Presentación en el teatrino del Santiago Londoño del grupo brasilero “La compañía Tato Criaçao Cênica”, con la obra “Tropiezo”, en el marco del 5° red festival iberoamericano de teatro de muñecos Pereira. 

Imagen tomada de: http://3.bp.blogspot.com

Por: Juan Francisco Molina Moncada

  • Obra: “Tropiezo”

  • Grupo: Tato Criaçao Cenica

  • Concepción y actuación: Dico Ferreira y Katiane Negrão

  • Colaboración dramatúrgica: Juliana Capilé

  • Duración: 50 minutos

  • Público: Adultos

Desde la onomatopeya se canta. Un muñeco prende la luz emanada por blancas velas. Un pequeño escenario se ilumina; tan pequeño como grande y bella la historia que a partir de él se narra. Una anciana ataviada con blanco velo teje, hasta cuando se le une su compañera, quien de verde viste.

Pequeños cofres acompañan a las dos ancianas, de grandes narices y largas lenguas. Sus ojos son tan pequeños como gigantes sus manos. Se comunican en un idioma extraño. Ellas lo crearon, ellas lo comparten.

Aunque esto parece ser lo único que ambas pretenden compartir. Son egoístas, pese a que tienen el deseo de reunirse en torno a un diminuto libro el cual sale desde uno de los tantos cofres que rodean a las protagonistas. Cofres llenos de sorpresa, cofres de un tesoro escondido, de una historia que trasciende y redefine a dos personas vestidas de negro que con sus manos dan vida a dos ancianas ataviadas de curiosos y bien hechos trajes.

Porque acaso es esta la magia del teatro y en general, del arte de contar historias. Porque lo que se ve en el pequeño escenario lleno de cofres misteriosos además de mujeres mayores son parejas, son novios, son amigos y enemigos jurados a muerte. Son niños que buscan complicidad al momento de realizar cualquier pilatuna. Lo es todo.

La complicidad de compartir un cigarrillo mal fumado se convierte en el placer de consumirlo solo, mientras el acompañante busca la forma de superar su eventual desventaja, lo que crea situaciones cómicas, simpáticas, en sí mismas cándidas o inocentes. Hamlet vive desde el papel y la tinta. “Tropiezo”, el o la personaje principal de la historia, vive desde dos manos. Y desde “Tropiezo” viven los libros, toman vida los cofres, las velas, los cigarrillos, el mismo humo emanado desde estos. Las sorpresas. Una botella de licor cuyo consumo al final no compartido viene precedido desde el protocolo de la católica bendición.

Y lo más importante, “Tropiezo” vive desde su compañera o compañero; desde la anciana o niño que lo acompaña, de quien es perturbado y a quien perturba. A quien quiere darle un regalo de cumpleaños, con quien se funde en un apasionado beso. Quien complementa un concierto de onomatopeyas, una  fotografía iluminada por velas, las cuales, paulatinamente al igual como se prendieron, de a poco se van apagando.

Suena la música que dio inicio a la historia. “Tropiezo” de repente ya no tiene compañía. Su andar es pesado, triste, cuando antes corría, cantaba y levitaba. Junto a un cofre ve como la última luz, más tenuemente, se apaga. Y mientras el fuego vacila entre apagarse del todo y permanecer un segundo más prendido, se extingue…

“Tropiezo” llora en silencio. “Tropiezo” dura siempre un segundo más.