(Guantánamo, Cuba, 1942) es una poeta, escritora, periodista y pintora cubana. Realizó estudios de Letras en la Universidad de Oriente y en la Universidad de La Habana. En 1967 se casó con el poeta cubano Heberto Padilla. Aunque Belkis inicialmente apoyó la Revolución llevada a cabo por Fidel Castro, posteriormente se convirtió en un crítico censor de la misma. Fue encarcelada al mismo tiempo que Padilla en 1971 acusada de “escritura subversiva”, en lo que posteriormente se conoció como “el caso Padilla”. Ella y su hijo pequeño se exilaron en los Estados Unidos en 1979. Posteriormente el gobierno cubano autorizó la salida de su esposo. Es autora de los poemarios El viento en la pared (1962), Los alucinados (1962), Tiempos de sol (1963), Cartas a Ana Frank (1966), Woman on the Front Lines (1987), En busca de Selena (1997), Juego de damas (2002), y La otra mejilla (2007). Dirige la revista literaria Linden Lane Magazine.

 

 

NIÑEZ

Cuando fui una niña
salía a la calle
a soñar despierta,
jugaba a la rueda,
detestaba el parque,
me dormía sentada en la puerta.
Quería que el mundo
de verde, de tul,
de azul, de cerezas
tiñera, vistiera
su palidez muerta.
Me dolía que la gente
no quisiera
a los perros,
a los conejos,
a los gatos.
Los veía tiernos,
hambrientos,
juguetes humanos.
Y nadie quería
que los guardara en mi patio.
Ver lindas
alas de mariposas,
dejarlas volar,
dejarlas que jueguen
también con nosotras.
Coger florecillas
silvestres y raras.
¡Y pensar que ser niño
dura lo que una mañana!

 

 

COMPRO MUEBLES VIEJOS: SILLAS, CAMAS, BASTIDORES…

Los compradores de muebles viejos
a menudo olvidan el amor,
sustraen una cama o una silla
aprovechando que sus dueños se han mudado
para siempre,
que embarcaron con la vejez y la tarde,
que no tuvieron tiempo de decidir la suerte
de los objetos
y a última hora hubo que deshabitar la casa,
abandonar la felicidad de antes
y partir sin despedirse de la cocinera.
Los compradores de muebles viejos
borran el polvo,
cualquier mancha de aceite sobre la superficie
y hasta inventan una historia feliz
para el nuevo dueño:
“Aquí se sentada el Rey Midas”.
“En esta cama nació María Antonieta”.
Pero las huellas del antiguo cuerpo
no desaparecen nunca,
ni la fatalidad, ni la soberbia
y el nuevo propietario comienza a pensar
que él es el otro,
que todo lo que toca se convierte en sal y agua,
que su mujer ha perdido la cabeza
y que ya no hay modo de no morir como los otros.

 

 

MANIQUÍ

La envidio,
ella usa un vestido de dos piezas de Chanel,
una cartera de Gucci,
unos zapatos de Ferragamo.
La boca ríe con rojo de Estée Lauder
y Elizabeth Arden le delinea los ojos desafiantes.
De Ralph Lauren es el tatuaje de la piel,
y de Geoffrey Beene, las piernas.
Huela a Paloma Picasso, a agua de coco y a verbena,
no usa sostén,
pero el bikini es un diseño de Valentino.
Para el sol, cristales oscuros de la Loren.
Y a la hora de la verdad
nada como su Rolex con brillantes.
Ah, el alma le fue cortada y cosida en la casa Dior
sobre hermosos brocados persas.
Si no me quisiera tanto a mí misma
me gustaría ser ella,
la dama fea del perrito.

 

 

ESTÁN HACIENDO UNA MUCHACHA PARA LA ÉPOCA 

Están haciendo una muchacha para la época,
con mucha cal y unas pocas herramientas,
alambres, cabelleras postizas,
senos de algodón y armazón de madera.
El rostro tendrá la inocencia de Ofelia
y las manos, el rito de una Helena de Troya,
hablará tres idiomas
y será diestra en el arco, en el tiro y la flecha.
Están haciendo una muchacha para la época,
entendida en política
y casi en filosofía,
alguien que no tartamudee,
ni tenga necesidad de espejuelos,
que llene los requisitos de una aeromoza,
lea a diario la prensa
y, por supuesto, libere su sexo
sin dar un mal paso con un hombre.

En fin, si no hay nuevas disposiciones,
así saldrá del horno
esta muchacha hecha para la época.

 

LA PATRIA DE MI MADRE

Mi madre decía siempre
que la patria era cualquier sitio,
preferiblemente el sitio de la muerte.
Por eso compró la tierra más árida
y el paisaje más triste
y la yerba más seca,
y junto al árbol infeliz
comenzó a levantar su patria.
La construía a pedazos
(un día una pared, otro día el techo,
y, a ratos, huecos para dejar colar el aire).
Mi casa es mi patria -decía-
y yo la veía cerrar los ojos
como una muchacha llena de ilusión
mientras escogía, de nuevo, a tientas,
el sitio de la muerte.