Poemas de Adiela Ríos Giraldo. Poeta y pintora que Actualmente vive en La Virginia Risaralda, donde canta y pinta en los caminos del sol. Los poemas presentados hacen parte del libro inédito: “Los caminos del sol.”

 

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Patio sin luna

 

En el patio sin luna de mi casa,

cantaba una tortuga perdida en el tiempo.

Atraído por su melodía, niño extraviado,

me senté en la roca de la vida.

Los secretos de las sotanas mostraban espadas,

decapitaban barro, lapidaban huesos.

Comprendí el sueño de los hombres dormidos bajo el polvo de la resignación, reclamando justicia en gritos de gargantas sin aire.

Desde antes de nacer sabía que mi casa no era mi casa.

Y la tortuga…una lágrima seca.

  

 

 

En mis ojos se guardó el árbol

 

Era el árbol del viento y de los espejos, entre su follaje,

una mañana, una noche, un ayer, me sorprendió el insomnio de las armas,

su viaje a través de cerebros sin desangre;

su aliento de escorpión atravesando sentimientos sin despertar vertebras,

sofocando sin piedad todo sueño que quiera alzarse más allá de su sombra.

Un ayer, una noche, un hoy, nada ha cambiado:

Como niños inocentes

cantamos libertad a cambio de un pedazo de pan untado de promesas.

Los ríos corren esperanzados,

mientras los mares acaparan sus aguas para venderlas, gota a gota,

en manojos de oro.

El árbol sin luz es hoy apenas una sombra que se guardó en mis ojos.

 

 

 

Retrato

20 dic. 13

 

El mar es un ala más allá del tiempo

donde camina la arena de la noche, buscando cómo saciar su sed.

Sed de soles apagados en el agua, resplandor de las galaxias.

El tiempo marca las alegrías de la tarde.

Vi en los ojos del mundo derrumbarse una roca, roca que partió en dos

el pétalo de una rosa.

Mi alma tejió con sus pulsaciones los besos que se llevó el olvido.

Vivo temeroso de mis pasos como el rosal teme el despojo de su flor;

pero aún así viviré para contar a los hombres

que hay magia de dioses en los días rotos.

La vida tiene socavones, cicatrices que no borran los días maravillosos.

Veo los vientos avivar el infinito con luces vestidas de aromas.

En las manos de la tierra quedan los ecos de la alegría.

Caminaré hasta encontrar tus emociones

que me llaman desde el día en que te fuiste,

como el aletear de una mariposa.

Con los pies descalzos correré en las nubes hasta derretirlas.

Fundiré los relámpagos en rayos para que destile tu luz a mi luz.

 

 

 

 

Amor en un sueño

 

 10 oct. 13

 

El sueño de mi niño soñaba verla de blanco:

confundida con la frescura de un manantial,

lavándose la cara junto a la libertad de una gota de luz

que besaba los prados de mayo.

Mis ojos se fueron llenando de ella

y por mi boca se deslizó como se desliza  el color en la flor.

En ese momento

apareció el tren de la aurora y en mi risa se desnudó una lágrima.

Fui despertando despacio, despacio, parecía no alcanzar a saborear

mi mágica alegría.

La noche fue un sueño, nada más.

Hoy y mañana será una visión de verla en el camino de mi piel.

Mi corazón vestido de viajero se preparó para el hoy, para el mañana,

en los días y en las noches.

La melodía se hizo guitarra tocando mi cuerpo

en el desnudo de manos ávidas,

como el silencio de la noche en el sueño del niño.

 

 

 

 

Las águilas

 

La tarde va despacio, despacio, llena de hambre y sed,

llena de vientres secos llorando los amores violados.

La muerte viaja en los ojos helados  del cuchillo

y el fantasma de la oscuridad arrastra la desolación de corazón a vida.

La noche los devora.

Allí se oculta otro mundo en silencios blancos.

Allí, sueños paralizados, ilusiones y esperanzas fusiladas,

rosas con olor a espinas y puños de cenizas en la ira paralizada.

El águila sentada en lo alto, orienta sus ojos a los soles,

a la riqueza… a su avaricia.

Lima su pico y sus garras, mientras el barro se retuerce, impotente.

La tarde aún continúa despacio, despacio.