Por esta razón, la novela de Fernández Ochoa no es sólo una secuela de ese relato que comprende cuatro capítulos de María (XL-XLIII), sino que es una forma de la justicia con los hombres y las mujeres que aportaron su trabajo a las haciendas del Valle, que es decir a la riqueza económica de todo un país.

 

Texto y fotografías: Jáiber Ladino Guapacha

Adelaida Fernández Ochoa.

La hoguera lame mi piel con cariño de perro.

Fondo Editorial Casa de las Américas, Cuba,

2015.

 Afuera crece un mundo.

Planeta. Colombia,

2017

 

Dentro de los actos simbólicos con que el gobierno Santos se despidió de su ejercicio durante ocho años, hay uno que puede orientarnos para abordar la novela que nos ocupa. El jueves 2 de agosto, Juan Manuel Santos presentó la pintura con la que se le devuelve el color de piel al que, hasta ahora, ha sido el primer presidente (1861) de ascendencia africana que ha tenido nuestro país: Juan José Nieto. Este gesto sugerirá también una revisión de la vida del pensador, escritor y militante y una relectura de sus novelas en clave de africanía.

Precisamente una literatura que devuelve el color es la propuesta con la que Adelaida Fernández Ochoa obtiene el Premio Casa de las Américas de 2015 con La hoguera lame mi piel con cariño de perro, recientemente publicada bajo el título de Afuera crece un mundo por Planeta colombiana.

Portadas de las dos ediciones hasta ahora publicadas de esta novela.

Se trata de una ficción histórica, a través de la que podemos conocer la convulsión militar y social que sume al Valle del Cauca en tiempos de la Guerra de Los Supremos (1839-1842), circunstancias que Jorge Isaacs ha preferido negar cuando crea el idilio amoroso de esa “gran novela americana”, que es María, en la que no parece haber tiempo ni espacio para mencionar las circunstancias post-independentistas de conflicto constante. Sólo al final, cuando Efraín viene de regreso, se permitirá un guiño que bien puede leerse en las circunstancias de Los Supremos o en las mismas en las que intervendrá el propio Isaacs contra el general Mosquera: “Volví a ver ese valle del Cauca, país tan bello cuanto desventurado ya” (Cap. LX)

Traer a colación el dúo María e Isaacs para adentrarnos en la narración de Fernández Ochoa, no es un capricho reverente del canon que presume una valoración estética desde el estilo que consagró a Isaacs hace 150 años. La hoguera –o si lo prefiere, Afuera crece un mundo-, lo obliga. Adelaida toma a la esclava Feliciana de la Casa de la Sierra, su hijo Juan Ángel y la memoria de un Sinar amado y arrebatado por la ambición esclavista, para construir su proyecto revisionista.

En el primer capítulo de su trabajo crítico La novela colombiana, entre la verdad y la mentira, Gustavo Álvarez Gardeazabal señala cómo la intención de Isaacs, bien fuera por razones estilísticas o circunstanciales como las del ascenso social, fue la de una “huida de la realidad nacional”. No deja de ser paradójico que una novela tan reposada como lo es María haya sido escrita por un hombre de tanta acción y movimiento como lo fue Isaacs.

Por esta razón, la novela de Fernández Ochoa no es sólo una secuela de ese relato que comprende cuatro capítulos de María (XL-XLIII), sino que es una forma de la justicia con los hombres y las mujeres que aportaron su trabajo a las haciendas del Valle, que es decir a la riqueza económica de todo un país. Frente a esa visión de un Efraín niño que recuerda a los esclavos “bien vestidos y contentos hasta donde es posible estarlo en la servidumbre”, Adelaida nos contará el anhelo de libertad, que lleva a armarse e insurgirse a esos hombres que cifran sus esperanzas en una abolición de la esclavitud.

A esos hombres, como Candelario Mezú, se debe la Feliciana de Isaacs, que en la voz de Fernández Ochoa recuperará el sonoro africano de Nay. Igual que su hijo, a quien evitará llamar Juan Ángel, prefiriendo el gambiano de Sundiata. Para sumarse a esos rebeldes con los que se identifica, cuyos muertos entierra, cuyos heridos auxilia, decide renunciar a la comodidad que puede representar la Casa de la Sierra para dar con el paradero de Candelario, amarlo y seguir, inspirada por el amor a su Sinar, el regreso a esa Madre que es África.

Es aquí donde está la separación total con el texto de Isaacs, pues mientras que Efraín y María acompañan a Feliciana en sus últimas horas y acompañan la soledad de Juan Ángel, Adelaida le da a su protagonista la suficiente voluntad, la necesaria fuerza, el indispensable ingenio para atravesar los ríos y mares que la separan del territorio que siempre mantuvo en su memoria.

Después de las páginas que dan cuenta del ánimo belicoso de la guerra de Los Supremos, que sirven para encender en Nay la chispa de esa incomodidad que la conduce a la libertad, vienen las páginas en que la protagonista se apodera del relato por encima de la doble segregación que sufre, como mujer y negra, para mostrar su autonomía en ámbitos como el de la maternidad, los negocios, la ciencia, la diplomacia y el erotismo.

Para que Nay pueda embarcarse con Sundiata rumbo a Gambia, recurre al tosco fraile Fernando Cruz Smith (un sacerdote que debe exiliarse por pertenecer a uno de los conventos obligados a suprimirse, en la que se conoce también como la Guerra de Los Conventos) y al científico inglés sir Charles Birdwhistle. Muy a su pesar, van contribuyendo para que el débil sueño de la mujer africana no naufrague en el mar burocrático, en el que siempre hay tiburones dispuestos a calmar su frustración con ella o su hijo.

Cuarto de los esclavos en la Casa de la Sierra.

Estos dos hombres, bien pueden ser un reflejo de las élites académicas y culturales de nuestro país, dispuestos a esquivar la mirada ante el afrodescendiente que interroga. Quizá por eso, ante el silencio de las junglas de papel que continúan comerciando con las comunidades afro en el país, cobra valor ese gesto cómplice de madre e hijo, en el que Sundiata se acerca a su Nay y le dice: “Madre, no tengo miedo. Y ella responde: Yo tampoco tengo miedo, hijo”.

En un motivo de alegría para los lectores colombianos se convierte la publicación de Afuera crece un mundo, quienes podrán compartir ese recorrido de amor y esperanza por las selvas y el mar, al lado de Sundiata y Nay.

Recorrido en el que la empatía también nos llevará a pedir por los hombres y mujeres que sufren la explotación actual en cualquier rincón del mundo, por el color de su piel, por su capacidad laboral, por la falta de raíces y parientes en las costas a las que arriban huyendo de la guerra en sus territorios, por los que Nay pide a Dios para que los bendiga “con piel de jaguar, colmillos y garras, los unja de fauces feroces, los dote con veneno de cascabel y furia de mico, que los bautice con letal baba de rana. Para que nadie se atreva. También a nosotros”.