Ahora que la urgencia de la memoria pareciera ser la insignia, este libro retrotrae una experiencia vital que por poco más de cinco años significó abrir las puertas de un sitio en donde abundaban la camaradería y las ideas, a la par que escaseaba el dinero.

borges

“Quiero dejar escrita una confesión,

que a un tiempo será íntima y general,

ya que las cosas que le ocurren a un hombre les ocurren a todos”

J.L. Borges

Por: Antonio Molina

Volver a la nostalgia a veces es un suplicio, ese retornar al ámbito donde se recrean los olvidos pasados y presentes, pues también existe una nostalgia del hoy. Vivir en la nostalgia es enfermizo, se sabe y se ha dicho con suficiencia, ¿pero quién sobrevive en la ausencia total de ella?

La literatura, que lo es todo para quien no habita el olvido, es el vehículo mediante el cual la nostalgia se materializa en palabras que construyen frases, frases que devienen en imágenes. Esas mismas que el cine traduce en otra nueva literatura: la literatura del silencio en la oscuridad, pues para ver cine se necesita la oscuridad, mucho más que el silencio. Y esa es la paradoja de esta otra literatura que es el cine como modo de vida: las brumas y la penumbra alientan la posibilidad de ver, de vernos…

No pocos de los amantes del cine y sus realizadores han escrito sobre este arte –en eso los franceses han sido maestros: sus libros son la reflexión pausada sobre el hacer y moldean lo que sus imágenes ya han dicho–. “El cine era mejor que la vida”, escribió alguien en una fallida novela que no tuvo la altura que preveía el título. Pero también “La literatura era mejor que la vida”. En fin, cine y literatura es un matrimonio siempre deseado, enfrentado de cuando en vez a las escaramuzas habituales de toda relación de pareja.

La novela El guionista, en 2014; los cuentos de Películas favoritas, en 2015, y ahora El cine contra las películas, en 2016, conforman un tríptico del vaciamiento, un ejercicio para dejar afuera todo aquello que ha sido madurado durante lustros. Y en eso consiste la labor de Jaime Andrés Ballesteros Aguirre, el hombre parco del Cine Club Borges, la zozobrante experiencia que por más de 20 años ha mantenido un grupo de entusiastas –algunos ya distanciados del proyecto, pero igual siempre recordados–.

borges (1)El cine contra las películas. Recuerdos del último teatro barrial de Pereira parece ser la última gota contenida en la redoma de la nostalgia. Ejercicio fruto de la tesis de maestría en estética hecha por el autor, tiene de entrada ciertas cualidades: la ausencia total del lenguaje seco típico de estos trabajos, además de una enorme carga de alegría y experimentación en la manera de narrar. Atributos estos últimos que parecieran extintos en esos laberintos estrechos que signan la academia en estos tiempos.

No puedo hacer una reseña objetiva de este libro. Tampoco pretenderé ser imparcial. No puedo serlo, pues mucho de lo allí escrito lo viví, al igual que centenares, quizá miles de personas que tuvieron como segundo hogar las instalaciones del Cine Club en la vieja casa de la carrera octava, número 27-47. Allí, en un amplio espacio, Pereira vivió por primera y única vez en su historia la experiencia de gozar un cine barrial que a la vez tenía bar cafetería, sala de exposiciones, librería, confitería y salones de clase para múltiples saberes: cómic, idioma alemán, apreciación cinematográfica y cuanta cosa extraña les ofrecían a estos Quijotes –la denominación más despreciada por cualquier Borgeano, escribe Ballesteros–.

El libro, que cabría denominar como de crónicas, para tranquilizar a aquellos que a estas alturas ruegan por una etiqueta clasificatoria, es un recorrido por la aventura de construir y mantener un espacio para todos a punta de sueños, de deseos y con una generosidad que nunca más he conocido en gestor cultural alguno de esta ciudad: para ver cine en 35 milímetros a veces no había necesidad de tener dinero, bastaba con cruzar una puerta. Tampoco se debía consumir un tinto para sentarse durante largas horas en las rústicas sillas del café bar.

Ahora que la urgencia de la memoria pareciera ser la insignia, este libro retrotrae una experiencia vital que por poco más de cinco años significó abrir las puertas de un sitio en donde abundaban la camaradería y las ideas, a la par que escaseaba el dinero. Un espacio irreal, viéndolo hoy, una década después, pero que sin duda marcó la vida de corazones jóvenes que en la actualidad también sueñan con repetirla, quizá con un poco más de pies en la tierra.

Son 205 páginas de muchas sonrisas, algunas carcajadas y una especie de saudade que se pega al cuerpo como fina película nostálgica adosada a la piel para no dejarnos más. Algo hemos perdido en esta Pereira del siglo 21, luego del cierre de ese lugar en donde se renunció al llanto y por eso finalizó con una explosiva fiesta –otra más de las ya legendarias amanecidas que organizan los Borgeanos–. En fin, no fue una derrota, solo fue el cumplimiento de la sentencia que dicta el final siempre previsible de toda aventura marcada más por la pasión y la generosidad que por el ánimo de lucro.

El nueve de noviembre del 2006, con la proyección de “Princesas”, pareció extinguirse en la oscuridad la luz de este otro Borges, el cierre definitivo de una sede que nos entregó al sueño de haber conocido el edén en la tierra, un país de Jauja que significó el momentáneo retorno al paraíso perdido.