Carolyn Forché (Detroit, 1950) es autora de cuatro libros de poesía:Gathering the Tribes (1967), The Country between Us (1982),The Angel of History (1994) y Blue Hour (2004). Además es editora de Against Forgetting: Twentieth-Century Poetry of Witness (1993). Su trabajo se inscribe en lo que ella misma llama Poetry of Witness (poesía testimonial), cuyo fin no es solo denunciar, sino dar cuenta de sucesos reales, experimentados en la piel del poeta: “poema como rastro, poema como evidencia”. Entre sus premios están las becas de la Fundación Lannan y el Fondo Nacional de las Artes. Con The Country between Us recibió el Poetry Society of America’s Alice Fay di Castagnola Award y fue la poeta ganadora del premio James Laughlin de la Academia de Poetas Americanos. También recibió la beca de la Fundación Guggenheim. Ha sido catedrática en numerosas universidades; entre sus trabajos de traducción se encuentran la salvadoreña exiliada Claribel Alegría, Mahmoud Darwish, y Robert Desnos.

El visitante

En español él susurra que no queda tiempo.
Es el sonido de guadañas arqueando en el trigo
el dolor de alguna canción de campo en Salvador.
El viento en la prisión, precavido
como las manos de Francisco en el interior, tocando
las paredes mientras camina, es el aliento de su mujer
deslizándose en su celda cada noche mientras él
imagina su mano como si fuera de ella. Es un país pequeño.

 

El Barquero

Éramos treinta y un almas durante toda la noche, dijo, en el gris-enfermo de mar
en un bote de goma fría, subiendo y bajando en nuestra suciedad.
Por la mañana esto no importa, sin tierra a la vista,
todos estaban empapados hasta los huesos, vivos y muertos.
Todavía podríamos flotar, decíamos, de la guerra a la guerra.
Que había detrás de nosotros, ¿sino ruinas de piedra apiladas en ruinas de piedra?
Ciudad llamada “madre de los pobres” rodeada de campos
de algodón y mijo, ciudad de joyeros y fabricantes de mantos,
con la iglesia más antigua de la cristiandad y la Espada de Alá.
Si alguien permanece allí ahora, asegura, estará completamente solo.
Hay un hotel que lleva su nombre en Roma a doscientos metros
de la plaza de España, donde se puede tomar el desayuno bajo
los retratos de estrellas de cine. Allí, el personal no puede hacer más por ti.
Pero yo estoy hablando tonterías de nuevo, como lo he hecho desde la noche
que encontramos a un niño, no el nuestro, desde el mar, a la deriva cara abajo en
un chaleco salvavidas, sus ojos comidos por los peces o las aves por encima de nosotros.
Después de eso, Alepo se convirtió en humo, y Raqqa vino bajo una lluvia
de panfletos advirtiendo a todos que se fueran. Salir sí, ¿pero a dónde?
Hemos vivido a través de los estadounidenses y los rusos, a través de los estadounidenses
De nuevo, muchas noches de la muerte desde el cielo, las mañanas sorprendidos                                                      de despertar del sueño de la muerte, aún sin enterrar y vivos
sin un lugar seguro. Vamos, sí, vamos a obedecer los folletos, ¿pero vamos a dónde?
¿Para el mar que nos coma, a las costas de Europa para ser enjaulado?
Al campamento miseria y al campamento de permanecer aquí. Entonces te lo pregunto, ¿a dónde?
Me dices que eres poeta. Si es así, nuestro destino es el mismo.
Y ahora soy el barquero, que conduce un taxi en el fin del mundo.
Voy a ver que llegue con seguridad, mi amiga, voy a llegar hasta allí.

 

San Onofre, California

Hemos avanzado mucho al sur.
Más allá, la más vieja mujer
bombardeando limas en chales negros.
Portillo rayando su nombre
en las paredes, los delgados listones
de orín, niños acariciando el lodo.
Si seguimos, podríamos parar
en la calle en este mismo lugar
donde alguien desapareció
y podríamos escuchar las palabras
¡Ven con nosotros! Si eso sucediera, conduciríamos
nuestras vidas con las manos
atadas. Es por eso que sentimos
que es suficiente escuchar
al viento meciendo limones,                                                                                                                                                    a los perros andando en las terrazas,
sabiendo que mientras las aves y el tiempo caliente
se mueven siempre al norte,
los lamentos de aquellos que desaparecen
tardarían años en llegar aquí.

 

Resistencia

En Belgrado, las ventanas del hotel
para turistas se abrieron sobre siete pisos de lilas,
la lluvia lavó los manteles de lino y las copas de licor
de las mesas en las banquetas, las banderas de seda de las naciones
no alineadas como colorida ropa interior
sujetándose al viento. Tito aún vivía.
Me dediqué al inglés, fue confundido por checo,
caminé a las fuentes, al mercado
de ajo y tiendas, donde vi
a mi Anna muerta una y otra vez,
duros y amarillos frijoles sobre su regazo,
su babushka de verano en blanco algodón,
sus ojos, los duros pozos de un pasado.
Ella cuchicheaba con sus amigas,
rezando el rosario o tratando de venderme
algo. Anna. Limpiando sus manos
con un cuchillo de pelar, diciendo en tu país
no tienes nada. Cada palabra era la cáscara
de un vegetal lanzada hacia la calle
o una montaña rodeada por trenes
con cargamentos de estiércol de oveja y pena.
Busqué en Belgrado algún rostro
santo, pintado sin manos como cuando
un pintor de íconos se va a dormir y despierta
con una imagen que le llega desde la muerte.
En cada esquina Anna dejó caer
su trabajo sobre su regazo y alzó la vista.
Soy una poeta sin hijos, dije.
No he pintado un huevo ni hecho plegarias                                                                                                                        ni terminado mis deberes de pascua en años.
Dejé Belgrado por Frankfurt el verano
pasado, Frankfurt por Nueva York,                                                                                                                                  Nueva York por el Valle de Roanoke
donde las montañas sostienen la respiración
de los muertos y levantan
de cada mañana un fresco vendaje de niebla.
Nueva York, Roanoke, el valle
hasta este Cabo donde en las dunas
el viento se ase de cuerpo
y un abeto aparece en la ventana
por la noche, golpeando en el cristal como
una mujer que ha vivido demasiado.
Piskata, frena tu lengua, ella dice.
Estoy intentando decirte algo.