Luis Carlos Ramírez Lascarro (Guamal, Magdalena, 1984 –   ), poeta y técnico de telecomunicaciones. Radicado actualmente en Valledupar. Sus poemas han sido incluidos en varias antologías nacionales e internacionales y es colaborador frecuente de medios digitales. Autor de los libros El Guamalero: textos de un robavión y Confidencia: poemas de dolor y de muerte.

 A un amor intermitente

Algunas de las pocas cosas que poseo he guardado todo este tiempo para ti:

el peso indecente de las palabras no dichas aún,

una cajuela sin fondo para las lágrimas que no has querido llorar ante mí,

el rocío de las noches que nos unían en la distancia y un poco más allá,

la polvareda de las calles en que nos conocimos y no hemos vuelto a caminar juntos,

la acera donde dormiste sobre mis piernas y te deseé por primera vez y para siempre,

los cantos de la hamaca donde meciste mis desvelos en tu habitación,

el ruidito de tus tripas ansiosas al escucharme y…

 

¡para qué, total, pregunto, si no somos ya los mismos!

una pálida sombra, no más, un despojo, quizá un vago recuerdo de los de antes…

¿Cómo decirte al encontrarnos, de nuevo,

el temblor de mis pensamientos con tanta ansia,

con tanto llanto acallado y vuelto a renacer del olvido?

 

¡Arde y deshaz esta oscura soledad de tanto tiempo!

 

En ti adoro aquello que nunca ha sido mío del todo:

el hilo de sal que sazona tu vientre cuando juegas con tu hija,

los colores impacientes de las bufandas con las que te defiendes del frio,

tu cadera dolorida por aquél accidente infantil constreñida por ese corsé demoniaco,

ese maquillaje mañoso que oculta el cansancio y la pena de tus ojos desamparados,

el estremecimiento, el suspiro que abortas al sentir mi voz cerca a tu oído,

el oscilar de tus téticas de limón y de tus labios carnosos y violentos,

¡el agua tibia de tus pliegues secretos y esa voz ronca que tienes al despertar!

El amor sosegado al que se han acostumbrado nuestros cuerpos en la lejanía,

en todos estos años de rumbos distintos y vidas accidentadas,

de otras bocas y otras piernas y otros sexos y otras tristezas y otros miedos,

de señas indelebles, abrazos imposibles y carcajadas inolvidables.

De silencios fructíferos acompasando el anhelo de volver a encontrarnos.

De la complicidad que besa y pasa, que gime y nos troca en un solo latir,

del fuego apacible, la generosa entrega, cada hilacha de vida que aún nos queda,

cada gota de sangre, cada piedra de amor y bendición donde nos acodamos.

 

Huelo el miedo feroz, ese reguero de huellas, ese mapa de ansias,

esas marcas que el tiempo ha venido dejándote,

esa nueva ruta que debo seguir redescubriéndote en esta intersección… ¿definitiva?

esa palabra, ese conjuro a la desolación, ese, tu cuerpo desnudo y deseado. Deseado.

La savia, el sudor, la saliva, el semen y la caligrafía renovada de tus huesos.

 

Atesoro en el cansado rumor de mis sueños, en el territorio unificado de las entrañas,

en mi anatomía encendida, calcinada y revivida por la tuya,

tu rastro, rumor y destello de sangre: alimento, veneno, sostén y abandono.

 

Todo. Nada. Y un poco más, un poco más…

Algunas de las pocas cosas que poseo, he guardado todo este tiempo para ti:

 

 

Mi mochila y mis abarcas

Sacudo mis sueños

y me los calzo en un par de abarcas que nunca me abandonan:

Las cuerdas de mis abarcas son de cuero de vaca vieja, casi siempre,

porque es más duro. Algunas veces de chivo.

El cuero de chivo es más suave y fino,

por eso los tambores de cuero de chivo suenan y se dejan tocar mejor.

Raramente mis abarcas son tejidas en hilo o nylon,

los mismos materiales con que mamá hace mis mochilas,

sin olvidar la tersa lana.

Con lana se hacen las mochilas estrato alto: Abarcas Gourmet,

las de los desencartes presidenciales.

La suela de mis abarcas es de llanta desahuciada de carro: Resistentes y poderosas.

Solamente calzo abarcas con suela de algún tipo de espuma cuando son bordadas:

Las más cachesudas.

 

Mi mochila, la que mamá bordó con mi nombre a blanco y negro,

conserva el olor de la ropa guardada en el baúl de mi abuela,

también el aroma de las flores y los frutos

de los jardines interiores de las casas de mis mayores.

Mis abarcas llevan sueños, anhelos, incontables esperanzas,

bregando protegerles de los ataque abortivos,

marcan el compás del himno de la desobediencia,

la llave de las puertas secretas de los dioses.

 

Hay tanto amor, tanto deseo realizado, en estas compañeras mías:

En una tarde de espumas de águila, bien fría,

y olas de mar en Santa Marta,

en salsear toda la sexta con Poncho Sánchez y Palmieri hasta Chipi Chape,

en un moka o un capuccino, espumosamente fragantes en Filandia o Montenegro,

en levantarse, sobre la agotada cal de las murallas, y contemplar

la danza de arreboles en el crepúsculo sobre la bahía Cartagenera,

en las hilachas de luz, los besitos de sol, que susurran

canciones de amor a las cayenas y trinitarias de la Plaza de la paz en la arenosa,

en las caderas de fuego, las espermas chisporroteantes,

bailando cumbia o fandango bajo la luna llena decembrina.

 

Con mis abarcas y mi mochila he enterrado a todos mis muertos:

En mi mochila guardé todo lo que les he escrito y he cantado.

¡Todo!

 

Y mis abarcas, mis abarcas, muchas veces me han mantenido a salvo:

son mi lápizespada, a veces mi lapiztola,

lo único que tengo para defenderme y desnudarme,

cuando la lengua no me alcanza.

Estas, y mis libros, son las cosas que más amo:

Mis abarcas y mi mochila.

Nunca me siento más yo que cuando me las ciño:

¡Incluso en bolas! Sobre todo en bolas.

Han vivido conmigo media vida, siempre,

espero vivan conmigo toda la muerte…

 

 

Chobe

Los que mueren por la vida,

no merecen ser llamados muertos

Alí Primera

Este hombre, tan alto,

atesora la bondad en sus bolsillos.

Tiene la misma altura

de pescadores y labriegos al despuntar el alba:

No sabe de artilugios ni componendas,

ni de comercios con esperanzas ajenas.

Este hombre es recto, vertical, límpido, insobornable:

Sana, consuela, guía con dicha y ternura a flor de sonrisas…

 

Este hombre, sol de mediodía,

– a su altura casi todas las alas se derriten –

tierno y valeroso, delicado y brillante,

libera una densa corriente de miel

del río caudaloso de las ideas,

colma de luz, suaviza,

el corazón retumbante de sus paisanos.

 

Este hombre…

Héroe fue, luchando, sin fusil y sin espada,

en el campo del trabajo, no en el campo de batalla,

y, donde quiera que viva, vivirá un poco de nosotros,

¡bajo la sombra, al pie, de su frondosa altura!

 

 

El gimnasio del sica

Yo no sé si el tipo es bueno o malo…

Rubén Blades

¿Habrás sopesado alguna vez las consecuencias de tus actos sicariales?

¿Habrás calculado alguna vez el alcance de tu terrorífico aliento,

                                   /de tus dientes de hiel y acero y tu ponzoña de rémora?

 

¿Qué he de saber de ti embajador plenipotenciario de la infamia,

            canciller absoluto del miedo y el olvido, mandadero estúpido de la muerte?

Nada, ni siquiera el sonido hueco de tu nombre…

 

No has sido más que un títere y, posiblemente, otra víctima más:

De tus jefes, tu hambre, tus vicios, tus miedos, de ti mismo,

sobre todo de ti mismo, animal solitario y perverso: antisocial.

 

Uno de estos días,

sin –quizá – haber tenido tiempo de pensarlo y llegar a advertirlo,

el ángel de la muerte tocará a tu puerta

o palmeara tu hombro,

antes, justo antes de asestarte su beso irrevocable y definitivo.

 

La herida sangrante, la úlcera escuecente,

la ilusión perdida, robada…

la orfandad sin cuento: eso eres.           

¿Sientes miedo, descansas, acaso, con ese sin número de últimas miradas:

detenidas, suspendidas, fijas en tus ojos…

con la súplica que –quizá– nunca has oído más por miedo que por impiedad?

 

Te he sentido correr desde antes de apretar el gatillo

y te dispongas a iniciar, de nuevo, tu rutina de gimnasia para ser humano:

cosa imposible y que añoras cada mañana frente a tu espejo,

cada que matas y mueres, un poco, en ese abaleado.

 

Retumba, finalmente, tu vanidad de mercenario por tus dedoscañones de mierda.

Huyes.

 

Sé que estás ahí, que llevas horas – días –  minutos,

que perdiste la noción del tiempo, ejercitándote,

buscando adquirir por fin un rostro…

 

Estás ahí frente a tu espejo, reconociéndote,

tratando de encontrarte,

de recuperar la inocencia perdida del niño que aún no has dejado de ser, del todo,

rumiando tu veneno

y espantándote del rostro se parece al que desearías tener.

 

 

No te reconoces en el desfile de rostros, superpuestos, asesinados por ti.

 

Tu rutina no es simple: para empezar, estás solo.

Ni aún a tus armas osas confiarte.

 

Te le adelantas al sol e inicias tu fase calentamiento a tientas:

Metes la cabeza en un molde de hierro candente

(y por más que insistes en la fragua, no logras darle forma).

Ilusionado con apartar de ella tus recuerdos,

fustigas tu cabeza con una almohadilla repleta de piedras,

golpeas una bolsa invisible donde has ido metiendo tus recuerdos,

(esos que quisieras no volver a acordarte)

y das mil saltos a una cuerda que es de alambre de púas.

Te clavas electrodos

pretendiendo hacer latir de nuevo la inocencia que has extraviado:

descargas tu soledad, tu angustia, tu miseria.

 

Empapado en los fétidos aceites del miedo haces raras contorsiones,

sofriéndote en el resbaloso infierno de tu cuartucho.

Tu sudor te aturde y embota

(siempre huele a sangre ajena)

y rehúsas acostarte en tu camilla de clavos y brasas.

Los vidrios de la hamaca que guindas atravesando tu estancia

reflejan los mil ojos que has conducido a la muerte.

 

¿Huir, de nuevo, de quién, a dónde?

Corres millas y millas en una estera puntiaguda que no lleva a ninguna parte.

 

Te has estirado tanto que casi llegas a la puerta y, aún,

deseas poder sobrepasarle para asegurarte el perímetro,

cerciorarte de que nadie ha podido seguirte y encontrar tu madriguera,

pero no puedes salir, no por ahora. Carcelero. Presidiario.

 

Te puede más el olor a sangre y a pólvora que mana de tus poros

y sigues al baño a sumergirte en una alberca de cerveza y orines.

 

Te cagas.

Lo sabes.

 

Alguien puede estar allá afuera esperándote…

 

 

En los sardineles de mi ciudad

Este país se escandaliza porque uno dice hijueputa en televisión,

pero no cuando hay niños limpiando vidrios y pidiendo limosna.

Jaime Garzón Forero

En los sardineles de mi ciudad adoptiva,

muchos niños, en las mañanitas,

inician el juego de ayudarle a sus padres a sobrevivir…

algunos portan pancartas anunciando sus miserias heredadas;

o limpian vidrios indiferentes en las pausas de los semáforos,

o pregonan menjurjes contra todo mal, menos su desamparo,

o adivinan todas las suertes y conjuran las desgracias ajenas.

 

Otros danzan al zum – zum de las moscas escarbando en un basurero,

o persiguen a los transeúntes afanosos buscando captar su lástima,

o ruegan por una migaja embadurnada de desprecio.

 

Otros desnudan en el asfalto las semillas del miedo y la rabia,

iniciando la correntilla del hambre sin ilusión de pararla,

otros aprenden a tejer sus dolores en el regazo percudido del desarraigo.

 

Y las madres revientan sus miradas en la impotencia.

Cerca, muy cerca, algunos padres sobrevivientes,

en la frontera de la calma y el desespero

aprietan dientes aguardando una esperanza siempre aplazada.