Juan Antonio Corretjer poeta y periodista de Puerto Rico (1908-1985). Fue reconocido por su incansable lucha en pro de la libertad de su país. Su poesía esta influida notablemente por temas sociales y patrióticos. Varios de sus poemas fueron llevados a la música (salsa en especial) por Frank Ferrer, músico borincano.  Entre sus libros más destacados se encuentran Ulises, 1933; Amor de Puerto Rico, 1937; Alabanza en la Torre de Ciales, 1953; y Yerba Bruja, 1957.

 

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Agua en la mano

La peor obra de Dios
un sol hoy, otro mañana.
iQue no llore la campana
si no dobla por los dos!

Vida que es naipe a la suerte
nunca ganó un día de más
y nadie murió jamás
hora antes de su muerte.

iGloria del conquistador
esta última conquista:
robar su nombre a la lista
de la vida y el amor!

 

 

Boricua en la luna

Desde las ondas del mar
que son besos a su orilla,
una mujer de Aguadilla
vino a New York a cantar.
Pero no, solo a llorar
un largo llanto y morir.
De ese llanto yo nací
como la lluvia una fiera.
Y vivo en larga espera
de cobrar lo que perdí.
Por un cielo que se hacía
más feo más volaba
a Nueva York se acercaba
un peón de Las Marías
Con la esperanza, decía,
de un largo día volver.
Pero antes me hizo nacer
Y de tanto trabajar
se quedo sin regresar:
reventó en un taller.

De una lágrima soy hijo
y soy hijo del sudor
y fue mi abuelo el amor
único en mi regocijo
del recuerdo siempre fijo
en aquel cristal del llanto
como quimera en el canto
de un Puerto Rico de ensueño
y yo soy Puertorriqueño,
sin na, pero sin quebranto.

Y el “echón” que me desmienta
que se ande muy derecho
no sea en lo más estrecho
de un zaguán pague la afrenta.
Pues según alguien me cuenta:
dicen que la luna es una
sea del mar o sea montuna.
Y así le grito al villano:
yo sería borincano
aunque naciera en la luna.

 

yerbabruja

 

Guanín

Porque me pusiste al pecho
este guanín relumbrante,
he de andar, el hacha en mano,
y la muerte por delante.

Mano que unciste a mi cuello
el guanín del batallar:
con mi cemí, con mi flecha,
¡conmigo te enterrarán!

 

 

Yerba bruja

Caminando por el monte
vi acercándose una estrella.
Yerba bruja me ató al pie.
Sentí pesada la lengua.

Debajo de los anones
un arco lanzó su flecha
que era rastro luminoso
de cucubano o luciérnaga.

Seguí andando, seguí andando
sin saber rumbo ni senda.

A un clamor de seboruco
llegué al fin.
Froté la muesca
y aspiré el humo sagrado
que hace la boca profeta.

¡Bateyes del Otuao
para la danza guerrera!

Tú gritaste, ¡Manicato!
Y yo, encima de la puerta,
cuando la noche acababa
colgué mi collar de piedra.