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Poeta y narrador colombiano nacido en Popayán (Cauca), 1987.  Licenciado en español y literatura. Editor y miembro fundador de la Revista Literaria Polifonía y del Premio Nacional de poesía El Quijote de Acero . Ha publicado “Elizabeth y las manzanas”, que además de su edición en Colombia, se publicó en España. Algunos cuentos y poemas suyos han sido incluidos en varias antologías y revistas.

Nada nos pertenece

Para mi madre, que un día me dijo
–Esta vida mía le pertenece hijo-.

Nada nos pertenece madre,
nada nos pertenece.
Ni esta vida de paso que apenas nos sostiene,
ni los remotos días en que viste la dicha,
esa dicha tan breve.

No madre, nada nos pertenece.
Yo te escucho y lamento cada tarde vacía,
me culpo, yo conozco la culpa,
por no ser más feliz, por no aferrarme más,
por dejar que me pase por encima la vida
o me alcance la muerte (y la acoja sin prisa).

Madre, nada nos pertenece.
Y nos es un pronombre que se pronuncia solo.

Yo, solo yo que te amo conozco de tus lágrimas
tan plagadas de historia.
Yo sé que un día, por ejemplo,
te sentiste tan sola y tan desamparada…
No madre, no sé nada,
guardemos los secretos,
toda la ropa sucia debe lavarse en casa.

Madre nada nos pertenece.
Un día nos iremos de esta casa,
de estos humildes muebles, de las blancas ventanas
y de las celosías. Un día nos iremos madre
y veremos de lejos, y cada vez más lejos,
que atrás se van quedando pedazos de la vida:
mi infancia consumada y tus dieciocho años,
mi adolescencia vana sobre tu breve espalda
y tu vejez que aguarda acodarse en la mía.

Madre, son las dos menos treinta y nada nos pertenece,
solo nosotros, que apenas nos sabemos,
que apenas hemos visto un rostro en el espejo
y decimos entonces:
-este tiempo no cesa de roerme la vida-.

Yo madre, yo que soy esta herida,
esta herida de muerte que va sangrando tiempo,
hoy presiento que pronto
(ojalá me equivoque) rendirás tus banderas
al barco de las sombras.
Y a pesar de que digo que nada,
incluso nada, tenemos en las manos,
tiemblo cuando imagino
tus brazos, tus abrazos, para siempre cerrados.

Nada nos pertenece madre, pero si de algo sirve
sigamos navegando, yo te ofrezco mi viento
para empujar tu barco.

La eternidad al alba

¿Qué es esta paz tan densa,
está quietud ardiente que me envuelve la sangre?
¿qué es esta tibia calma,
esta tregua del mundo?
Es la traición del tiempo, unánime y callado,
que pasa por mis ojos y me oculta sus rastros.

Hoy no quiero la tregua, ni la calma tan tibia,
ni la quietud ardiente, menos la paz tan densa.
Hoy quiero una aventura, una guerra en la boca,
una verdad convulsa que me muerda la herida
y acabe mis entrañas
y me ahogue
y me queme
y me robe la vida con un trombón de muerte,
con un trombón que grite: morirás sin motivo,
como mueren los hombres.

Ya no quiero la calma
Me niego, me opongo, digo que no a la calma,
a este sordo lamento y a su discreta lágrima.
No quiero, no me da la gana.
digo ¡no!, me opongo…

………………………………………………………………………

Muere la madrugada.
¿Qué voy a hacer entonces cuando me alcance el alba?
Tengo mis manos negras
y este mi humilde tacto para abrazar su cuerpo,
su cuerpo tan callado, tan dulce, tan lejano.

Tengo mi tacto humilde
y estas mis manos largas
para hacerle un recuerdo de caricias sin tiempo,
un amor sin pasajes ni caminos de vuelta.

Y llevarla hasta el cielo, o mejor al infierno,
un infierno callado, de lentas amarguras,
un infierno terrible como un golpe de estado,
un infierno de amantes que se entregan desnudos,
convulsos en sus cuerpos, lejanos en sus culpas.
Un infierno de amantes
fuera de nuestro mundo…
Tan solo nuestro mundo…

Debe ser el infierno porque me aburre el cielo.
Un infierno sin sombras, sin miedos ni demonios,
simplemente un infierno
octagonal y antiguo, repleto de lagunas,
de valles y cipreses…
Un infierno sin sombras, sin miedos ni demonios.

Y si no es un infierno que sean nuestros cuerpos.
Sí, que sean nuestros cuerpos,
son lentos y callados
y terribles y mudos como un golpe de estado.
Y amantes y lejanos.
Son solo nuestros cuerpos y estas mis manos largas
Y su piel que no espera y mi tacto que aguarda.

Hoy, antes del alba,
cansado de la calma,
hombre de madrugada.
hoy soy tacto e infierno,
espera lenta y cielo,
soy el callado cuerpo
y las manos vacías.
Soy la piel y el deseo,
el íntimo deseo
de que me alcance el alba
y me bese… sin prisas.

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Elizabeth y las manzanas

Elizabeth tiene quince años,
los ojos quedos y esquivos
como dos peces azules.
Le gusta salir de noche
a disparar palabras verdes a los árboles secos,
bañarse al final de la tarde,
cuando los abismos esperan confundirse con el cielo,
le gusta salir y desaparecer,
convertirse en tigre y desgarrar al viento.
Confundirse.
Dejar de ser rosa para ser tallo, raíz o pétalo,
respirar el polen de sus abejas amantes,
Elizabeth traiciona su sexo al mediodía.
Cuando regresa de clase
hace camino para sus manos blancas,
se complace en acariciar senos firmes
y trenzar cabellos largos,
o besarlos y respirar un sudor que parece suyo.
Elizabeth calla cuando mamá está en casa,
sonríe cuando juega a la pelota
y suspira cuando yo no estoy.
Elizabeth se ha ido de casa,
probablemente encontró un nuevo vientre
y querrá volver al paraíso
para morder de nuevo las manzanas..