Estaba acorralado, en aquel tiempo, por mi padre, por mis tíos, por mis maestros y, también, por los abuelos del abuelo de mi padre, quienes  no querían morir y se esforzaban por  vivir y por sentir la vida, a su manera,  en el cerebro de este hijo  de su tataranieto. Estaba,  frente al sexo, como aquellos que se quedan vacilantes en las puertas de los templos; incapaces de integrarse a la liturgia, y dispuestos a escapar.

Por: Hernando López Yepes*

Ilustración: Daniel Román

Corría por la acera de la cuadra en el empeño de dejar atrás mi sombra; saltaba y me esforzaba por caer por fuera de ella. De noche galopaba en mi caballo imaginario al que animaba con un fuete imaginario; la luna me seguía, se hacía pequeñita cada vez que la miraba por el arco de mis piernas. Sentado en el andén y acompañado por mi abuelo y por mi perro, la atrapaba por los cuernos inferiores: con la mano derecha en el cuarto menguante, y con la mano izquierda en el cuarto creciente. Lo hago, todavía, cuando encuentro algún espacio que me deja ver el cielo, entre las torres de cemento.

A veces me empinaba como un gallo, sacudía la cabeza, cacareaba y picoteaba las rodillas de mi abuelo y de mis padres. Mi abuelo se encogía y ahuecaba los brazos y las manos,  simulando que eran alas; después se paseaba por los cuartos y pasillos de la casa cloqueando,  cual si fuera una gallina enamorada.   Yo tenía cinco años.

Y un  día,  sin pedirlo, me llevaron a la escuela y me dejaron  junto a un niño flaco y sucio  que olía a perro mojado. Delante de nosotros se sentaba Sebastián: un niño rubio que, según se lo decía y nos lo decía la profesora, era “hermoso como un ángel”. Sebastián compartía su pupitre con Daniel. Daniel era un muchacho pequeñito, que tenía el cabello negro y los ojos achinados. Jamás lo vi vestir con otra prenda que no fuera una chaqueta con capucha, vieja y rota. Recuerdo que metía su cabeza en la capucha y que soltaba, después, sobre la espalda, el resto de la prenda; entonces, caminaba por en medio de  las bancas simulando que tenía una larga cabellera. A veces, se paraba en el asiento, señalaba a  Sebastián y le decía: ¡Eres un niño hermoso, hermoso; eres el más hermoso del salón!

Durante muchos meses nos peleamos con el lápiz; pues trazábamos la O como un cuadrado, como un rombo y, otras veces, como un triángulo. Un día, sin embargo,  aprendimos a escribir. Diciembre estaba lejos, mas nosotros le escribimos nuestra carta al Niño Dios. Daniel escribió cartas de amor que Sebastián leía y  arrojaba en el cajón de la basura. En clase de lectura conocimos  la leyenda de una bella prisionera a quien rescata un príncipe valiente, hermoso y rico. Tan pronto la libera se  descubre que ella era una princesa, mucho más rica que él. La historia finaliza cuando los dos se casan y se van a su palacio donde viven, muy felices, “para siempre”. Apenas terminamos de escuchar aquella historia se escogieron los actores, para representarla. Daniel pidió y obtuvo el papel de la princesa; yo estuve con los niños encargados de aplaudir. El drama, que fue actuado ante los padres de familia, recibió muchos aplausos y Daniel se paseó desde aquel día, entre nosotros,  balanceando la cadera y bamboleando su chaqueta, convencido de que él era una princesa.

Sentado, de través, en la ventana de mi casa contemplaba a las personas y a los perros  que pasaban por la calle. En muchas ocasiones vi pasar a Lino Abel, mi compañero de pupitre,  vestido de muchacha. Su madre, que temía que se escapara, le ponía las ropas de su hermana y lo encerraba; pero, siempre, él subía por los muros a los techos de las casas  y se iba hasta el solar donde jugaban los muchachos. Las gentes que pasaban y que no lo conocían, se asombraban por la forma en que “esa niña” peleaba la pelota, la quitaba, corría  y conseguía meter más goles que los niños. Yo nunca pude  ver a Lino Abel como si fuera una muchacha, aunque llevara puesto un vestido de “mujer”; digo “mujer”, escribo la palabra “mujer”, porque nosotros les decíamos “mujeres” a las niñas.

Cursábamos el cuarto grado la mañana en que llevaron un novillo hasta la escuela y lo mataron, en la mitad del patio. Yo tenía nueve años y sentí el mayor terror en el momento en el que vi (lo escribí mal; debí escribir “en que sentí”) de qué manera cruel lo abrieron en pedazos. No pude soportarlo, fui corriendo hasta el lugar en donde estaban las comparsas. Había, allí, muchachos disfrazados de bombero, de soldado, de pirata, de payaso y de “otras cosas” que no logro recordar. De pronto apareció un demonio grande y gordo que tenía entre sus manos un inmenso tenedor. Corrió tras de nosotros; yo caí mientras corría. Lloraba, todavía, cuando vino mi maestra y me condujo de regreso hasta el lugar en donde un hombre destrozaba, con un hacha, la osamenta del novillo. Poca carne he comido desde entonces y jamás me he disfrazado.

Estar en un colegio de varones es cumplir una condena, si es que tienes la desgracia de pensar, aunque sea poco y mal;  y de sentir, porque lo haces siempre en contra de ti mismo. Las clases y el recreo eran el campo de batalla de los tontos, que ofendían y maltrataban a su antojo; y que salían victoriosos de todas las contiendas. Allí nació y creció, hasta hacerse grande, la  tristeza de mi alma. Aquel colegio olía a cosa descompuesta. Yo podía sentir aquel olor en el ambiente,  en el sudor de los muchachos y en la esencia de las cosas que aprendíamos. Muchas veces lo siento, en los adultos, cuando estoy cerca de alguien dominado por la ira o el temor.

Quizá fuera por ello que tomé la decisión de retirarme a los lugares apartados, en los cuales coincidí con otros jóvenes a quienes rechazaban los matones del colegio. En muchas ocasiones escuché, sin proponérmelo, las cosas que decían: hablaban de revistas, de canciones, de bellezas masculinas y de artistas populares. Una mañana vi con qué cuidado examinaban un par de zapatillas de ballet que había llevado uno de ellos al colegio. Su dueño se esforzaba en explicar por qué caminos llegaron a sus manos. Había en su mirada una actitud de gran respeto; tal vez, de adoración. Hablaba entre susurros; sus palabras me daban la impresión de que creía sostener, entre sus manos, un tesoro. Yo intuí que esas prendas le ofrecían la promesa de que había, más allá de donde estábamos, espacios libertarios en los cuales es posible vivir sin doblegarse; abrirse a lo que quiere y pide el corazón, y realizarse a su manera. El golpe de campana que llamaba a los salones, deshizo la reunión.

Pocos días después, aquel muchacho fue agredido en el aula de deportes.  Desde los corredores escuchamos fuertes golpes, gritos  y carreras; luego, sólo el silencio. Rector y profesores se acercaron a la puerta, golpearon y ordenaron que la abrieran. Cuando por fin lo hicieron los muchachos, salieron cabizbajos; detrás lo hizo su víctima. Tenía las facciones contraídas, la camisa desgarrada y unos cuantos chupetones y mordiscos, en su cuello y en su cara.

Según nos lo expresó el Señor Rector, aquellos hechos no debieron ocurrir y no serían tolerados en un tiempo futuro. Por ello nos reunieron con algunos personajes que tenían para decirnos, muchas cosas sobre la sexualidad. Primero lo hizo un viejo sacerdote, quien nos dijo que el Señor Dios nos observa y nos condena, cada vez que cometemos el pecado solitario; también,  otros pecados cuyos nombres no tenían significado para mí. Después de oír aquellas duras amenazas, nos habló un médico gordo quien trató de prevenirnos del peligro de la promiscuidad. Para ello se auxilió de algunas láminas antiguas que mostraban los órganos sexuales del hombre y la mujer. Habían sido pintados con colores mortecinos: eran de gran tamaño, deformes e inflamados. Debo decir que a muchos de nosotros nos dejaron con los nervios alterados y marchito el corazón. Quizá fuera por ello que escuchamos malamente las cosas que nos dijo, después, un hombre experto en la conducta. Trató de convencernos de que existen abismos insalvables entre el hombre y la mujer; profundas diferencias que son lo que permite, de manera paradójica, que exista una atracción. Para mí no era fácil escucharlo; pues pensaba en las imágenes terribles que había visto aquella tarde y que llenaron mi cerebro de temores y emociones negativas. Sé que se aposentaron en mi alma durante muchos años.

Yo tenía la experiencia de haber visto a muchas niñas en sus juegos con los niños, y su anhelo de ser “duras” e igualarnos. Muchas veces las vi cómo arrojaban a un muchacho contra el suelo, se sentaban sobre él, lo sostenían por las manos, y afirmaban “que eran unas varonas”. Recuerdo que pensaba en estas cosas, en tanto que hacía esfuerzos por oír y comprender a aquel conferencista. No era fácil lograrlo, por los términos que usaba; y quizá fuera por eso que volví, en algún momento, mi rostro y mis oídos hacia mis compañeros. Hallé, en muchos de ellos, ademanes delicados y, en sus voces, inflexiones y matices que no eran, propiamente, rezagos de la infancia. No pude pensar más en “esas cosas” porque vi que aparecían en el rostro de aquel hombre las facciones de una anciana encantadora; quien,    después  de  coquetearnos, se fue al fondo de su cráneo que dejó  salir, de nuevo, un rostro de  varón. Yo era casi un niño; sin embargo, me  di cuenta de que aquel anciano, anciana, anciano, anciana, anciano, nos hablaba con la voz de una conciencia ya extinguida. Leía, para entonces, un libro que narraba la aventura de Humboldt por América; su viaje al Orinoco y su encuentro, en  Maypures,  con un loro que hablaba en el dialecto de una tribu ya extinguida.

Mi padre me pedía que apreciara y elogiara la belleza de mujeres mayores de treinta años; lo hacía en frente de ellas. Yo no entendía por qué mi padre me ponía en situaciones tan incómodas; sentía que me agredía. Después de mucho tiempo comprendí que él no entendía, “desde su corazón”, que yo tenía catorce años, y él cuarenta.  Estaba acorralado, en aquel tiempo, por mi padre, por mis tíos, por mis maestros y, también, por los abuelos del abuelo de mi padre, quienes  no querían morir y se esforzaban por  vivir y por sentir la vida, a su manera,  en el cerebro de este hijo  de su tataranieto. Estaba,  frente al sexo, como aquellos que se quedan vacilantes en las puertas de los templos; incapaces de integrarse a la liturgia, y dispuestos a escapar. Tenía la certeza de que no quería encontrarme con “la ordinaria carne” que se compra y, tampoco, con “la carne delicada” que se toma por la fuerza o con engaños y que “no se pertenece”. Sabía   que toda olla llena de tesoros que te encuentras y recoges, sin esfuerzo, tiene un dueño; y que ese dueño es, siempre, un monstruo que reclama que le pagues con tu alma. Yo me sentía solo; no tenía a ningún tío que me apoyara en el proceso de empezar a corromperme en una forma inteligente y delicada. Finalmente leí, en alguna página de Miller, una frase salvadora: aquella que le dio como regalo un hombre viejo, quien le dijo que las niñas esconden, en sus bragas, cosas maravillosas.

Un día, sin pretenderlo, me encontré con las muchachas que salían de un colegio cercano.  Sus voces, que sonaban como bronces diminutos, se escuchaban desde lejos y   encantaron mis oídos; su andar, que parecía un desafío a la materia, me dejó maravillado. Las vi que se movían en desorden: caminaban, corrían, se detenían, retrocedían;  giraban en su sitio y avanzaban,  nuevamente, cual si fueran mariposas indecisas. Después de estar, allí, sólo un momento, decidí que entregaría mi existencia por tener la compañía y el amor de una muchacha; aunque ella fuera, apenas,  una dama de  trece años.

Convertí en un ritual el asistir a aquel lugar y, pronto, comprendí que las muchachas nos arrojan, fácilmente, contra el suelo sin tocarnos. Lo hacen cuando sueltan su voz como un arrullo; también, si nos regalan su manera delicada de escuchar, de acompañar y de bajar sobre sus ojos la dulzura de sus párpados. Me había decidido por una niña hermosa y me parece que ella jamás lo supo. Veía su cabeza como un botón de rosa que se alzaba, con ambición de cielo. Soñaba en el regalo de mirarme en el espejo de sus ojos. Muchas veces me hice la promesa de esperarla y abordarla; y, no obstante, al encontrarla enmudecía;  sentía que me hacía  muy delgado, caminaba de perfil y tropezaba; finalmente, la esquivaba. Yo sentía el dolor de aquel sultán quien, deseoso de tocar a las estrellas con sus manos, construyó una hermosa torre. Sin embargo, la noche en que subió hasta lo más alto para ver a sus estrellas descubrió que estaba ciego.

Sabía que debía sanar aquella fiebre que consumía mi carne; mas no hallaba la manera de calmarla. No salía en la noche y quizá fuera por eso que jamás pude encontrarme con la joven prostituta que abordó, una  madrugada,  al poeta Max Estrella. Muchacha que entendió que aquel anciano era invidente y que, por ello, pidió que le   tocara sus senos incipientes, mientras le repetía:

-Toca mis pechos, son duros-.

Y luego, cuando él le preguntó:

-¿De qué color tienes tus ojos? Ella, que era una niña, todavía, respondió con esta frase:

-Del color que tú quieras.

Al final de este diálogo aquel hombre que  vivía su última noche, sin saber que se moría,  preguntó con ansiedad:

-Respóndeme, muchacha, si son verdes tus ojos…

Ella, le contestó:

-¡Son  verdes; son de un verde gitano! ¿Cómo lo adivinaste?

Yo supe, con el tiempo, y por desgracia, que muchachas como aquella pocas veces se permiten escaparse de las páginas escritas por quienes las soñaron.

Un día me vi obligado a acompañar a mis antiguos compañeros del colegio, en una fiesta de egresados. Acepté estar allí a regañadientes, pues sabía que encontraría poca gente a quien quisiera saludar. Sentados en la mesa más visible estaban los muchachos que habían sido relegados a un rincón, en el colegio. Tal como sucedió en aquellos años, resaltaban entre el grupo por sus risas; por sus voces de matices coloridos y, también, por la manera delicada de tratarse y de expresarse. Al verlos y escucharlos comprendí que no habría fuerza, malhechora y estúpida, en el mundo, capaz de  silenciarlos. En los alrededores de las mesas se formaron los corrillos y se habló de para atrás: de picardías, de equívocos, de abusos y maldades; también de las primeras aventuras genitales. Algunos se empeñaron en describir el mágico momento en que entregaron “sus purezas”. Tenían en la memoria los nombres de esas niñas que los acompañaron. Eran, ellas, muchachas que salían en las noches de los barrios marginales: algo sucias, siempre hambrientas, poco o nada vigiladas; y que no sabían nada sobre el sexo que creían vender o regalar, siempre “a poquitos” y a veces “por migajas”. Alguien mencionó el nombre del muchacho maltratado, años atrás, en el colegio.  Se dijo  que viajó por unos meses  en un barco del cual fue el cocinero, y  que fue muerto por los celos de su amante: un viejo marinero. Y como toda historia está obligada a ser precisa, en el espacio y en el tiempo, se explicó que aquellos hechos ocurrieron tan sólo un año o dos después de haber salido del colegio, y que los huesos del muchacho reposan, desde entonces, en el fondo del mar. Finalmente, intervino un abogado que había sido el Torquemada del colegio y quien era, para entonces, un burócrata importante. Primero hizo el recuento de la excursión de grado a un puerto pobre, en cuyas aguas flotaban excrementos, escombros y basuras. Recuerdo que cruzó el amplio escenario simulando la manera en que el muchacho caminaba  por  la playa. Hizo una imitación de cómo el joven enrolló sobre su cuerpo una toalla que caía, como un telón, de sus axilas. Luego, hizo el simulacro de envolver en su cabeza un trapo delicado que lució como turbante. Tuvo que detenerse, porque la concurrencia ahogó su voz con fuertes gritos, pataleos y carcajadas. Tan pronto recobraron el aliento decidieron entonar una canción; recuerdo, aún, el título: “Gavilán o paloma”. Iban por ese verso en el que el hombre se sintió desengañado en el momento de bajarle su vestido a la pareja, cuando supe que debía retirarme: jamás me he permitido detenerme a contemplar cómo las hienas devoran los cadáveres. En medio del murmullo de la gente pude oír cómo se alzaba, nuevamente, el vozarrón de aquel cronista de “la vida miserable”. Juré, mientras salía del recinto,  que si un día iba a Estambul visitaría la capilla de San Sergio y de San Baco; y  encendería una vela en memoria del muchacho.

Yo estaba, en aquel tiempo, en el proceso de alejarme de una hermosa mujer que parecía no estar cerca de mí, aunque la tuviera entre mis brazos. Durante muchos meses le rogué que descendiera de su altar; pero, mis ruegos no fueron atendidos. Un día, a mi pesar, debí aceptar que no podía, ella, renunciar a su divinidad.  Entonces, ocurrió “lo que sucede” con los hombres que han sido abandonados: vino hasta mi presencia una mujer en cuyas formas se fundían, de manera incomparable, cuerpo y alma. Habían transcurrido, apenas, unos días, cuando consideramos que debíamos tratar de conocernos en completa libertad. Entonces, decidimos que podríamos lograrlo, haciendo un viaje en un crucero que invitaba al disfrute del amor. Yo soñaba, despierto, en que ella fuera, desde entonces y por siempre, mi única compañera; la exhibía, por eso, en los pasillos y salones de aquel barco, en esa forma descarada con que los nuevos ricos ostentan sus tesoros. Tres días transcurrieron; en la tercera noche, y   en medio de una fiesta, se embriagó: lo hizo en público. Aquella situación me molestó; pero, hice esfuerzos para no mostrar mi enfado. Sin embargo, vinieron de inmediato situaciones muy molestas: bailó  con muchos hombres y, luego, lo hizo sola. Al terminar la fiesta, subió hasta nuestro cuarto sosteniendo en una mano sus zapatos y, en la otra, una copa de licor. Tan pronto como entramos a la alcoba se arrojó sobre la cama, en la postura de una prenda de vestir que se abandona sobre un mueble, de manera descuidada. Creí que dormiría, profundamente, muchas horas, y que yo estaría en paz. Estaba equivocado: durmió mal, yo no dormí. Sentado en una silla fui testigo de cómo suspiraba, y se quejaba; lo hacía cada vez que se movía y asumía una postura diferente sobre el lecho. Yo estaba  muy molesto, digamos que ofendido: me había acostumbrado a la presencia y compañía  de mujeres delicadas que hablan poco, que caminan suavemente, y a las cuales pocas veces se les  oye  respirar. Cuando se despertó, al día siguiente, era de noche. No quise reprocharle su desorden; me contuve, aunque con gran dificultad. Después de nuestra cena manifestó el deseo de sentir sobre su rostro la caricia de la brisa. Yo quería, por supuesto, lo que ella deseara. Subimos a cubierta, fuimos hasta la borda: ella miraba un mar y yo… miraba otro. No supe en qué momento emergió, de entre las olas, una  luna gigantesca que alumbró, frente a nosotros, los restos de un naufragio. Antes de que llegaran hasta el casco de aquel barco comprendí que se trataba de un par de desgarradas zapatillas de ballet.

Entonces sentí el golpe de la luz de la verdad como si fuera el rayo que cayó encima de Saulo, en el camino de Damasco. Supe, en aquel momento, que caía desde la torre que yo mismo había erigido con mi empeño en razonar, hasta el fastidio, en el sentido de cada situación; también, con mi actitud siempre distante, mis rechazos y mis ascos; y mis muchas exigencias… Jamás había tomado a la mujer, sin prevenciones. No había disfrutado de su carne, con todos mis sentidos; no había comprendido que los cuerpos exigen tratamientos diferentes del que piden las almas. No me había dado cuenta de que estamos obligados a entrar en cada cuerpo como los exploradores de las tierras ignoradas. No me había permitido disfrutar de las texturas de la carne, de su olor y su sabor;  de la delicadeza y la aspereza que se ofrecen  en una  misma piel, y, mucho menos,  de las temperaturas que cambian en el cuerpo, de acuerdo a los estados que vive el corazón. Ignoraba que un cuerpo de mujer es él y es otro, según las condiciones del hombre que la mira, que la tiene entre sus brazos, que la oprime y que parece que la muerde en el momento en que la besa. Primero la había visto a la distancia, como una bella idea; después, me acerqué a ella con sólo el corazón.

Supe, en ese momento, que la mujer responde, en el amor, a diferentes melodías. Igualmente, al lenguaje de los ojos, al lenguaje de las manos y al lenguaje del silencio… y que cada centímetro del cuerpo de su hombre, le habla a gritos. También supe que aquel no era el momento de pensar y que debía silenciar a mi cerebro. Entonces giré el rostro y busqué el rostro de la amada; escribámoslo mejor: busqué su carne.

*hernandolopezyepes@hotmail.com