A veces ese puesto está en la primera fila, a veces en la última. El estudiante promedio, el mediocre, pensará que lo hago para escapar rápido, sin mucho aspaviento, si la clase se pone aburrida y cuesta arriba, cuando ya la cabeza no hace caso y los ojos se cierran tercamente.

 Cuento

Por: Giussepe Ramírez

Ilustración: Daniel Román

Salvatore no había tenido un buen año. Aunque el sol disminuía su asedio, hacía un bochorno tremendo en ese salón oscuro. Las ventanas estaban abiertas y los ventiladores a toda marcha intentando mitigar el calor. Faltaba una hora más o menos para que acabara la clase. Larrahondo los puso a escribir un cuento en el tiempo que quedaba, algunos incluso alcanzarían a leerlo. Máximo una cuartilla.

—Tiempo, jóvenes. A ver, que salga el italiano—dijo Larrahondo simulando estudiar la lista.

Salvatore salió al frente. Arrancó la hoja del cuaderno con violencia. Todos murmuraron y rieron cuando leyó el título: Cuento para leer en clase. Larrahondo también desconfió del título y lo juzgó escuelero. Salvatore se aclaró la voz con un sonoro carraspeo e inició la lectura.

—Procuro siempre entrar primero al salón de clase para tomar el puesto más cercano a la puerta—aquí hizo contacto visual con sus compañeros y miró de soslayo la salida cerrada a su izquierda—. A veces ese puesto está en la primera fila, a veces en la última. El estudiante promedio, el mediocre, pensará que lo hago para escapar rápido, sin mucho aspaviento, si la clase se pone aburrida y cuesta arriba, cuando ya la cabeza no hace caso y los ojos se cierran tercamente. Los escatológicos dirán que padezco algún problema de esfínteres y no está de más disminuir lo máximo posible el recorrido hacia el baño. Si la primera fila es la que está más cerca de la puerta, los aduladores y los que usan gafas afirmarán que es para estar más cerca del profesor y del tablero. Tal vez tengan razón respecto a otros estudiantes que siempre eligen ese puesto. Conmigo se equivocan.

Algunos se acomodaron en sus asientos y torcieron el gesto.

—Por ejemplo, si yo fuera un asesino y quisiera perpetrar una masacre, haría lo siguiente—hizo un paneo de nuevo al auditorio—: Entraría al salón y me pararía en frente de todos. Los entretendría dándoles alguna información importante o leyéndoles un cuento. Cuando todos estén bien atentos, si es que nadie ha corrido todavía, porque entonces se me daña el cuento, tomaría el arma que llevo en mi espalda. Dispararía primero al profesor mientras sigo leyendo. Luego abriría fuego contra los de la primera fila, por serviles y lambones. Finalmente las balas seguirían trayectorias aleatorias para hacer más bello el caos. Por eso prefiero sentarme lo más cerca posible de la puerta.

No hubo aplausos. De afuera alcanzaba a llegar el rumor de las hojas secas arrastradas por la brisa.