rece,

su corazón aún dicta, y su mano obedece.

 

¡Inexorables muros cuyo orbe oscuro tiene

tristezas voluntarias, suspiros penitentes!

¡Oh rocas desgastadas por piadosas rodillas!

¡Oh grutas y cavernas con ásperas espinas!

¡Túmulos donde vírgenes de ojos pálidos velan,

santos cuyas estatuas a llorar aprendieron!

Silenciosa, inmutable como vosotras, fría,

no me ha tornado en piedra todavía el olvido.

Divide el corazón la ardua naturaleza;

soy parte de Abelardo, no soy toda del Cielo;

ni llantos que por siglos vanamente existieron,

ni oraciones, ni ayunos, de la ansiedad son frenos.

 

Cuando llegan tus cartas y las abro temblando

el conocido nombre despierta mi ansiedad.

¡Oh nombre para siempre amado y siempre triste!

¡Aun murmurado en lágrimas que en suspiros persiste!

Cuando descubro el mío también yo me estremezco,

alguna atroz desdicha lo persigue de cerca.

Recorriendo las líneas derrámanse mis ojos

guiados por una triste variedad de dolores.

¡De amor ardiendo o bien mustia en mi lozanía,

en un convento sola, y en tinieblas perdida!

La religión severa calmó indómitas llamas,

de la pasión murieron aquí el Amor, la Fama.

 

Mas escríbeme todo para que unirse puedan

todos nuestros suspiros, mis penas a tus penas.

Ni enemigos, ni dichas, ese poder nos roba,

¿y Abelardo podrá ser menos bondadoso?

Las lágrimas son mías, no pretendo ahorrarlas,

reclama el amor llantos que en la oración sobraron.

Mis ojos no persiguen otra labor amable;

lo que pueden hacer sólo es leer y llorar.

 

Comparte mi dolor, admite ese consuelo;

¡ah, más que compartirlo dame toda tu pena!

Enseñó a escribir cartas el Cielo a desdichados,

a doncellas cautivas, a amantes desterrados:

inspirados de amor, respiran, hablan, viven,

constantes a su fuego, el alma enardecida;

desea vincularse la virgen sin temor,

eximir los rubores, dar todo el corazón,

avivar intercambios suaves del alma al alma,

del Polo hasta las Indias propagar su ansiedad.

 

Cuando el amor llegó con nombre de amistad,

sabes con qué inocencia sentí tu primer llama;

con virtudes angélicas te formó mi conciencia,

la emanación total de un bello entendimiento.

Esos ojos sonrientes, atenuando sus rayos,

brillaban con dulzura de una luz celestial.

Te contemplé inocente: tu canto el Cielo oyó;

las verdades divinas las enmendó tu voz.

De labios semejantes, ¿qué preceptos no encantan?

Bien pronto me enseñaron que no es pecado amar:

retorné a los senderos de los sentidos goces,

no quise hallar un ángel, lo que amaba era un hombre.

De los santos la dicha, vaga y remota veo;

ni les envidio el Cielo que por ti sólo pierdo.

 

Inducida a casarme, recuerdo que exclamaba:

¡Maldigo toda ley que el amor no ha inventado!

Liviano como el aire frente a lazos terrestres

abre alas el amor, y en un momento vuela.

Riqueza, honor aguardan a la fiel desposada;

augustos son sus actos, venerada su fama;

transformará todo eso la pasión verdadera.

¿Qué son para el amor, fama, honor y riquezas?

Y cuando profanamos del Dios celoso el fuego,

para vengarse inspira un amor sin sosiego,

y ordena equivocados lamentos a mortales

que buscan el amor y solitarios aman.

Si el dueño de este mundo sucumbiera a mis pies,

despreciaría todo, su trono y sus riquezas:

ser yo la emperatriz de César no quisiera,

sólo del hombre que amo la amante quiero ser,

y si es que existe un nombre, todavía más libre

y más enamorado, por ti lo llevaría.

¡Oh dicha afortunada! Cuando se atraen las almas,

cuando el amor es libre y la ley natural:

entonces poseer, ser poseída, no es

un vacío vehemente, un dolor en el pecho;

los pensamientos se unen al salir de los labios,

y mutuos los deseos del corazón renacen.

Esto podrá ser dicha, si es que en el mundo existe,

la dicha que una vez fue de Abelardo y mía.

 

¡Ah, cómo cambió todo! ¡Un nuevo horror asciende:

un amante desnudo yace atado, lo hieren!

¿Dónde estaba Eloísa y su voz y su mano,

su puñal deteniendo el horrible mandato?

¡Ah, Bárbaro, detente!, y el ultraje refrena,

si el crimen fue común, que lo sea la pena.

Muda ya de vergüenza, reprimido el furor,

dejo que hablen mis lágrimas, mis ardientes rubores.

 

¿Podrías olvidar aquel solemne día,

cuando al pie del altar, yacíamos las víctimas?

¿Podrías olvidar qué lágrimas cayeron

diciendo adiós al mundo con juventud ferviente?

Cuando con fríos labios besé el velo sagrado,

palidecieron lámparas, temblaron los altares.

Se asombraron los santos al oír mis promesas;

la conquista lograda vaciló en creer el Cielo,

y a los tristes altares cuando yo me acercaba,

no en la cruz, en tus ojos, mis ojos se clavaban.

Ni indulgencia ni celo pedía, sino amor;

y si pierdo tu amor habré perdido todo.

Con miradas, palabras, ven, alivia mi pena;

todo eso para darme por lo menos te queda.

En ese amado seno deja que me demore

bebiendo el delicioso veneno de tus ojos,

en tu labio anhelante, abrazada a tu pecho;

dame lo que tú puedas — y soñaré yo el resto.

¡Ah, no!, más bien instrúyeme a gozar de otras cosas,

y con otras bellezas encántame los ojos.

Muéstrame claramente la morada suntuosa;

que Abelardo se aleje de mi alma y busque a Dios.

 

Piensa que tu rebaño merece tu cuidado,

niños en tu oración, plantas entre tus manos.

En la primera edad del vasto mundo huyeron

buscándote en montañas e infinitos desiertos.

Elevaste altos muros; y el desierto sonrió,

abriose el Paraíso en el yermo, en las sombras.

Ningún huérfano vio los bienes de su padre

irradiar esplendores sobre nuestros altares;

ningún santo de plata de algún avaro obsequio

sobornó acá la ira de un defraudado Cielo;

simples son nuestros techos, piadosas construcciones,

vocales solamente de elogios al Creador.

Entre estos muros tristes (que atan los días solos),

de agujas coronadas, con musgos estas bóvedas

donde terribles arcos tornan días en noches

y confusas ventanas vierten luz majestuosa,

tus ojos difundían rayos conciliadores

y alegraban las horas con fulgores de gloria.

Ningún rostro divino nos trae ahora dichas,

todo es dolor turbado y lágrimas continuas.

En los otros que rezan yo busco mi fervor,

(¡Oh fraude tan piadoso de caridad, de amor!)

y ¿por qué depender de oraciones ajenas?

¡Ah, tú, que eres mi padre, mi hermano, esposo, ven!

Y deja que conmueva con numerosos nombres,

hija, hermana y esposa, congregados, tu amor.

Reclinados en rocas esos pinos oscuros

murmuran en el viento y ondulan en la altura,

los arroyos que vagan brillando entre montañas,

las grutas que hacen eco a los torrentes de agua,

jadeantes en los árboles, los moribundos vientos,

por la brisa ondulada el lago estremecido:

todas estas escenas a meditar no inspiran

ni entregan al descanso la visionaria virgen.

Entre las arboledas nocturnas y las grutas,

sonora es la aflicción, se entremezclan las tumbas,

y la Melancolía inmóvil nos prodiga

un silencio de muerte y un reposo temible;

su lúgubre presencia ensombrece estos ámbitos,

entristece las flores, oscurece los pastos,

de las altas cascadas los murmullos ahonda

e inspira un más profundo horror entre los bosques.

 

¡Quedaré para siempre en este claustro, siempre!

¡Qué entristecida prueba de amor y de obediencia!

Sólo podrá la muerte romper eternos lazos:

y aun permanecerá mi frío polvo aquí,

con todas sus flaquezas, sus llamas sometidas,

cuando no sea un crimen que a las tuyas se mezclen.

 

¡Desdichada! Me creen de Dios, en vano, esposa:

¡soy consabida esclava del amor y del hombre!

¡Cielo, asísteme! ¿Cómo nace en mí esta plegaria?

¿Nace en mí por piedad o por desesperanza?

Aquí donde la helada castidad se retira,

el amor halla altares con fuegos prohibidos.

El arrepentimiento no me aflige bastante;

lloro por el amante y no por el pecado;

considero mi culpa, su visión me enardece,

me arrepiento de goces pasados, quiero nuevos:

ora contemplo el Cielo, lloro ofensas antiguas,

ora pensando en ti, mi inocencia maldigo.

¡De tantas enseñanzas pérfidas para amantes,

la ciencia más difícil, sin duda, es olvidar!

¿Podré olvidar el crimen sin perder la razón?

¿Aborrecer la ofensa y amar al ofensor?

¿Del pecado arrancar el adorado objeto?

¿Podré yo distinguir nuestro amor de la pena?

¡Tarea irrealizable, abjurar su pasión

para alguien que ha perdido como yo el corazón!

Antes que llegue mi alma a un apacible estado

¡cuántas veces tendrá que amar y detestar!

La desesperación, el pesar, la esperanza,

el desdén logran todo, todo salvo olvidar.

Si el Cielo se apodera del alma le da llamas,

no la toca, la rapta; la inspira, no la apaga.

¡Oh, enséñame a vencer a la naturaleza,

renunciar a mi amor, a mi vida — a la nuestra!

Llena mi corazón con la imagen de Dios;

puede rivalizar y sucederte Él sólo.

 

¡Feliz es el destino de la Vestal sin culpas!

Por el mundo olvidada, se olvidará del mundo:

eterna luz del sol, inmaculada mente,

aceptadas plegarias, resignados deseos;

labores y descansos puntualmente cumplidos;

“obediencia del sueño, que llora o que despierta”

deseos sosegados, siempre iguales afectos,

lágrimas que deleitan y que inspiran el Cielo.

La gracia la circunda, la iluminan sus rayos,

le dan sueños dorados ángeles en voz baja,

la rosa del Edén que eternamente brilla

y alas de serafines con perfumes divinos;

por ella blancas vírgenes epitalamios cantan;

oyendo celestiales arpas ella se muere;

con visiones de eterno día se desvanece.

 

El alma errante emplea otros sueños distintos,

otros arrobamientos de una profana dicha:

al fin de cada día triste y atormentado

devuelve la venganza ilusiones robadas;

entonces la conciencia dormida ya está libre,

y mi alma sin sus lazos se entrega toda a ti.

¡Maldecidos horrores de la noche consiente!

¡Con qué esplendor exalta el pecado deleites!

Demonios tentadores suprimen restricciones

y reavivan en mi alma las fuentes del amor.

Yo te escucho y te veo, estudio tus encantos

y enlazo tu fantasma con mis ávidos brazos.

Despierto — y ya no te oigo, no te contemplo ya,

me esquiva tu fantasma, como tú, sin bondad.

Clamo en voz alta el nombre: no escucha lo que digo

si le tiendo mis brazos vacíos se desliza.

Para soñar de nuevo cierro mis ojos dóciles;

¡surgid, amados fraudes, vosotras, ilusiones!

¡Ah!, no, ya me parece que vagando seguimos

llorando nuestras penas, entre páramos tristes,

donde hay pálidas hiedras y una ruinosa torre,

y ahondando el abismo oscurecidas tocas.

Te elevas de repente; me llamas desde el Cielo;

las nubes se interponen, braman olas y vientos,

me estremezco gritando, la misma pena encuentro;

me despierta el dolor que había abandonado.

 

Severamente buenas, por ti ordenan las Parcas

del placer y la pena la fresca interrupción;

larga muerte tu vida, calmo y fijo reposo;

ni la sangre se aviva ni el pulso se enardece:

tranquila como el mar antes que hubiera viento,

o espíritus que ordenan al agua movimientos,

dulce como los sueños de un perdonado santo,

de un Cielo prometido, como el destello suave.

 

¡Ah, ven aquí, Abelardo, no tienes que temer!

La antorcha de Afrodita no arde para los muertos.

¡Refrenado el deseo seremos condenados;

permanecerás frío—, aunque Eloísa te ame!

Llamas sin esperanza, eternas como aquellas

que iluminan los muertos y las urnas estériles.

¡Ah, qué imágenes surgen donde clavo mi vista!

Mis amadas ideas sin cesar me persiguen,

se elevan entre árboles, frente al altar se elevan,

oscureciendo mi alma ante mis ojos juegan;

gasto la luz del alba, suspiro por tu amor,

tu imagen se intercala entre mi Dios y yo,

parecería que oigo tu voz en cada cántico,

las cuentas del rosario van marcando mis lágrimas.

Cuando fragantes nubes del incensario vuelan

y el sonido del órgano profundo mi alma eleva,

de ti un solo recuerdo elimina la pompa;

confunde los altares, cirios y sacerdotes;

mi alma se hunde y se ahoga entre mares de llamas,

mientras tiemblan los ángeles, y los altares arden.

 

Mientras estoy postrada, con una pena humilde,

la virtud de las lágrimas en mis ojos se aflige.

Mientras que imploro, trémula, rodando sobre el polvo

una incipiente gracia se abre en mi corazón.

Ven aquí si te atreves, con todos tus encantos,

y oponiéndote al Cielo dispútale mi alma;

con tus alucinantes ojos mírame, ¡ven!

Borra cada brillante idea de los Cielos,

toma todas mis lágrimas, mi gracia y mi tristeza;

toma los infructuosos castigos y oraciones;

mientras asciendo, ráptame de las santas mansiones,

asiste a los demonios y arráncame de Dios.

 

¡No!, huye de mi lado — a distancias polares;

eleva entre nosotros océanos, los Alpes.

¡Ah!, no vengas, no escribas y no pienses en mí,

no compartas ni un ansia que por ti yo he sentido,

renuncio a tus promesas, tu memoria abandono;

renuncia a mí, olvídame, otórgame tu odio.

¡Semblante seductor (que aún miro), bellos ojos,

pródigo amor, dilectos pensamientos, adiós!

¡Oh Virtud celestial, oh Gracia tan serena,

maravilloso olvido de las tristes tareas,

hija del firmamento, luminosa Esperanza,

resplandeciente Fe, temprana eternidad!

Entrad, amables huéspedes, todos los apacibles,

envolvedme en eterno descanso: recibidme.

 

Contemplad en la celda a Eloísa extendida,

inclinada en penumbras de la muerte vecina.

En el viento más tenue un espíritu clama,

voces que no son ecos entre los muros hablan.

Aquí, mientras vigilo lámparas moribundas

de vecinos sepulcros, oigo oscuros murmullos,

“¡Hermana, ven, hermana, (parece que dijeran)

este lugar es tuyo, hermana triste, ven!

Temblé, lloré y recé una vez como tú,

víctima del amor aunque ahora soy pura.

Mas todo es calma en este sueño eterno;

aquí el Amor, la Pena, olvidan sus lamentos,

aun la Superstición pierde todo temor,

pues absuelve estos males no el hombre sino Dios.”

 

¡Ah! ya voy, preparad las rosadas glorietas,

las celestiales palmas, las flores sempiternas,

donde haya pecadores que encuentren su descanso,

donde las refinadas llamas arden seráficas.

Y tú, Abelardo, al último oficio triste asiste,

suaviza mi trayecto a los reinos del día;

mira mis labios trémulos, mis ojos que se inquietan,

besa mi último soplo, toma mi alma que vuela.

¡Ah!, no — con las sagradas vestiduras aguarda,

con el cirio piadoso en tu mano temblando,

presenta al crucifijo mi levantada vista,

enséñame y aprende de mí misma a morir.

Y contempla a Eloísa — ¡la que un día fue amada!

Entonces no será ya un crimen contemplarla.

¡Ved!, dejan mis mejillas las transitorias rosas,

y el último destello languidece en mis ojos,

hasta que no queden ni pulso ni suspiro

y no seas amado, mi Abelardo, por mí.

Muerte grande, elocuente, solamente nos pruebas,

si amamos a los hombres, que es polvo el amor nuestro.

 

Después, cuando el destino tu semblante destruya

(la causa de mis dichas y de todas mis culpas),

en extático trance que se extingan tus ansias,

nubes brillantes bajen, los ángeles te guarden,

que el brillo de la gloria baje del Cielo abierto,

como yo enamorados, que los santos te besen.

 

Que ampare nuestros nombres una tumba afectuosa,

a tu fama inmortal agregando mi amor.

Dentro de muchos siglos, pasadas ya mis penas,

cuando mi corazón belicoso esté quieto,

si dos enamorados vagando trae la suerte

a estas fuentes y muros blancos del Paracleto,

unirán sus cabezas sobre el pálido mármol,

bebiendo uno del otro las abrasadas lágrimas,

con temor compasivo, presiento que dirán,

“No tengamos que amarnos como éstos han amado”.

 

En medio de los salmos del numeroso coro,

del sacrificio horrible que engrandece la pompa,

en las desnudas piedras, si unos ojos amantes

se posan donde nuestras frías reliquias yacen,

del Cielo robará con devoción momentos

una lágrima humana, que será perdonada.

Y si el destino quiere que un poeta futuro

en su suerte y la nuestra halle similitudes,

condenado por años a deplorar la ausencia,

a imaginar encantos que ya no habrá de ver —

si existen otros seres que tanto tiempo aman —

deja que nuestra tierna y triste historia cante;

dirá mejor mi pena el que mejor la sienta,

y calmarán sus cantos mi pensativo espectro.

 

 

ELOISA TO ABELARD

 

In these deep solitudes and awful cells,

Where heav’nly-pensive contemplation dwells,

And ever-musing melancholy reigns;

What means this tumult in a vestal’s veins?

Why rove my thoughts beyond this last retreat?

Why feels my heart its long-forgotten heat?

Yet, yet I love!—From Abelard it came,

And Eloisa yet must kiss the name.

 

Dear fatal name! rest ever unreveal’d,

Nor pass these lips in holy silence seal’d.

Hide it, my heart, within that close disguise,

Where mix’d with God’s, his lov’d idea lies:

O write it not, my hand—the name appears

Already written—wash it out, my tears!

In vain lost Eloisa weeps and prays,

Her heart still dictates, and her hand obeys.

 

Relentless walls! whose darksome round contains

Repentant sighs, and voluntary pains:

Ye rugged rocks! which holy knees have worn;

Ye grots and caverns shagg’d with horrid thorn!

Shrines! where their vigils pale-ey’d virgins keep,

And pitying saints, whose statues learn to weep!

Though cold like you, unmov’d, and silent grown,

I have not yet forgot myself to stone.

All is not Heav’n’s while Abelard has part,

Still rebel nature holds out half my heart;

Nor pray’rs nor fasts its stubborn pulse restrain,

Nor tears, for ages, taught to flow in vain.

 

Soon as thy letters trembling I unclose,

That well-known name awakens all my woes.

Oh name for ever sad! for ever dear!

Still breath’d in sighs, still usher’d with a tear.

I tremble too, where’er my own I find,

Some dire misfortune follows close behind.

Line after line my gushing eyes o’erflow,

Led through a sad variety of woe:

Now warm in love, now with’ring in thy bloom,

Lost in a convent’s solitary gloom!

There stern religion quench’d th’ unwilling flame,

There died the best of passions, love and fame.

 

Yet write, oh write me all, that I may join

Griefs to thy griefs, and echo sighs to thine.

Nor foes nor fortune take this pow’r away;

And is my Abelard less kind than they?

Tears still are mine, and those I need not spare,

Love but demands what else were shed in pray’r;

No happier task these faded eyes pursue;

To read and weep is all they now can do.

 

Then share thy pain, allow that sad relief;

Ah, more than share it! give me all thy grief.

Heav’n first taught letters for some wretch’s aid,

Some banish’d lover, or some captive maid;

They live, they speak, they breathe what love inspires,

Warm from the soul, and faithful to its fires,

The virgin’s wish without her fears impart,

Excuse the blush, and pour out all the heart,

Speed the soft intercourse from soul to soul,

And waft a sigh from Indus to the Pole.

 

Thou know’st how guiltless first I met thy flame,

When Love approach’d me under Friendship’s name;

My fancy form’d thee of angelic kind,

Some emanation of th’ all-beauteous Mind.

Those smiling eyes, attemp’ring ev’ry day,

Shone sweetly lambent with celestial day.

Guiltless I gaz’d; heav’n listen’d while you sung;

And truths divine came mended from that tongue.

From lips like those what precept fail’d to move?

Too soon they taught me ’twas no sin to love.

Back through the paths of pleasing sense I ran,

Nor wish’d an Angel whom I lov’d a Man.

Dim and remote the joys of saints I see;

Nor envy them, that heav’n I lose for thee.

 

How oft, when press’d to marriage, have I said,

Curse on all laws but those which love has made!

Love, free as air, at sight of human ties,

Spreads his light wings, and in a moment flies,

Let wealth, let honour, wait the wedded dame,

August her deed, and sacred be her fame;

Before true passion all those views remove,

Fame, wealth, and honour! what are you to Love?

The jealous God, when we profane his fires,

Those restless passions in revenge inspires;

And bids them make mistaken mortals groan,

Who seek in love for aught but love alone.

Should at my feet the world’s great master fall,

Himself, his throne, his world, I’d scorn ’em all:

Not Caesar’s empress would I deign to prove;

No, make me mistress to the man I love;

If there be yet another name more free,

More fond than mistress, make me that to thee!

Oh happy state! when souls each other draw,

When love is liberty, and nature, law:

All then is full, possessing, and possess’d,

No craving void left aching in the breast:

Ev’n thought meets thought, ere from the lips it part,

And each warm wish springs mutual from the heart.

This sure is bliss (if bliss on earth there be)

And once the lot of Abelard and me.

 

Alas, how chang’d! what sudden horrors rise!

A naked lover bound and bleeding lies!

Where, where was Eloise? her voice, her hand,

Her poniard, had oppos’d the dire command.

Barbarian, stay! that bloody stroke restrain;

The crime was common, common be the pain.

I can no more; by shame, by rage suppress’d,

Let tears, and burning blushes speak the rest.

 

Canst thou forget that sad, that solemn day,

When victims at yon altar’s foot we lay?

Canst thou forget what tears that moment fell,

When, warm in youth, I bade the world farewell?

As with cold lips I kiss’d the sacred veil,

The shrines all trembl’d, and the lamps grew pale:

Heav’n scarce believ’d the conquest it survey’d,

And saints with wonder heard the vows I made.

Yet then, to those dread altars as I drew,

Not on the Cross my eyes were fix’d, but you:

Not grace, or zeal, love only was my call,

And if I lose thy love, I lose my all.

Come! with thy looks, thy words, relieve my woe;

Those still at least are left thee to bestow.

Still on that breast enamour’d let me lie,

Still drink delicious poison from thy eye,

Pant on thy lip, and to thy heart be press’d;

Give all thou canst—and let me dream the rest.

Ah no! instruct me other joys to prize,

With other beauties charm my partial eyes,

Full in my view set all the bright abode,

And make my soul quit Abelard for God.

 

Ah, think at least thy flock deserves thy care,

Plants of thy hand, and children of thy pray’r.

From the false world in early youth they fled,

By thee to mountains, wilds, and deserts led.

You rais’d these hallow’d walls; the desert smil’d,

And Paradise was open’d in the wild.

No weeping orphan saw his father’s stores

Our shrines irradiate, or emblaze the floors;

No silver saints, by dying misers giv’n,

Here brib’d the rage of ill-requited heav’n:

But such plain roofs as piety could raise,

And only vocal with the Maker’s praise.

In these lone walls (their days eternal bound)

These moss-grown domes with spiry turrets crown’d,

Where awful arches make a noonday night,

And the dim windows shed a solemn light;

Thy eyes diffus’d a reconciling ray,

And gleams of glory brighten’d all the day.

But now no face divine contentment wears,

‘Tis all blank sadness, or continual tears.

See how the force of others’ pray’rs I try,

(O pious fraud of am’rous charity!)

But why should I on others’ pray’rs depend?

Come thou, my father, brother, husband, friend!

Ah let thy handmaid, sister, daughter move,

And all those tender names in one, thy love!

The darksome pines that o’er yon rocks reclin’d

Wave high, and murmur to the hollow wind,

The wand’ring streams that shine between the hills,

The grots that echo to the tinkling rills,

The dying gales that pant upon the trees,

The lakes that quiver to the curling breeze;

No more these scenes my meditation aid,

Or lull to rest the visionary maid.

But o’er the twilight groves and dusky caves,

Long-sounding aisles, and intermingled graves,

Black Melancholy sits, and round her throws

A death-like silence, and a dread repose:

Her gloomy presence saddens all the scene,

Shades ev’ry flow’r, and darkens ev’ry green,

Deepens the murmur of the falling floods,

And breathes a browner horror on the woods.

 

Yet here for ever, ever must I stay;

Sad proof how well a lover can obey!

Death, only death, can break the lasting chain;

And here, ev’n then, shall my cold dust remain,

Here all its frailties, all its flames resign,

And wait till ’tis no sin to mix with thine.

 

Ah wretch! believ’d the spouse of God in vain,

Confess’d within the slave of love and man.

Assist me, Heav’n! but whence arose that pray’r?

Sprung it from piety, or from despair?

Ev’n here, where frozen chastity retires,

Love finds an altar for forbidden fires.

I ought to grieve, but cannot what I ought;

I mourn the lover, not lament the fault;

I view my crime, but kindle at the view,

Repent old pleasures, and solicit new;

Now turn’d to Heav’n, I weep my past offence,

Now think of thee, and curse my innocence.

Of all affliction taught a lover yet,

‘Tis sure the hardest science to forget!

How shall I lose the sin, yet keep the sense,

And love th’ offender, yet detest th’ offence?

How the dear object from the crime remove,

Or how distinguish penitence from love?

Unequal task! a passion to resign,

For hearts so touch’d, so pierc’d, so lost as mine.

Ere such a soul regains its peaceful state,

How often must it love, how often hate!

How often hope, despair, resent, regret,

Conceal, disdain—do all things but forget.

But let Heav’n seize it, all at once ’tis fir’d;

Not touch’d, but rapt; not waken’d, but inspir’d!

Oh come! oh teach me nature to subdue,

Renounce my love, my life, myself—and you.

Fill my fond heart with God alone, for he

Alone can rival, can succeed to thee.

 

How happy is the blameless vestal’s lot!

The world forgetting, by the world forgot.

Eternal sunshine of the spotless mind!

Each pray’r accepted, and each wish resign’d;

Labour and rest, that equal periods keep;

“Obedient slumbers that can wake and weep;”

Desires compos’d, affections ever ev’n,

Tears that delight, and sighs that waft to Heav’n.

Grace shines around her with serenest beams,

And whisp’ring angels prompt her golden dreams.

For her th’ unfading rose of Eden blooms,

And wings of seraphs shed divine perfumes,

For her the Spouse prepares the bridal ring,

For her white virgins hymeneals sing,

To sounds of heav’nly harps she dies away,

And melts in visions of eternal day.

 

Far other dreams my erring soul employ,

Far other raptures, of unholy joy:

When at the close of each sad, sorrowing day,

Fancy restores what vengeance snatch’d away,

Then conscience sleeps, and leaving nature free,

All my loose soul unbounded springs to thee.

Oh curs’d, dear horrors of all-conscious night!

How glowing guilt exalts the keen delight!

Provoking Daemons all restraint remove,

And stir within me every source of love.

I hear thee, view thee, gaze o’er all thy charms,

And round thy phantom glue my clasping arms.

I wake—no more I hear, no more I view,

The phantom flies me, as unkind as you.

I call aloud; it hears not what I say;

I stretch my empty arms; it glides away.

To dream once more I close my willing eyes;

Ye soft illusions, dear deceits, arise!

Alas, no more—methinks we wand’ring go

Through dreary wastes, and weep each other’s woe,

Where round some mould’ring tower pale ivy creeps,

And low-brow’d rocks hang nodding o’er the deeps.

Sudden you mount, you beckon from the skies;

Clouds interpose, waves roar, and winds arise.

I shriek, start up, the same sad prospect find,

And wake to all the griefs I left behind.

 

For thee the fates, severely kind, ordain

A cool suspense from pleasure and from pain;

Thy life a long, dead calm of fix’d repose;

No pulse that riots, and no blood that glows.

Still as the sea, ere winds were taught to blow,

Or moving spirit bade the waters flow;

Soft as the slumbers of a saint forgiv’n,

And mild as opening gleams of promis’d heav’n.

 

Come, Abelard! for what hast thou to dread?

The torch of Venus burns not for the dead.

Nature stands check’d; Religion disapproves;

Ev’n thou art cold—yet Eloisa loves.

Ah hopeless, lasting flames! like those that burn

To light the dead, and warm th’ unfruitful urn.

 

What scenes appear where’er I turn my view?

The dear ideas, where I fly, pursue,

Rise in the grove, before the altar rise,

Stain all my soul, and wanton in my eyes.

I waste the matin lamp in sighs for thee,

Thy image steals between my God and me,

Thy voice I seem in ev’ry hymn to hear,

With ev’ry bead I drop too soft a tear.

When from the censer clouds of fragrance roll,

And swelling organs lift the rising soul,

One thought of thee puts all the pomp to flight,

Priests, tapers, temples, swim before my sight:

In seas of flame my plunging soul is drown’d,

While altars blaze, and angels tremble round.

 

While prostrate here in humble grief I lie,

Kind, virtuous drops just gath’ring in my eye,

While praying, trembling, in the dust I roll,

And dawning grace is op’ning on my soul:

Come, if thou dar’st, all charming as thou art!

Oppose thyself to Heav’n; dispute my heart;

Come, with one glance of those deluding eyes

Blot out each bright idea of the skies;

Take back that grace, those sorrows, and those tears;

Take back my fruitless penitence and pray’rs;

Snatch me, just mounting, from the blest abode;

Assist the fiends, and tear me from my God!

 

No, fly me, fly me, far as pole from pole;

Rise Alps between us! and whole oceans roll!

Ah, come not, write not, think not once of me,

Nor share one pang of all I felt for thee.

Thy oaths I quit, thy memory resign;

Forget, renounce me, hate whate’er was mine.

Fair eyes, and tempting looks (which yet I view!)

Long lov’d, ador’d ideas, all adieu!

Oh Grace serene! oh virtue heav’nly fair!

Divine oblivion of low-thoughted care!

Fresh blooming hope, gay daughter of the sky!

And faith, our early immortality!

Enter, each mild, each amicable guest;

Receive, and wrap me in eternal rest!

 

See in her cell sad Eloisa spread,

Propp’d on some tomb, a neighbour of the dead.

In each low wind methinks a spirit calls,

And more than echoes talk along the walls.

Here, as I watch’d the dying lamps around,

From yonder shrine I heard a hollow sound.

“Come, sister, come!” (it said, or seem’d to say)

“Thy place is here, sad sister, come away!

Once like thyself, I trembled, wept, and pray’d,

Love’s victim then, though now a sainted maid:

But all is calm in this eternal sleep;

Here grief forgets to groan, and love to weep,

Ev’n superstition loses ev’ry fear:

For God, not man, absolves our frailties here.”

 

I come, I come! prepare your roseate bow’rs,

Celestial palms, and ever-blooming flow’rs.

Thither, where sinners may have rest, I go,

Where flames refin’d in breasts seraphic glow:

Thou, Abelard! the last sad office pay,

And smooth my passage to the realms of day;

See my lips tremble, and my eye-balls roll,

Suck my last breath, and catch my flying soul!

Ah no—in sacred vestments may’st thou stand,

The hallow’d taper trembling in thy hand,

Present the cross before my lifted eye,

Teach me at once, and learn of me to die.

Ah then, thy once-lov’d Eloisa see!

It will be then no crime to gaze on me.

See from my cheek the transient roses fly!

See the last sparkle languish in my eye!

Till ev’ry motion, pulse, and breath be o’er;

And ev’n my Abelard be lov’d no more.

O Death all-eloquent! you only prove

What dust we dote on, when ’tis man we love.

 

Then too, when fate shall thy fair frame destroy,

(That cause of all my guilt, and all my joy)

In trance ecstatic may thy pangs be drown’d,

Bright clouds descend, and angels watch thee round,

From op’ning skies may streaming glories shine,

And saints embrace thee with a love like mine.

 

May one kind grave unite each hapless name,

And graft my love immortal on thy fame!

Then, ages hence, when all my woes are o’er,

When this rebellious heart shall beat no more;

If ever chance two wand’ring lovers brings

To Paraclete’s white walls and silver springs,

O’er the pale marble shall they join their heads,

And drink the falling tears each other sheds;

Then sadly say, with mutual pity mov’d,

“Oh may we never love as these have lov’d!”

 

From the full choir when loud Hosannas rise,

And swell the pomp of dreadful sacrifice,

Amid that scene if some relenting eye

Glance on the stone where our cold relics lie,

Devotion’s self shall steal a thought from Heav’n,

One human tear shall drop and be forgiv’n.

And sure, if fate some future bard shall join

In sad similitude of griefs to mine,

Condemn’d whole years in absence to deplore,

And image charms he must behold no more;

Such if there be, who loves so long, so well;

Let him our sad, our tender story tell;

The well-sung woes will soothe my pensive ghost;

 

He best can paint ’em, who shall feel ’em most.