Poeta, ensayista y crítico español nacido en Alcoy, Alicante, en 1904. Estudió Derecho y Filosofía y Letras en Valencia. Publicó sus primeras obras en prosa en 1927,  y luego, gracias a su amistad con García Lorca, Cernuda, Jiménez y Chacel, entre otros, se puso en contacto con la poesía. Publicó sus primeros poemas en 1936 convirtiendo su casa en el centro de los intelectuales republicanos.  Su dolorosa experiencia en la guerra civil lo aleja de su tendencia vanguardista, convirtiéndolo en un poeta  reflexivo e intimista.  Publicó varias obras, entre las que  se cuentan «El existir medita su corriente» en 1949 y «Concertar es amor» en 1951.  La década del setenta marcó su consagración definitiva, con obras tan importantes como su autobiografía en prosa,  «Crónica general», «Fuentes de la constancia», «Las ilusiones», «Heraclés» en 1975, «Memorabilia» en 1975,  «A los presocráticos» en 1976, y una nueva edición de «Breviarium vitae» en 1979. Falleció en 1994.

juan-gil

Los muchachos

Homenaje a Porfirio Barba-Jacob

 

Me veo precisado a repetirlo

una vez más: mis solos compañeros

de ruta y lecho: jóvenes que fuisteis

mi tentación más firme y el encanto

de mi flaqueza. Debo repetirlo

por última verdad: os amé a todos

cual si fuerais el mismo y el distinto

que cada vez mostrábase a la vista

como un primaveral brotar de nuevo:

fuisteis David, Tobeyo, Albano, Cinthio,

y aquél que no durmió nunca en mis brazos

pero supo decirme como nadie

que me quería. Espectros redentores

de mi corporeidad, númenes vivos

de mi pasión, tormentas fugitivas

de mi buen tiempo. Chicos azarosos

que con vuestras muchachas e inquietudes

cumplíais vuestro sino dando el pecho

a toda adversidad y pregonando

la frágil dicha, el sueño interrumpido,

lo duro que es vivir aun siendo joven

y la mucha energía que se gasta

en tratos baladíes. Pero entonces,

como quien oye a Dios o algún maestro

que suele aparentar su misma calma,

veníais a buscar en mi clemencia

el resplandor difuso de mi sombra

rodeada de sol como un gran árbol

que nos acoge en sí y que nos preserva

de no sabemos qué, muchachos míos,

de no sabemos qué. ¡Qué más quisiera

que haberos preservado eternamente

de vuestra soledad originaria,

de vuestro desconcierto! Nunca pude

sino disimular mi limitada

zona de luz, lo poco que tenía,

para que sustentáramos unidos

esta gravitación de la existencia.

Pero os he sido fiel y eso me salva.

Estaban bien dispuestos los altares

en los que colocaba cada noche

vuestra imagen triunfal con su avecilla

de temblorosa luz. y aun cuando a veces

la soledad rociaba con ausencias

mi corazón, presagios eran siempre

de una nueva deidad que se avecina,

y pronto dibujábase en la mente

un inédito rostro que aportaba

con el sueño pasado la extrañeza

de un nuevo amanecer: constancias mías

de la cambiante forma que me disteis.

Así quiero que conste en mis palabras

lo que es verdad y nadie desvaríe

cuando quiere emplear la suficiencia

y hablar de lo que ignora. Sólo sabe

quién es quien se hace dueño de sí mismo.

Yo soy quien os amó. Vosotros fuisteis

los órganos florales de mi suerte.

y ahora que ya no estoy sobre la tierra

y que en hombres vosotros convertidos

añoráis algún día la fragancia

de lo que se extinguió, sabedme siempre, I

dispuesto a recrear no importa dónde, !

no importa con qué nuevo compañero,

la evanescente forma prohibida,

este inútil contacto perdurable

que fue mi meta.

 

 

Sobre unos lirios

(Apuntes)

I
Mancebos como príncipes,
os habéis alejado del jardín
y crecéis en mi alma,
en algún oculto declive.

Morados y blancos, malvas y amarillos
son los colores de vuestras vestiduras,
y espolvoreados de plata
desafiais al tiempo.

Cuando sopla la brisa
de mi corazón enamorado,
sonreís lentamente
como si recordarais.

II
Os llevaba conmigo,
como un manojo de príncipes
que rodean al maestro
en el ejercicio de la mañana.

Luego engalanabais
mi mísera vivienda,
pero vuestros verdes espadines
me recordaban nuestra distancia.

III
Os amo,
flores lejanas,
jóvenes reyes
del monte misterioso.

Comprendo que hayáis huido
del jardín y su gente;
nada atrae allí
a vuestra altiva sencillez.

Entre estas cuatro paredes,
¿os resultaré un triste inoportuno?
Y sin embargo vuestro dulce aroma
me llega como la respiración de un amigo.

IV
Desde muchos años,
nadie había sabido acompañarme
con esta gentileza
que me cautiva.

Cautivadores sois,
inexpresables,
y vuestra presencia ha sido en estos días
como el sueño de mi juventud.

Cuando la pálida púrpura
del capullo se aje,
¿qué imagen entristecedora
os llevaréis de mí?

V
Os puse junto al recuerdo
de una jovencilla desaparecida,
porque me gusta rodearme
de seres que no dañan al amor.

Quizás entre ella y vosotros
hay un diálogo inefable
que yo nunca entendería,
porque soy un hombre.

 

Arquetipos

Los jóvenes no son lo que parecen
niños se harán hombres, luego padres,
luego viejos. Los jóvenes dorados
son otra cosa, seres invencibles
que atraviesan la vida con la espada
desenvainada. Un halo los circunda
como si el sol sus hijos señalando
una marca dejara principesca
sobre la frente. A veces como Standard,
vestidos de mecánico, de obrero,
o al borde de un camino con su ropa
de vendimiante, nada les impide
resplandecer cual seres que de paso
fulguran una etapa irrepetible
de la existencia. Leves como sombras
apenas si dan tiempo a que los mire
quien los descubre y llena siente el alma
de una vieja pasión que no se puede
traducir sin que aquél que nos escucha
iracundo fulmine o compadezca.