(Fiódor Ivánovich Tiútchev o Tjutcev; Ovstug, cerca de Briansk, 1803 – Tsarskoe Selo, 1873) Poeta ruso. Fue funcionario de la diplomacia y la cancillería del Imperio (1822-1857). En Alemania conoció a Schelling y Heine, del que tradujo muchos poemas. En su obra Rusia y la revolución (1849), expuso un sistema político-religioso en el que reservaba el primer papel a Rusia. En 1854, con la ayuda de Turguéniev, publicó un volumen de Poesías, en las que, como discípulo de Pushkin, evocó la naturaleza rusa.

 

tiutchev

Sentada en el piso

revolvía el montón de cartas,
como a la ceniza enfriada
las tomaba con las manos y las arrojaba.

Tomaba las hojas conocidas
y las admiraba maravillada,
como las almas que miran desde el cielo
los cuerpos abandonados por ellas …

¡Cuánta vida hubo aquí,
vivida irrevocablemente!
¡Cuántos minutos dolorosos,
de amor y de alegría muerta!

Parado a su lado, en silencio,
listo para caer sobre las rodillas, –
me sentí terriblemente triste,
por esa amable inherente sombra.

No importa lo que la vida nos enseña,
el corazón cree en los milagros:
existe una fuerza inagotable
también una belleza imperecedera.
La decadencia terrestre
no tocará las flores sobrenaturales,
el calor del mediodía no secará
el rocío que hay en ellas.
Y esta fe no engañará
al que de ella vive,
no marchitará todo lo que aquí floreció,
no desaparecerá todo lo que aquí existió.
Pero esta fe es para pocos.
Solo conocerá el paraíso,
el que supo sufrir amando
en las tentaciones de la vida.
El que curó enfermedades ajenas
con su propio sufrimiento,
el que ofreció su alma por los demás
y soportó todo hasta el final.
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¡Amo esta cólera de Dios, el mal
misterioso, invisible,
por todas partes difundido;
en las flores y fuentes
con transparencias de cristal,
en los rayos del iris y en el cielo de Roma!
¡Y este cielo profundo, transparente,
tu pecho que respira acompasado,
y este cálido viento
que estremece las ramas,
este aroma de rosas,
y todo es sólo muerte!

¿Y quién sabe? Tal vez
en la naturaleza
los sonidos y aromas, las flores y las voces
sólo son los heraldos del último minuto
que deben endulzar nuestras torturas.
Tal vez el juez de nuestro sino,
cuando arranca a la vida los hijos de la tierra
cubre su imagen con ligero velo,
disfrazando el horror de su llegada.

Amo tus ojos

Amo tus ojos, amiga,

su maravilloso y travieso centelleo

cuando los alzas de pronto, suavemente

y cual relámpago celestial,

lanzas la mirada en rededor…

pero un encanto hay aún más intenso:

los ojos, entornándose

en los minutos del beso apasionado

y –tras las pestañas caídas-

fatalmente anegados por el fuego del deseo.

El último amor
Más tierna es la pasión, más temerosa,
cuando, fugaz, la vida ya declina…
¡Alumbra, luz, alumbra generosa,
último amor, aurora vespertina!

Se va poniendo oscuro el firmamento,
y sólo allá en el poniente hay en su manto
un resplandor errante. ¡Oh, momento,
prolóngame la vida con tu encanto!

No importa que la sangre no caliente,
si el corazón no pierde la ternura…
¡Último amor, ocaso refulgente,
eres solaz y eres desventura!