YAYO, EL INDIO QUE TEJIÓ CON SU VOZ LA INMORTALIDAD

“Cantar bien o no cantar, en el campo es indiferente, pero delante de la gente, cantar bien, o no cantar.”

 

Texto / Jorman S. Lugo – Ilustraciones / Stella Maris

Hace 100 años en Juana Diaz, Puerto Rico, nació Gabriel Eladio Pequero Vega. Hasta ese momento, nadie de su familia se dedicaba a la música. Su influencia más cercana, antes de conocer al barítono Eduardo Brito, fue su padre, quien, aficionado a la guitarra y al canto, le enseñó un mundo que lo haría inmortal.

Antes de empezar a cautivar a los oyentes con su voz clara y potente, superó una tartamudez y adoptó, según Cristóbal Díaz Ayala, un nombre artístico influenciado por sus raíces ancestrales: Yayo, en honor a su abuelo, y El Indio, en memoria de la cultura de su abuela. Así, con la bendición de sus mayores fue escalando notas en el pentagrama de la música latina, hasta convertirse en una de las voces más deseadas por las orquestas del Caribe.

En sus primeros años de carrera musical adquirió un hábito que lo acompañó hasta su ingreso en la Sonora Matancera: pasar de una orquesta a otra. Y aún en La Decana de los conjuntos de Cuba no paró de grabar para otras agrupaciones. Es, quizá, junto a Chivirico, una de las voces que más grabaciones tiene con diferentes orquestas.

Durante el periodo que estuvo con La Matancera se las ingenió para aprovechar la efervescente escena musical detonada por el boom salsero en los 70, convirtiéndose en la voz más requerida para realizar coros con las orquestas del momento, tanto en Nueva York como en Puerto Rico. En la mayoría de sus grabaciones durante el boom salsoso coincidió con Adalberto Santiago, una de las voces más privilegiadas del pentagrama caribeño, logrando constituir la dupla coral más importante de la salsa.

Pero el movimiento no pudo contener su voz encasillándolo como corista. El vibrato prolongado que le daba fuerza a su voz inundaba el espacio, alcanzando la complicidad del público, que no podía escapar de las redes que tejía, tanto en el escenario como en los estudios, haciéndolos saborear el poder de su fraseo, la sensibilidad de su interpretación y su vigor tonal.

Aprovechando la trayectoria que llevaba consigo hizo dos discos para el sello Alegre, donde confirmó que él era un vocalista al que se le hacían fácil los coros y no al contrario. Ambas producciones las interpreta con la altura de su prestigio, pero en los boleros consigue subir el nivel hasta el punto de dejar clásicos del género, como Quien más quien menos.

Sin embargo, ambos trabajos no serían la única participación de Yayo en el boom como vocalista. El mismo año en el que salió su segundo trabajo –1973–, en el Carnegie Hall se realizó un mítico concierto con las grandes luminarias de los sellos Tico y Alegre bajo la dirección de Charlie Palmieri, en donde estuvo presente. En su participación, lo introducen con una frase que resume toda la grandeza que empezó a escribir desde que cantó a dúo con Ruth Fernández en su natal Puerto Rico, y que luego, en su primera experiencia en Nueva York, supo prolongar mientras era la voz para toda la América hispana desde la CBS y la NBC.

“Cantar bien o no cantar, en el campo es indiferente; pero delante de la gente, cantar bien, o no cantar…” Antes de terminar la frase el público estalla en aplausos, reconociendo que el cantante que estaba en el escenario tenía una dimensión especial. Magnitud que Yayo supo tejer, aún después de terminar su periodo en las emisoras estadounidenses, donde saboreó las mieles del reconocimiento económico y el prestigio internacional, atrayendo a sus redes figuras legendarias como la de míster Babalú, quien, impresionado por la dicción de Yayo, no dudó en ofrecerle un contrato para que lo acompañara en su orquesta.

En esa época, empezando la década del 50, su popularidad se limitaba solo a la radio, hasta que El Cabo Rojeño abrió sus puertas. El club apostó por él, conociendo la experiencia que tuvo al trabajar en el Teatro Hispano y apoyándose, sobre todo, en la disciplina de la que hacía gala.  Fue allí, en uno de los clubes más importantes para la música latina en Nueva York, donde su fama se extendió a cada rincón de la Gran Manzana. Su presencia en el escenario agotaba las entradas desde primera hora, a tal punto que si algún amigo suyo llegaba después de las 9 debía hacerle señas y esperar un intermedio en la presentación para que Yayo lo ayudara a ubicar.

A pesar del éxito cosechado en Nueva York, Gabriel Eladio dejaría la ciudad a la cual, años más tarde, regresaría para interpretar en una noche legendaria, junto a Charlie, el mayor de los Palmieri, un bolero que haría estremecer a la multitud. Pero esa vez, después de su experiencia en el Cabo Rojeño, se dirigió a su natal Puerto Rico, isla donde no duraría mucho, porque apenas estuvo en ella, organizó su propia orquesta con la que viajó por toda Latinoamérica, complaciendo al público que ya había cautivado en sus años radiales.

Empezando la década del 60 tejió un tránsito constante entre su isla natal y la ciudad de los rascacielos, creando una red entre su propia agrupación, la Alegre All Stars, con la Orquesta Panamericana, el Cuarteto Flores y la agrupación de Roberto Angleró. En medio de sus periplos no solo participó de las famosas latin jam session, en las que se empezó a cocinar la salsa que conquistaría el paladar melómano de la siguiente década, si no que consolidó su estilo, cantando piezas que servirían de punto de referencia para otros grandes intérpretes latinos, como la escrita por Angleró y que vocalizó bajo la dirección de Lito Peña, titulada La pared.

Nueva York, además de rendirse a sus pies mientras interpretaba su bolero junto a las estrellas de Tico y Alegre en el Carnegie Hall, le presentó la puerta de entrada a la relación más duradera que sostuvo durante toda su carrera, y que empezó a cultivar desde 1955, cuando, en uno de sus constantes viajes a Cuba, se acercó a Calixto Leicea, trompetista de La Sonora Matancera, con quién años más tarde intercambiaría correos.

Desde esa primera vez, en La Matancera floreció el deseo de grabarlo en una canción. Pero los azares del destino los alejaron por varios años. En ese lapso, sus voces y sonidos lograron, por separado, hacerse imprescindibles en el cancionero latino, pero aún con las adversidades y la distancia jugando en su contra, se empecinaron en sostener la palpitante tensión del deseo.

La ilusión la renovaron finalizando los años 50, en un encuentro fugaz en medio de una presentación en Nueva York. La misma ciudad, donde años más tarde, se subiría al escenario para inmortalizar su voz con las estrellas más brillantes de los sellos Tico y Alegre. En ese concierto, acompañado de una constelación de músicos, su voz se lució desde la primera nota, dejando que su canto sobrepasara la súplica que narra la canción, y convirtiendo cada palabra en un elemento vivo que se paseó por cada rincón del teatro.

Pero ese no fue el punto más alto de su carrera. Yayo supo, como lo hacía en cada canción, sostener siempre su voz en lo más alto sin desafinar, por eso, cuando hizo todo a un lado para formar parte de la agrupación con la que llevaba soñando por más de una década, no solo logró la estabilidad que su vida venía buscando desde que salió de Puerto Rico, sino que pudo estar en un lugar donde era indispensable.

Así lo supo desde la primera canción que cantó en La Sonora, demostrando, en los 23 años que hizo parte de la formación, que podía sostener un nivel altísimo. De las 44 canciones que grabó como vocalista, porque parte fundamental de su trabajo la hizo en los coros, al lado de Caíto, destaca De tanto mirar tus ojos, donde demuestra que su voz goza, como la de los grandes cantantes, de la plasticidad necesaria para interpretar distintos ritmos sin resbalar en el intento.

En la misma ciudad donde Yayo hizo parte protagónica del concierto en el Carnegie Hall, y en la que logró coincidir con La Matancera, pudo decir sus últimas palabras. Poco antes de su deceso, en un ambiente familiar, toda la grandeza de su figura quedó resumida en una grabación casera. Allí, al lado de amigos, cantó cada canción como si tuviera de frente a las plateas llenas, como si los cuadros y muebles hubieran viajado y pagado cientos de miles por un boleto para escucharlo. Incluso, sus amigos, acostumbrados a compartir con él, no logran disimular el asombro, ni escapar a las redes con las que Yayo tejió su inmortalidad.