En tierra caliente este es el momento de hermanarnos, conversamos con los amigos y la familia, en ocasiones vemos la función con algún licor entre las manos y no pocas veces pensamos, de esa manera triste como se suele pensar entre el sudor y el cansancio.

 

Presentación y selección / Cristian Cárdenas Berrío

“Soy la tarde que viene a amarrar en los árboles

un trinar de sinsontes escarchados de pena.”

A. R. C.

 

Alberto Rodríguez Cifuentes nació en Cartago el 12 de abril de 1939, en esta misma ciudad realizó sus estudios primarios y secundarios, antes de trasladarse a la capital del Valle para estudiar derecho en la Universidad Santiago de Cali, de donde egresó como abogado meses antes de su muerte el 25 de mayo de 1976. Sus restos descansan en los osarios de la catedral de su ciudad natal.

Estos son los datos biográficos del poeta sobre los que se tiene plena certeza, en adelante, sobre la figura del “nadaista de Cartago” se alza un espeso bosque de especulaciones, distorsiones y sesgos que llamaré –a falta de mejor nombre– ficción psiconalítica. Pero lo más importante que tenemos, y que es profundamente cierta, es su obra. Sus dos libros, Nunca habrá otro silencio (Cali, 1967) y Los días como rostros (Cali, 1973), de donde se extractan los poemas aquí presentados.

Cierto es también que para quienes vivimos avecindados en la canícula, la tarde, con el tiempo, suele transformarse en sentimiento, en una forma esclarecedora de la nostalgia. El día comienza con un frío adormilado y desde muy temprano se instala una desigual lucha entre la piel y el cielo, hasta alcanzar la violencia vertical del medio día.

Cualquier sombra es un oasis y la deshidratación una institución municipal, la esperanza es siempre el puntual atardecer. El ocaso nos circunda con brazos de viento y el espíritu es secuestrado por una paleta de oro y cobre, multitud de aves regresan a sus nidos y la discordante sinfonía de las chicharras empieza a languidecer. En tierra caliente este es el momento de hermanarnos, conversamos con los amigos y la familia, en ocasiones vemos la función con algún licor entre las manos y no pocas veces pensamos, de esa manera triste como se suele pensar entre el sudor y el cansancio. Es este sentimiento, esta nostalgia lúcida, la que atraviesa los versos de Alberto Rodríguez Cifuentes, pero abundan ya las palabras ajenas, dejemos hablar al poeta.

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¿En dónde estás Anadiomena?

 

¿En dónde estás Anadiomena triste,

en qué mar de corales asombrados

o entre qué teleósteos sin su sombra

se ha ocultado tu pálida ternura?

Pues cuando el tiempo parte la naranja

donde dormita el ambar de los días

tú cruzas por mi ser como algún ala

o un rumor de hojas secas en el viento.

¿Cuándo tu nombre, zumo entre mis labios,

edulzará de nuevo mis sentidos?

¿Y qué de las promesas que no fueron,

vencidas por clepsidras y fronteras?

¿En dónde estás Anadiomena triste,

en dónde tu estatura sin ceniza?

He devastado un bosque de almanaques

esperando un febrero de retornos.

 

 

Es tiempo, Tiempo

 

“Tiempo. Soy aquí tu enemigo miemtras tanto.”

Marco Fidel Chávez.

 

De nuevo estoy perdido entre los días

y creo que es inútil insultarlos

o pasarme las horas rompiendo calendarios

o destruyendo el ojo cíclope del reloj,

¿Porqué me atacas Tiempo y derruyes

los mojones de amor que me atan a la infancia?

Ayer fue mi abuela de diciembres y musgos

a la que diste un golpe de silencio en la espalda

y tronchaste con Ella la rosa de las fábulas.

¿Porqué tiempo te inquinas con mi vida

y haces que cada vez esté más lejos,

el mágico sombrero de la infancia,

el único que puede cubrirme de la muerte,

la última de todas por las que he transitado?

Afuera, la mujer, el verso, el vino,

me esperan con la puntualidad de los ocasos

y las nieves de imprevisto invierno

que ya están decorando mis cabellos.

Es tiempo, Tiempo, que me dejes quieto,

que dejes de anudarte a lo que amo, a mi infancia,

a los libros y quites la ceniza que cae en los retratos.

Es cierto, Tiempo, que no podré vencerte,

mas haré la jugada de escaparme temprano

por cualquier puerta falsa,

antes que la vejez venga silbando

y me encuentre desnudo de recuerdos.

 

Soy la tarde

 

Soy la tarde que cae sin paraguas del cielo,

en el simple verano de un pájaro errabundo,

pájaro cubicado por sus alas de angustia

y por una nostalgia de tejado seguro.

En mi habita el crepúsculo nacido en la amapola,

que se vuelve grafito al virar de la noche

o barco carbonero enrutado al olvido

o pisada de bruma en su viudez de huella.

Soy la tarde que viene a amarrar en los árboles

un trinar de sinsontes escarchados de pena.

Soy en fin todo eso, tarde, nostalgia, angustia,

conjurador de ensalmos, catador de delirios.

Ah, la mujer lejana que me ofrendó su tedio

bajo un sol tan sencillo como la propia muerte.

 

 

Ceguedad

 

Anadiomena, puerto del olvido,

a donde fui a buscar una mañana

el amor y volví con los ojos

cargados de ceniza.

 

 

Apólogo del ron

 

Ah, la jaca de ron ante mi puerta

y mi boína y su sombrear de luto

cuando el tramonto lanza cuchilladas

bermejas a mi espalda y a mi ensueño.

Ah, la jaca de ron entre mi vaso

y el plumaje café de la tristeza

y el piano de la lluvia en los tejados

con su pianista semi-delirante.

Perdón pues, dulce amigo Berceo

y tú tambiém, Kayámm de vino y beso,

la jaca de mi ron me está esperando

para que cabalguemos a otro cielo.

Iré a buscar la risa y el enojo

de la que amo, su abrazo y desabrazo,

su lánguida mirada y su ternura

sobre la jaca de ron del corazón.