Whiplash: música y obsesión

 

Por: Luis Alfredo Carreño Hinestroza

Whiplash

La música y el séptimo arte se han entrelazado en múltiples oportunidades para narrar historias que exhorten y ejemplifiquen la consolidación de objetivos y puntos de llegada por medio de actitudes propositivas basadas en la motivación, el rigor en la aptitud y la manera de ejecutar las labores, sin medir los tiempos ni la reducción de los espacios para la recreación o el descanso, con el fin de explorar las proyecciones de cada vez más evolucionadas competencias en la minuciosa y magistral realización de ejercicios prácticos o teóricos, que permiten alcanzar nuevas cotas de virtuosismo y expresión.

 

Este relato está contextualizado en el ámbito del jazz, género de silencios y sonidos armonizados, para generar deleites auditivos, que en su base encarna profundas contradicciones: una infinita capacidad de matices expresivos y una perfecta subordinación a la notación gráfica del lenguaje musical; esta es, entonces, la génesis y el concepto que sustenta el filme: la dialéctica.  Un maestro inexorable que emplea una pedagogía, una didáctica heterodoxa, que pretende acrisolar la esencia del desarrollo supremo de las potencialidades de sus educandos, sujetos que se debaten entre dudas e incertidumbres mientras encuentra las claves personales para adaptarse y establecer procesos para superar sus limitaciones, para constituirse en prototipos de su labor.

 

Así mismo, para realzar las características de este drama, aparece la capital del mundo, Nueva York, con la particular visión del director, desprovista de los artificios de los lugares emblemáticos promovidos por el mercadeo de los mass-media con lugares comunes a cualquier urbe, ambientes, espacios y texturas, realizadas en un minucioso manejo de encuadres, primeros planos y secciones de edificios, calles y espacios habitables, como una escenografía donde se hace evidente el centrarnos en los combates internos de los dos personajes y sus circunstancias: un distante educador y un persistente alumno, lucha sin tregua ni cuartel de egos y posibilidades.

 

En un orbe lleno de consideraciones y diplomacia, donde es normal el conformismo y la falsa complacencia, la película deja como colofón la simbiótica relación del domador y la fiera domesticada, ya referenciada en el estupendo aparte de El Principito con el zorro.