John Ashbery fue uno de los grandes poetas del siglo XX. Fue ganador del premio Pulitzer, el premio a jóvenes poetas de Yale, el Griffin International Award, y el MacArthur “Genius” Grant, entre otros. Su poesía está siempre en el límite del lenguaje, mientras mantiene un ritmo punzante. Entre sus libros más importantes se encuentran: Some Trees (1956), The Double Dream of Spring (1970), Self-Portrait in a Convex Mirror (1975) y Girls on the Run (1999).  

Un humor de tranquila belleza

La luz de la tarde era como miel entre los árboles
cuando me dejaste y caminaste hasta el final de la calle
donde terminaba abruptamente el crepúsculo.
El puente levadizo, similar a un pastel de boda, descendió
hasta la tímida flor del nomeolvides.
Tú subiste a bordo.
Ardientes horizontes pavimentados de pronto con piedras de oro,
sueños que tuve, incluyendo el suicidio,
soplan el globo de aire caliente y lo alejan.
Está reventando, está a punto de reventar
con algo invisible
justo durante estos días.
Nosotros escuchamos, y a veces oímos,
algo que se acerca

y hacemos que la sangre descienda, y cosas así.
Los museos se tornaron entonces generosos, y vivieron en nuestro aliento.

 

 

Poema sinfónico

Ya no es de noche. Pero hay una semejanza

de intención, de todos modos, en las formas

en que nos dirigimos a ella, hosco

color de qué mundo tan asombroso,

al apagarse o desaparecer, y esto

es una maravilla, creemos, y nos cuidamos de no pasar de largo.

 

Pero lo que todos estamos viendo es lo mismo,

nuestro mundo. Ve tras él,

cógelo, chico, dice el hombre del bastón.

Come, dice el hambriento, y otra vez nos sumergimos a ciegas

en la recámara que hay detrás del pensamiento.

Lo oímos, incluso lo pensamos, pero no podemos zafarnos de la mente.

Aquí en la mano tengo el billete ganador. Aquí mismo.

Pero todo vuelve a ser del mismo color, como si el clima

tiñera las cosas del mismo colorido. Es más práctico,

pero el paisaje, esas carteleras, envejece tan rápido como antes.

 

 

Verano

Ahí está ese sonido como viento
Olvidado en las ramas que significan algo
Nadie puede traducir. Y ahí está el aleccionador “más tarde”
Cuando tú consideras lo que una cosa significaba, y lo anotas

Por lo pronto la sombra es abundante
Y difícilmente vista, dividida entre las ramas de un árbol,
Los árboles del bosque, justo como la vida es dividida
Entre tú y yo, y entre todos los demás

Y lo hallándose en etapas siguientes
El periodo de reflexión. Y de repente, estar muriendo
No es ligero o conocido o poca cosa
Solo usado, el calor inaguantable

Y también las pequeñas construcciones tontas sobrecargan
A las fantasías que hicimos: verano, el ovillo de agujas de pino
Los destinos inciertos dados a nuestros actos con sonrisas simbólicas
Llevando a cabo sus instrucciones muy exactamente

-Muy tarde para cancelarlas ahora- , y el invierno, el trinar
De las estrellas frías en el cristal, que describe con amplios gestos
Este estado que no es tan grande después de todo
El verano implica descender como una escalera empinada

Hacia una estrecha cornisa encima del agua. ¿Esto es todo, entonces
Este consuelo metálico, estos tabúes razonables,
O lo que quieres decir cuando lo dejaste? Y el rostro
Se asemeja al tuyo reflejado en el agua

 

 

Pirograbado

Aquí fuera en Cottage Grove eso importa. El viento

galopante se resiste a su sombra. Las carrozas

marchan bajo una atmósfera de roble ahumado.

Aquí América llamando:

el reflejo de un estado a otro,

de una voz a otra en los cables,

la fuerza de los saludos coloquiales como polen

dorado que se hunde en la brisa de la tarde.

En escaleras de servicio crece la dulce corrupción;

la página del crepúsculo se vuelve como una chirriante plataforma giratoria en Warren, Ohio.

 

Si esto es tal como es, vámonos,

ellos acuerdan, y enseguida comienza el lento viaje en furgón,

acelerando paulatinamente hasta que los ventiladores de los barrios,

que cubren la oscuridad de las ciudades, se recuerdan

sólo como un tic repetitivo. Y a mitad de camino

nos topamos con los decepcionados, los que regresan, sin su

capacidad de detenernos bajo la noche impetuosa

en nuestro viaje hacia la nada de la costa. En Bolinas

las casas dormitan y parecen preguntarse por qué a través de

la niebla del Pacífico, y los sueños brillan y se oscurecen alternativamente.

¿Por qué quedarse aquí, igual que las cometas, dando vueltas,

resbalando en una rampa de aire, pero siempre dando vueltas?

 

Pero la variable nubosidad está derramando sus lluvias

y te vuelve a inundar como el significado de un chiste.

El terreno no era atractivo a primera vista; !o construimos

en parte sobre ruinas falsas, a imagen nuestra:

un arco que termina en media clave, un pilar de piedra para lavanderas

que se desmorona, un teatro al aire libre, nunca terminado

y sólo diseñado en parte. ¿Cómo vamos a habitar

este lugar a! que le falta la cuarta pared constantemente,

como en un escenario o una casa de muñecas, sino permaneciendo como estamos,

de perfil perdido, de cara a las estrellas, con docenas

de proyectos aún no realizados y una sensación estricta

de que el tiempo se acaba, de que la tarde presenta

la factura, discretamente doblada? Y nos acoplamos

a ello con extraña facilidad, nos volvemos transparentes,

casi fantasmas. Un día

las aves y los animales del pasto han absorbido

el color, la densidad de los alrededores,

las hojas están vivas, demasiado cargadas de vida.

 

A esto siguió un largo período de ajuste.

En las grandes ciudades al final de siglo conocieron eso,

pero tuvieron cuidado de no decirlo mientras los repartidores de hielo y los de leche

desaparecían por los edificios y el cartero hacía gritando

su recorrido diario. Los niños que estaban bajo los árboles conocían eso,

pero todos los padres que regresaban a casa en tranvía

después de un día grato en la oficina lo arruinaron:

el clima todavía era floral y todo el papel de las paredes

de un millón de hogares esparcidos por aquella tierra conspiraron para esconderlo.

Un día pensamos en muebles pintados, en cómo

cambian ligeramente el aspecto de la habitación

y del patio de fuera y cómo, si fuéramos a poder escribir

la historia de nuestro tiempo, empezando por hoy,

sería necesario modelar todos estos pequeños detalles

para poder incluirlos; de otra manera, la narración tendría

ese aspecto mate de papel de lija que el cielo adquiere

en el medio oeste hacia el final del verano,

el aspecto de querer volverse atrás antes de que la disputa

se haya resuelto y a la vez salvar las apariencias

para que el mañana sea puro. Por tanto, ya que tenemos que dedicarnos a lo nuestro

a pesar de las cosas, ¿por qué no hacerlo a pesar de todo?

De esa manera quizá los tenues lagos y pantanos

del campo interior quedarán conectados al circuito

y no sólo los sucesos principales sino toda la increíble

masa de las cosas que están sucediendo simultáneamente y emparejándose,

canalizándose a sí mismas en la historia, se desenvolverán

con el mismo esmero y desenfado que una conversación en el cuarto de al lado,

y la pureza de hoy nos cubrirá como una brisa,

sólo que dura, escasa, irónica: algo a lo que se puede

saludar con el sombrero y de lo que aún se puede conseguir provecho.

 

El desfile está entrando en nuestra calle.

Mis estrellas, los pulidos uniformes y los rasgos

prismáticos de este instante pertenecen a este lugar. El terreno

se aparta bruscamente de las brillantes y mágicas ciudades costeras

hacia el ya mencionado lugar de encuentro con agosto y diciembre.

La corazonada es que será siempre de esta manera,

la apariencia, la forma en que las cosas te asustaron por primera vez

bajo la luz de la noche y después resultaron ser,

aunque todavía capaces, sin embargo, de una estrecha fidelidad

a lo que tú y ellos quisisteis convertiros:

ningún suspiro como música rusa, sólo un vasto desenredo

hacia las confluencias y la oscuridad de más allá,

hacia estos campos pelados, construidos a expensas del presente.

 

 

Vaucanson

Mientras escribía, nevaba.

Se sintió sosegado y singular en la habitación gris.

pero, claro, nunca nadie se fía de estos humores.

Aquello tenía que tener entendimiento.

Pero, ¿por qué? De todos modos, sucede siempre,

y ¿quién se apunta el tanto? Seguramente

no aquello que se comprende,

y nos empequeñece saberlo

como saben los árboles de la tormenta

hasta que pasa y vuelve la luz a caer

desigualmente sobre toda la susurrante parentela:

las cosas con las cosas, las personas con los objetos,

las ideas con las personas o con las ideas.

Duele esta voluntad de proporcionarle a la vida

dimensiones, cuando la vida consiste precisamente en esas

dimensiones.

Somos criaturas, así que caminamos y hablamos

y la gente se nos acerca, o nos escucha

y luego se va.

La música llena los espacios

en los que se estiran las figuras hacia los bordes,

y puede solamente decir algo.

Los tendones se relajan entonces,

la conciencia empieza a albergar buenos pensamientos.

Ah, tiene que ser bueno este sol:

calienta de nuevo,

hace el número, completa su trilogía.

La vida debe de estar ahí detrás. La escondiste

para que nadie la encontrase

y ahora no recuerdas dónde.

Pero si volviera uno a inventarse la infancia

sería casi como volverse una reliquia viva

para librar a esta cosa, librarla del rubor

por el procedimiento de bajar el telón,

y durante unos segundos nadie se daría cuenta.

El final parecería perfecto.

Nada de consternación,

ni sueño trágico alguno del que despertarse sobresaltado

con un ataque de culpa apasionada, sólo la cálida luz del sol

que se desliza con facilidad por los hombros

hasta el corazón blando, derretido.