Poeta del viernes / Claudio Rodríguez

Claudio Rodríguez (Zamora, 1934-Madrid, 1999), poeta español perteneciente a la generación de los cincuenta. Con diecinueve años publicó su primer libro, Don de la ebriedad (1953, Premio Adonais), que asombró por su perfección y por la juventud del autor. Le siguen Conjuros (1958), Alianza y condena (1965, Premio de la Crítica), Poesía 1953-1966 (1971) y El vuelo de la celebración (1976). En 1983 publicó Desde mis poemas, una recopilación que le valió el Premio Nacional de Poesía de ese año;  en 1991, Casi una leyenda, y en 2001 Poesía Completa (1953-1991). Póstumamente apareció una edición facsímil de su última obra, Aventura (2005), inconclusa. En 1987 fue elegido miembro de la Real Academia Española, donde ocupó el sillón I, en sustitución de Gerardo Diego. En 1993 obtuvo el premio Príncipe de Asturias de las Letras y el II Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

 

Don de la ebriedad

I

Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.

Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda
los contiene en su amor? ¡Si ya nos llega
y es pronto aún, ya llega a la redonda
a la manera de los vuelos tuyos
y se cierne, y se aleja y, aún remota,
nada hay tan claro como sus impulsos!

Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra.
Como yo, como todo lo que espera.
Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?

Y, sin embargo —esto es un don—, mi boca
espera, y mi alma espera, y tú me esperas,
ebria persecución, claridad sola
mortal como el abrazo de las hoces,
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.

 

 

Sin adiós 

 

Qué distinto el amor es junto al mar
que en mi tierra nativa, cautiva, a la que siempre
cantaré,
a la orilla del temple de sus ríos,
con su inocencia y su clarividencia,
con esa compañía que estremece,
viendo caer la verdadera lágrima
del cielo
cuando la noche es larga
y el alba es clara.

Nunca sé por qué siento
compañero a mi cuerpo, que es augurio y refugio.
Y ahora, frente al mar,
qué urdimbre la del trigo,
la del oleaje,
qué hilatura, qué plena cosecha
encajan, sueldan, curvan
mi amor.

El movimiento curvo de las olas,
por la mañana,
tan distinto al nocturno,
tan semejante al de los sembrados,
se va entrando en
el rumor misterioso de tu cuerpo,
hoy que hay mareas vivas
y el amor está gris perla, casi mate,
como el color del álamo en octubre.

El soñar es sencillo, pero no el contemplar.
Y ahora, al amanecer, cuando conviene
saber y obrar,
cómo suena contigo esta desnuda costa.

Cuando el amor y el mar
son una sola marejada, sin que el viento nordeste
pueda romper este recogimiento,
esta semilla sobrecogedora,
esta tierra, este agua
aquí, en el puerto,
donde ya no hay adiós, sino ancla pura.

 

 

Espuma

 

Miro la espuma, su delicadeza
que es tan distinta a la de la ceniza.
Como quien mira una sonrisa, aquella
por la que da su vida y le es fatiga
y amparo, miro ahora la modesta
espuma. Es el momento bronco y bello
del uso, el roce, el acto de la entrega
creándola. El dolor encarcelado
del mar, se salva en fibra tan ligera;
bajo la quilla, frente al dique, donde
existe amor surcado, como en tierra
la flor, nace la espuma. Y es en ella
donde rompe la muerte, en su madeja
donde el mar cobra ser, como en la cima
de su pasión el hombre es hombre, fuera
de otros negocios: en su leche viva.
A este pretil, brocal de la materia
que es manantial, no desembocadura,
me asomo ahora, cuando la marea
sube, y allí naufrago, allí me ahogo
muy silenciosamente, con entera
aceptación, ileso, renovado
en las espumas imperecederas.

 

Un viento

 

Dejad que el viento me traspase el cuerpo
y lo ilumine. Viento sur, salino,
muy soleado y muy recién lavado
de intimidad y redención, y de
impaciencia. Entra, entra en mi lumbre,
ábreme ese camino
nunca sabido: el de la claridad.
Suena con sed de espacio,
viento de junio, tan intenso y libre
que la respiración, que ahora es deseo
me salve. Ven
conocimiento mío, a través de
tanta materia deslumbrada por tu honda
gracia.
Cuán a fondo me asaltas y me enseñas
a vivir, a olvidar,
tú, con tu clara música.
Y cómo alzas mi vida
muy silenciosamente,
muy de mañana y amorosamente
con esa puerta luminosa y cierta
que se me abre serena
porque contigo no me importa nunca
que algo me nuble el alma.

 

Cielo

 

AHORA necesito más que nunca

mirar al cielo. Ya sin fe y sin nadie,

tras este seco mediodía, alzo

los ojos. Y es la misma verdad de antes

aunque el testigo sea distinto. Riesgos

de una aventura sin leyendas ni ángeles,

ni siquiera ese azul que hay en mi patria.

Vale dinero respirar el aire,

alzar los ojos, ver sin recompensa,

aceptar una gracia que no cabe
en los sentidos pero les da nueva
salud, los aligera y puebla. Vale

por mi amor este don, esta hermosura

que no merezco ni merece nadie.

Hoy necesito el cielo más que nunca.

No que me salve, sí que me acompañe.