Luz Helena Cordero nació en Bucaramanga, Colombia, en 1961. Libros de poesía:Óyeme con los ojos, 1996 yCielo ausente, 2001. Incluida en varias antologías de poesía colombiana e hispanoamericana.  Ha publicado cuentos, poemas y ensayos en revistas y periódicos nacionales e internacionales. Mención de Honor Premio Mundial de Literatura José Martí, (Costa Rica, 1997). Primera Mención Concurso de Poesía Fernando Mejía Mejía (Manizales, 1992)

 

LUZ HELENA CORDERO V.

 

Retrato de una niña.

 

Una niña lleva del pelo a su muñeca,

va paseándola a rastras por la calle.

Con muecas de madre le arranca los brazos,

separa el cuerpo de los ojos

que se abren y se cierran en el aire.

Un niña ondea su cola de caballo

y bajo el pecho de goma

escarba el sitio del corazón.

Pero allí solo se encuentra con el suyo,

almeja desnuda que palpita.

La niña de la muñeca muerta, llora.

No sabe que asiste

al nacimiento del amor.

 

 

Jardín de manos

 

Una mano reemplaza una palabra,

dibuja una pregunta en el vacío,

suprime el pensamiento,

simula un vuelo en la oscuridad,

va y viene sin dios ni amo,

no sabe lo que quiere

pero siempre lo encuentra.

Las manos tienen los ojos anchos

y los labios dispuestos

para contar su desparpajo.

Suelen deambular en las noches

como gatos hambrientos,

ninfas desnudas en la acera del cuerpo.

Una mano se posa en otra mano

y se funda una medusa de silencio.

Suele morir de frío si está sola,

es su mayor miseria.

Las manos se resisten a matar los cuerpos.

Cuando van a la guerra se persignan,

caen a tierra como flores marchitas.

Alguien prepara un jardín de manos

para adornar la tumba de Dios.

 

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Cotidiana

 

Pasa una ambulancia en busca de un herido,
da vueltas el sonido rojo
ávido de golpes, de caídas,
buitre que ruega al cielo su alimento.
Todos nos revisamos el cuerpo
no sea que exista un agujero
y por ahí se nos escapen las ganas de movernos,
de empujar los zapatos.
Alguien ha visto pasar nuestro nombre
en el desfile de los rezos.
Es posible que ya estemos muertos
y sigamos erguidos como troncos
que engañan a los pájaros.

 

 

Eso dicen

 

Dicen que hablar no cuesta nada.
Parece infalible la sentencia.
Se cae la boca con el grito,
pesan las palabras como trenes frenéticos
que atropellan las noches,
el compás del corazón,
la forma de peinarse.
Alguien pronuncia dos palabras
y se desploma el paisaje en la ventana,
deja de salir el agua por el grifo
o sale con desgano, sin sed que la recoja.
Dices adiós y algo se quiebra,
puede ser el espejo o su imagen,
alguna cosa que guardabas,
la secreta esperanza de un algo impronunciable,
su cobarde mudez.
Podríamos andar ligeros de voz y de preguntas,
dos o tres dudas como globos que estallan
sin ruido, sin misterio.
Pero las palabras se cargan de sal y de sonidos
llegan a pesar tanto que un día nos matan
de memoria, de silencio,
qué le vamos a hacer,
si estamos más hechos de palabras que de huesos
y hablar nos cuesta todo.