Khalil Gibran fue un poeta, pintor, novelista y ensayista libanés. Nació el 6 de enero de 1883 en Bcharri; murió el 11 de abril de 1931 en Nueva York. Entre sus obras se encuentran: El profeta; Jesús, el hijo del hombre; Arena y Espuma; El jardín del profeta; Los dioses de la tierra y Poemas y parábolas.

El amor
Y él alzó su cabeza, miró a la gente
y la quietud descendió sobre todos.
Entonces, con fuerte voz dijo:
Cuando el amor os llame, seguidle.
Aunque su camino sea duro y penoso.
Y entregaos a sus alas que os envuelven.
Aunque la espada escondida entre ellas os hiera.
Y creed en él cuando os hable.
Aunque su voz aplaste vuestros sueños,
como hace el viento del norte,
el viento que arrasa los jardines.
Porque, así como el amor os da gloria,
así os crucifica.
Así como os da abundancia, así os poda.
Así como se remonta a lo más alto
y acaricia vuestras ramas más débiles,
que se estremecen bajo el sol,
así llegará hasta vuestras raíces
y las sacudirá en un abrazo con tierra.
Como a gavillas de trigo
él os une a vosotros mismos.
Os desgarra para desnudarnos.
Os cierne, para libraros de los pliegues
que cubren vuestra figura.
Os pulveriza hasta volveros blancos.
Os amasa, para que lo dócil y lo flexible
renazca de vuestra dureza.
Y os destina luego a su fuego sagrado,
para que podáis ser sagrado pan
en la sagrada fiesta de Dios.
Todo esto hará el amor en vosotros
para acercaros al conocimiento de vuestro corazón
y convertiros por ese conocimiento
en fragmento del corazón de la Vida.
Pero si vuestro miedo
os hace buscar solamente la paz
y el placer del amor,
entonces sería mejor
que cubrierais vuestra desnudez
y os alejarais de sus umbrales
hacia un mundo sin primavera
donde reiréis,
pero no con toda vuestra risa,
y lloraréis,
pero no con todas vuestras lágrimas.
El amor no da más que de sí mismo
y no torna nada más que de sí mismo.
El amor no posee ni es poseído.
Porque el amor es todo para el amor.
Cuando améis no digáis:
“Dios está en mi corazón”,
sino más bien:
“Yo estoy en el corazón de Dios”.
Y no penséis en dirigir el curso del amor
porque será él,
si os halla dignos,
quien dirija vuestro curso.
El amor no tiene otro deseo
que el de realizarse.
Pero si amáis
y no podéis evitar tener deseos,
que vuestros deseos sean estos:
fundirse y ser como el arroyo,
que murmura su melodía en la noche;
saber del dolor del exceso de ternura;
ser herido
por nuestro propio conocimiento del amor;
sangrar voluntaria y alegremente.

El dar
Dais muy poco cuando dais
lo que es vuestro corno patrimonio.
Cuando dais algo de vuestro interior
es cuando realmente dais.
Hay quienes dan poco de lo mucho
que tienen y lo dan buscando
el reconocimiento y su deseo oculto
daña sus regalos.
Y hay quienes tienen poco y lo dan todo.
Es bueno dar algo cuando ha sido pedido,
pero es mejor dar sin demanda, comprendiendo.
Y, para la mano abierta,
la búsqueda de aquel que recibirá
es mayor alegría que el dar mismo.
¿Y hay algo, acaso, que puede guardarse?
Todo lo que tenéis será entregado algún día:
dad, pues, ahora que la estación de dar es vuestra
y no de vuestros herederos.
Decís a menudo: “Daría,
pero sólo a quien lo mereciera”.
Los árboles en vuestro huerto
no hablan de ese modo,
ni los rebaños en vuestra pradera.
Ellos dan para vivir,
ya que guardar es perecer.
Todo aquel que merece recibir
sus días y sus noches
merece de vosotros todo lo demás.
Y aquel que mereció beber el océano de la vida
merece llenar su copa en vuestra pequeña fuente.
Mirad primero si vosotros mismos merecéis dar
y ser el instrumento de dar.
Porque, en verdad, es la vida la que da a la vida,
mientras que vosotros, que os creéis dadores,
no sois más que testigos.
Mi corazón se consume
El primer Dios
Mi corazón se consume por la sed;
Empero no es mi deseo beber la sangre débil
De una estirpe bastarda;
Pues la copa está sucia
Y el vino que contiene,
es amargo a mi gusto.
Como tú soy: modelé el barro
Y con él creé seres animados,
Que respiran y jadean;
Luego se escurrieron de entre mis dedos
En las montañas y en las selvas.
Al igual que tú,
troqué en luz las tenebrosas
Profundidades,
en el Comienzo de la Vida,
Vidas a las que después pude ver reptar
Desde las cavernas y ascender a las elevadas
Cimas de los montes.
Yo, al igual que tú, convoqué a la primavera,
Para subyugar y fascinar a los jóvenes,
Y le adjudiqué el don de la Belleza,
Para incitarla a evolucionar y producir.
Yo, al igual que tú, dirigí al hombre
De un templo a otro templo,
Y transformé a sus mudos terrores
En algo indestructible, en Fe
Que tiembla a causa nuestra,
Sin que le fuera posible
divisarnos ni comprendernos.
Yo, al igual que tú,
puse por sobre mi cabeza la Tormenta
Huracanada para que se prosterne delante nuestro;
E hice al suelo sacudirse bajo sus pies
Para implorar y rogar nuestra ayuda.
Yo,
al igual que tú, induje al desenfrenado mar,
Que anegó la cuna de su islote,
Hasta que murió gimiendo
E implorando
Todo esto es, y mucho más aún, lo que hice;
Pero todo fue estéril e inútil.
¡Inútil es el despertar!
¡Inútil es el descansar!
Y tres veces es
estéril e inútil el soñar

Mi espíritu…
El primer Dios
Mi espíritu se ha hartado y hastiado
De lo que existe.
No moveré un dedo
Para construir otra vez mundo alguno,
Ni para hacer desaparecer
mundo alguno de la creación.
No existiría, si morir pudiera,
Pues los milenios hacen sentir su peso,
Sobre mis hombros y
El inagotable sonido de los mares
Agota la fortuna de mi sueño.
¡Ah! si pudiera desprenderme
de mi razón original
De ser,
me desvanecería,
igual que el sol
Muere en su crepúsculo.
Desearía, si pudiera hacerlo,
Desnudar a mi divinidad,
De sus propósitos,
Y en el cosmos exhalar
El soplo de mi mortalidad
Y así terminar de vivir para siempre.
¡Ojalá!
me desvanezca y huya
De la memoria temporal.
A estar y existir
en el cosmos del Tiempo.


