Fue un escritor y erudito británico (Wimbledon, Londres, 24 de julio de 1895 – Deyá, 7 de diciembre de 1985). Durante la Primera Guerra Mundial, fue enviado al frente del cuerpo de fusileros, lo que lo marcó profundamente. Fue profesor de la Universidad del Cairo, fundador de la editorial Seizin Press y profesor de poesía en la Universidad de Oxford. Entre sus obras se encuentran, en poesía: Hadas y fusileros (1917) y Poemas completos (1959); en narrativa: Yo, Claudio (1934), Claudio, el dios, y su esposa Mesalina (1943), El vellocino de oro (1944), La hija de Homero (1955), entre otros; algunos ensayos: La diosa blanca ( 1948), Los mitos griegos (1968).

 

El amor perdido
 Sus ojos se aceleran así con el dolor,
Él puede ver una hoja o la hierba
Crecer a cada instante; él puede
Ver claramente a través de una pared de piedra
O ver el espíritu sobresaltado huir
De la garganta de un hombre muerto.
A través de dos condados él puede oír
Y captura tus palabras antes de que hables.
A la cochinilla o los gritos de los anillos del débil gusano
en su oído triste,
Y el ruido tan leve que superaría
La creencia del sonido de la hierba bebiendo,
La discusión del gusano, el sonido de las mandíbulas de la polilla
Provocando agujeros en la tela;
El gemido de las hormigas que llevan a cabo
Cargas gigantescas por el honor
(El crujido de sus tendones, su respiración que llega delgada);
El zumbido de las arañas cuando giran,
Y al minuto, el susurro, hablando entre dientes, el suspiró
De la inactividad de gusanos y moscas.
Este hombre se acelera así con el dolor,
Vaga como un dios o como ladrón
Dentro y por fuera, por debajo, por encima,
Sin el alivio de quien busca el amor perdido.
 
 
El beso

 

Estás golpeado, estás agitado
Por un susurro de amor,
Hechizado en una palabra
¿El tiempo deja de avanzar,
Hasta que la calma de sus ojos grises
Se expanda al cielo
Y las nubes de su pelo
Al igual que tormentas pasen?

 
Luego, los labios que has besado
Se tornan helados y enardecen,
Y una niebla blanca humeante
Oscurece el deseo:
Así que de vuelta a su nacimiento
Se desvanece, el agua, el aire, la tierra,
Y se mueve el primer poder
Sobre el vacío y la escasez. ¿Es eso amor? No, sino la Muerte,
Una pasión, un grito,
La profundidad en la inhalación,
La respiración rugiendo,
Y una vez que ha volado,
Debes permanecer solo,
Sin esperanza, sin vida,
Pobre carne, tristes huesos.
 
 

La rosa

¿Cuándo fue que juramos amarnos para siempre?
¿Cuándo este universo pudo por fin ser?
Las dos preguntas son una.

Tráeme una rosa de tu rosal
para bendecir esta noche y concederme sueño honesto:
sueño, no olvido.

 
 
 

Colofón

Trabajosamente cierro este libro…
sus últimas páginas, con la mirada orgullosa
de la intemporalidad que tu amor les otorga,
sólo piden un simple colofón
(rosa, llave o cayado)
para declararlo tuyo,
pues fue tu venida su hacedora y tu beso su final.

 

El jarrón Hung Wu 

Con mujeres como Marie no hay reglas que valgan.

¿De dónde sacan su desvergüenza? ¿Cómo pueden hacerlo?

Salió con furia, golpeando la puerta con fuerza tal
que un jarrón, en el estante dorado de arriba -tú lo viste,
botín del Palacio de Verano de Pekín
que valía por todos los bienes de mi apartamento-
se bamboleó y cayó…

Yo me serví un trago de ginebra,
apurándolo de un golpe. “Qué le íbamos a hacer?”

Otra vez la campana… Marie entró serena,
observó sobre la alfombra los pedazos de porcelana roja,
miró hacia arriba, otra vez hacia abajo, condescendiente,
y luego, deslizándose a mi lado para recoger un guante
(su pobre excusa por esa visita inoportuna)
susurró: “Y una cosa que olvidé mencionar:
¡tu jarrón Hung Wu era tan falso como tu amor!”

¿Cómo pueden hacerlo? ¿De dónde sacan su desvergüenza?

 
 

La vara

Estas lágrimas que inundan mis ojos, ¿son de dolor
o de consuelo?, ¿para acabar con otros amores,
para abstenerse de la insensatez pueril?

Nos ha tocado ser ejemplares
de un amor tan alejado de la galantería
que ahora rara vez nos encontramos en un cuarto apartado
o nos damos el beso de las buenas noches o cenamos juntos,
a menos que sea en compañía casual.

Pues mientras caminamos por el mismo paraíso verde
y confianzudamente empuñamos la misma vara verde
—que aún restaura las esperanzas marchitas de gente
mucho más afligida que nosotros—,
¿cómo podemos temer al lago inmenso y sin fondo
de pura infamia, hundido bajo nosotros,
ahí donde eclosionan los huevos del odio?