El jueves, en medio de una semana de mucho trabajo, Valentina asistió al Museo de Arte de Atlanta y allí, con cierta estupefacción anodina, se pasó más de una hora contemplando el rostro enjuto y liso de Rafael Sanzio.

 

Por: Elbert Coes

Alos italianos les resulta extraño ver a un hombre correr vestido de traje, sobre todo en medio del lobby de un hotel cinco etrellas. Incluso entre criminales (y esto es algo muy heredado de la mafia) se considera de mal gusto generar perturbación durante un cometido. Cuando Jonathan llegó a la recepción, la mujer le habló en inglés, pero con acento imposible. Exasperado, lo cual delató su origen americano —más que el negro de su piel—, siguió las indicaciones de las manos féminas con la misma inquietud con que su oído procesaba el idioma.

—¡La portaron a la stanza del enfermo!— dijo la mujer.

La sua regazza era traumatizzatta, se quedó atrás en la boca de un botones. Y al final del corredor dos personas conversaban con una tranquilidad inadecuada ante ciertas urgencias, al menos ante aquella por la cual lo habían hecho volver a toda prisa. Tenían la vestimenta del personal médico, además de hallarse junto a la puerta con la señalización de una cruz roja, un símbolo de resistencia en las dos grandes guerras libradas. La habitación tenía una puerta de cristal corrediza, Valentina permanecía sentada en la cama y a su lado una enfermera cateterizaba su flácido brazo derecho. Antes de que Jonathan moviera la puerta corrediza uno de los hombres del pasillo lo interrumpió.

—Non posso entrare.

—Io sono il compagno.

—Es el americano —certificó el otro.

—¿Qué le pasó a ella?

—No lo sabemos.

—¿Y por qué está…?

Lei è arrivate con un trauma.

—No un golpe —explicó el otro—. Solamente estaba desorientada cuando entró. Un hombre la trajo, casi la golpea con su automóvil. No es la primera vez que sucede, le pasa mucho a los turistas.

È a causa della novità di vedere la città. ¿Arriverà per la prima volta?

—Certamente —respondió el otro.

—Le sorprendería saber las cosas que esa chica ha visto —dijo Jonathan observando a través del cristal.

—Espere a que la enfermera termine, entonces podrá entrar.

Valentina parecía tranquila, aunque un poco enajenada, mientras la enfermera pulía su piel como a un mueble y le decía, probablemente en italiano, frases entrecortadas que indicaban cada acto preparativo de invasión.

—¿Se recuperan de esto? —dijo Jonathan. Los hombres se miraron entre los tres—. ¿Los turistas?

—Sempre. En cuestión de días. Son escritores, ¿verdad?

—Dirigimos una revista.

—Soy Giovanni, el médico de turno. Lamento que le haya pasado esto a su compañera. Es frecuente, pero no tan frecuente que suceda, ¿me entiende? Frecuente pero no normal. En unas horas el medicamento habrá hecho efecto y se podrá ir a la stanza. Ella estará bien. De todos modos, el allattamento está disponible a todas horas. Venga si es necesario.

—¿Qué droga le pusieron?

—Tranquilizantes, electrolitos. Puede ser dishidratazione por el cambio y el viaje. Sé que llegaron apenas ayer. ¿Alguna campagna?

—Cosas del oficio. Conferencias y eventos relacionados a la investigación. Ella… —dijo queriendo explicar por qué no estaban juntos— quiso dar un recorrido antes.

—Roma es una ciudad peligrosa para los turistas. Sobre todo para una piccola dona.

Jonathan sacudió la cabeza.

—Sabe cuidarse sola —dudó—. ¿Es posible que le hayan echado alguna sustancia por robarla?

—Aquí todo puede pasar.

A través del cristal, Jonathan logró ver la bolsa de cuero con que ella había partido al momento en que se separaron en la entrada del hotel. Estaba puesta encima de una repisa. Parecía en orden, a menos que le hubieran extraído un bien sin quitársela. Analizando las dimensiones del crimen organizado en Europa, en especial cuando la víctima es un simple turista (trata de personas, tráfico de órganos), el robo de cualquier joya o dinero era una bagattella.

—La enfermera revisó su cuerpo —dijo el médico intuyendo la preocupación en el rostro del extranjero—. No hay nada malo.

Jonathan asintió encontrándose con la sonrisa anodina de Valentina. La enfermera le habló, luego hizo señas autorizando el ingreso de él al cuarto. Le dijo en el instante en que él movió la puerta corrediza:

—Cuando se acabe el líquido de la bolsa podrán irse. Si se siente mal no duden en regresar aquí.

—No parece ser grave —dijo Jonathan—. Están acostumbrados a lidiar con esto, ¿no es cierto?

—Solo soy una enfermera, señor.

Valentina se recogió de hombros, todavía sonriente como si estuviese bajo efecto de algún narcótico. La enfermera apuntó que tenía amnesia.

Jonathan le preguntó a Valentina:

—¿Por qué no me llamaste?

—Le tomará un tiempo recordar —dijo la enfermera—. Su cuerpo está bien. Nada le han hecho —lo miró a los ojos esperando que él comprendiera; él ya comprendía—. Ese es nuestro mayor temor por estos días. Los extranjeros son blanco fácil.

—Estoy bien —dijo al fin Valentina—. Simplemente no recuerdo qué pasó. Pero me siento bien. Debió ser por el viaje.

—¿Eso dijo el médico? —preguntó Jonathan.

—He oído de personas que después de un largo vuelo pierden la memoria —dijo Valentina—, se desorientan y esas cosas. No me mires así, no estoy inventando.

—¿Te has hecho prueba de embarazo?

—Negativa —dijo la enfermera.

—Llevo meses sin tener relaciones.

—Ese debe ser el problema —dijo Jonathan—. Descansa. Llamaré a Indicia.

—No digas nada de mí; mamá lo sabrá en menos de lo que canta un gallo, y ya sabes el resto.

Valentina cerró los ojos, respiró hondo y se quedó dormida.

Stanza della Segnatura, una de las cuatro estancias de Rafael, Palacio Vaticano, Rome. Fresco, 1508/9-1520. Fotografía / VCG Wilson/Corbis via Getty Images.

Las actividades en Roma terminaban esa misma semana. Y pese a que en otras circunstancias habría optado por pasar más tiempo en la ciudad, la parte de Jonathan que seguía pensando en Valentina lo instó a regresar a Atlanta. Cualquier cosa que le hubiera sucedido no la iba a curar lejos de casa. Si bien los primeros días tras el incidente estuvieron invadidos por una atmósfera silenciosa, aquello cesó con el tiempo, y de vuelta a las labores en Indicia Inc. todo regresó a la normalidad.

Valentina se había tomado una semana para descansar y visitar al médico, explicando a sus padres que solo seguía las típicas recomendaciones después de un viaje. Cuando retomó las tareas en la agencia se veía radiante, como si nada. Así se creyó por mucho tiempo, así lo creyó Valentina y así lo creyó Jonathan, hasta que a mediados de 2011, un año y medio después del viaje, Jerome, que seguía tratándose sus trastornos de sueño, conoció a un neurosiquiatra. Un experto en hipnosis regresiva que traía al consciente ciertos recuerdos sepultados en el cerebro límbico. Casualmente el hombre era de origen italiano, milanés para ser precisos, y había trabajado varios años en Roma. Esta información llegó a oídos de Valentina, y con tales detalles resultó imposible que no se despertara en ella la curiosidad de intentar saber qué había olvidado aquella tarde de noviembre de 2009, en pleno centro de Italia.

La cita se llevó a cabo en el hotel donde el neurosiquiatra se hospedaba, cerca del Sun Trust, a las siete de la noche de un viernes caluroso. Primero hubo una cena formal cubierta por una conversación lo suficientemente trivial como para no entorpecer el ejercicio que se realizaría horas más tarde. No obstante, Jonathan lanzó un comentario a propósito de los trastornos de sueño de Jerome, con evidente doble intencionalidad:

—Las pesadillas tienden a desaparecer con el tiempo, ¿no es así? ¿Sería acaso, señor Rimes, porque la mente tiende a encontrar mecanismos alternos para encarar los miedos de un modo consciente a medida que nos volvemos adultos?

Rimes, el hipnotizador, lo miró con sospecha, sin comprender del todo su prerrogativa. Jonathan lo observaba fijamente porque era claro que aquel no era el blanco de sus palabras, mucho menos deseaba que las refutara con argumentos todavía más complejos.

—En mi caso —dijo Jerome—, les he perdido el temor. En parte diría que tiene que ver con que muchas de ellas se hacen repetitivas. Uno acaba reconociendo el patrón, prediciéndolo, y eso hace que de cierta manera tome ventaja. No siempre pasa, pero a veces se tiene suerte.

La mirada del hipnotizador saltó de uno a otro lado mientras Valentina permanecía cabizbaja tentando el estofado con el tenedor. Bebió un poco de agua y se halló con los ojos enormes del italiano, viéndola fijamente.

—Desde que mi compañero me habló de usted no he podido pensar en otra cosa —dijo—. Eso puede explicar mis pesadillas de los últimos dos días.

—¿Deberíamos hablar de esto justo antes de…? —intervino Jonathan.

—Está bien —dijo el hipnotizador.

Valentina suspiró.

—Jonathan tiene razón —dijo—. No se trata de pelear sino de ver aquello que he olvidado.

—Eso significa…

—Significa que está bien haber olvidado —dijo el hipnotizador—. Está un poco ansiosa. Y es completamente normal que esté ansiosa antes de una regresión.

Jonathan apagó una sonrisa efímera. Miró a Valentina y ella volvió sus ojos al estofado. Acabaron la cena conversando sobre la calidad del hotel, la diferencia de vivir en Roma y Nueva York, la comida y el clima, las siempre necesarias banalidades.

Fotografía / Getty Images

Ante la puerta de ingreso al estudio, cierta y desconocidamente tímida Valentina enfrentó a Jonathan con la mirada, como si este nunca hubiera abandonado los pensamientos que tenía en la mesa, desde Indicia Inc., desde hacía año y medio en Roma.

—No tengo que estar segura para hacerlo. Lo sabes, ¿es así? —dijo ella.

Jonathan se recogió de hombros, aceptando la futilidad de argumentar. No obstante, tras unos minutos, como un imperativo dijo:

—La verdad, creo que si lo escondiste, algo trae. Creo que la mente es la mejor herramienta que tenemos. Eso incluye la capacidad de olvidar aquello que parece que comúnmente no debería ser olvidado. ¿Te protege? No tengo la menor idea. ¡Quién soy yo para saberlo! Solo un espectador. Si fuera yo, y lo digo como un opinador, esperaría a que volviera en el momento, con la misma espontaneidad con que se marchó, para el instante preciso en que por su propia naturaleza deba regresar.

—¿Cómo saber, Jon, cuál es el momento exacto?

—Ese es el quid. Tu mente y la mía trabajan de formas distintas: tú tienes fe, yo racionalizo. Deberías apoyarte en lo que crees, no me hagas caso. Por muy poco lógicas que me resulten tus convicciones, estas pueden estar llevándote más allá del viaje que de otro modo no harías. Yo solo digo, y lo digo como un simple opinador. Sé que la decisión ya está tomada.

Valentina asintió y le dio las gracias. Atravesaron la puerta del estudio; Jonathan detrás de ella, y adentro sintieron un aire quieto y silencioso que parecía esperarles.

—Pónganse cómodos —dijo el hipnotizador, que disponía en orden varios objetos sobre una mesita. Le indicó a Jonathan un lugar junto a Jerome, en un sillón de tres puestos al fondo de la sala, replegado contra la pared. Al lado permanecía una de las dos lámparas encendidas en el recinto—. Señorita Cohen, siéntese usted aquí, por favor, en este sillón. Como ve se trata de tapicería grecorromana, filigranas muy antiguos. Hará que induzcan su mente en un estado de confianza en usted misma. ¿Ve los relieves? Los hizo un estudiante de la segunda generación de la escuela de Miguel Ángel.

Valentina lo miraba mientras él hablaba con la convicción de quien tiene un nuevo y buen producto en el mercado.

—Mi compañero me explicó que usted vino de Nueva York a resolver un caso con el comisionado de Atlanta.

Sus palabras, aunque justas, no surtieron el efecto deseado. El hipnotizador hizo una mueca dócil y continuó:

—Los primeros hipnotizadores de quienes se tiene registro son los babilónicos. Los dueños de la civilización. Lo hacían con animales. Así domaban a las bestias más difíciles: serpientes, águilas, cocodrilos… Les heredaron los egipcios, los griegos, los judíos.

Valentina, ya instalada en el sillón, buscó salvaguardarse en la mirada lejana de Jonathan, al otro extremo de la habitación. Él se hallaba en penumbras, pero una vez detectó el gesto de ella, parpadeó con sutileza, sabiendo que ella no lo vería. Tampoco era su intención seguirla distrayendo. Un frío de culpabilidad le recorrió el cuerpo con esta idea, como si aquel hubiera sido su objetivo subyacente durante todos los años que llevaban trabajando juntos. Si así fuera, ¿cómo hacerla volver al punto de partida?, se preguntó. Era imposible, por pura entropía. Una parte más consciente deseaba que ella arrastrara aquel proceso hasta las últimas consecuencias: todos debemos quitarnos el velo, pensó, aunque después haya que actuar y decidir por mera hipocresía y morbo. En serio: ¿para qué retractarse ya? ¿Para escapar con ello como una maldición moderna?

—Usted es el que sabe —dijo Valentina al hipnotizador.

Este la observó con curiosidad.

—Es una mujer inteligente, pero escéptica, lo cual me confunde un poco —dijo—. Si acaso habla por fe en Dios, el dios judeocristiano, ¿no cree que se trate de otra fuerza cósmica más? Sé que ese no es nuestro motivo de reunión esta noche, pero me intriga la estructura de su mente. No se asuste, ni más faltaba que esa fuera mi idea. No tengo las facultades para hacer tales modificaciones; no creo que tampoco los grandes magos y alquimistas de antaño la tuvieran. No tanto así la religión, que vaya uno a saber en qué misteriosas formas síquicas opera la mente del ser humano. En fin, lo que sea que hagamos aquí, téngalo por seguro, es usted la dueña y guía.

Dejó un silencio para las dudas, la intervención irracional o cualquier otro movimiento inoportuno que supusiera un argumento para darle pie a su discurso.

—Estoy lista —dijo Valentina.

—Muy bien.

—Creí que nunca iban a empezar —inquirió Jerome en voz baja.

—¿Te diviertes? —dijo Jonathan.

—Por eso me instalé en primera fila, pero los infomerciales se extendieron más de la cuenta. Ahora silencio, amigo, la función está a punto de empezar.

El metrónomo empezó su tic-tac mientras oscilaba de un lado a otro y las pupilas de los ojos cerrados de Valentina se movían debajo de los párpados. Las indicaciones del hipnotizador para ella habían sido sencillas: sentarse bien, cerrar los ojos, respirar hondo, concentrarse en los intervalos entre el sonido del metrónomo y el silencio, responder a las preguntas con la mayor precisión posible.

—Justo ahora se encuentra usted en medio del lobby del hotel Otomano —dijo el hipnotizador—. Dígame qué ve, quién está con usted, qué hace la gente a su alrededor.

—Hay varias personas. Jonathan está a mi lado. Todos están concentrados en sus quehaceres.

—¿Algo en especial?

—No comprendo lo que hablan entre ellos.

—¿Por qué está allí, señorita Cohen?

—No lo sé. Creo… vinimos a estudiar, creo.

—Dígame qué ve.

—Vamos por el pasillo.

—¿Sabe hacia dónde conduce?

Valentina no respondió al instante, se tomó unos segundos.

—Hay un botones que carga mi equipaje. Vamos a la suite. Espere. No. No es la suite. No es el hotel. Estoy en otro lugar, con menos luz, más extravagante, muy adornado.

—¿Reconoce ese lugar?

Negó moviendo la cabeza.

—Nunca había estado aquí antes.

—¿Qué ve?

—La entrada al Paraíso.

Silencio, ni siquiera el zumbido de la noche exterior.

—¿Qué ve?

—Una sala, es majestuosa, la entrada al reino. Todo está reluciente, el piso, las paredes, el techo. Es como estar en un palacio. Hay columnas enormes con surcos, del techo al suelo, van a lo largo del salón, proyectan sombras que se dividen. La luz es tenue, suficiente para contemplar y maravillarse con la pintura. Hay tanto color y vida aquí. Ángeles, querubines, arcángeles. Es el cielo.

El hipnotizador aprovechó una breve interrupción para mirar a Jonathan y a Jerome, silenciosos al rincón del cuarto. Dijo:

—Está en el Vaticano; la Stanza di Raffaello. Lei ha un gusto raffinato. Va nel coure.

—Interesante —dijo Jerome.

—Dudo que eso sea lo que tuvo que olvidar —dijo Jonathan.

—Ceremonias que van de lo terrenal a lo divino —continuó Valentina—. Batallas y esclavitud. Rebeliones, lecturas sagradas, coros entre el cielo y la tierra. Seres que alaban, hombres que entonan himnos al Todopoderoso. Cristo en su trono. Parnasos, Heliodoro expulsado del templo. Dios lleno de ira. Moisés y las tablas del monte Horeb. Constantino converso. Representaciones nítidas de hombres tocados por la mano de Yahveh. La virtud y la esperanza del papa que eligió al artista.

—El Renacimiento —dijo el hipnotizador— ha sido de las transfiguraciones más bellas de la humanidad. Obra de Dios o del hombre —dijo—, ¡qué importa si existe la virtud!

—Ella divaga —dijo Jerome.

—Es su manera de decirnos —dijo Jonathan.

—¿Señorita Cohen? —intervino el hipnotizador.

En el rostro de Valentina había surgido un gesto de inquietud.

—La luz se extingue —dijo ella—. Hay dos hombres de traje. Uno carga un atril y el otro una espada.

—¿Saben que está usted allí?

—No lo creo.

—Continúe.

—Estoy perdido —susurró Jerome.

—Todos lo estamos —dijo Jonathan.

—Hay otro hombre, va sin ropas, completamente desnudo —dijo Valentina—. Está de rodillas al pie de un altar. Lleva la cabeza inclinada, las manos a la espalda. Es un ritual. Un cardenal lo va a degollar.

—Solamente observe —dijo el hipnotizador—, no intente hacer nada; usted no puede hacer nada.

Valentina rompió a llorar antes de proferir nuevas descripciones, y no cesó de hacerlo durante al menos los siguientes veinte minutos, todavía con los ojos cerrados. Entonces el hipnotizador la despertó. Si bien tenía húmedas las mejillas, su expresión era de tranquilidad. Los miró a todos y se limpió el rostro con un pañuelo que el hipnotizador le ofreció.

—¿Se encuentra bien? —le preguntó, y ella asintió.

El jueves, en medio de una semana de mucho trabajo, Valentina asistió al Museo de Arte de Atlanta y allí, con cierta estupefacción anodina, se pasó más de una hora contemplando el rostro enjuto y liso de Rafael Sanzio. Se miraban el uno al otro como si se reclamaran aquel encuentro, con ojos soslayados pero prudentes. Jonathan Rice, instalado a espaldas de Valentina, cual observador celoso, un tanto impaciente puso su mano encima del hombro de ella, y solamente cuando dieron las seis de la tarde y alguien hizo sonar la campanilla, Valentina le respondió diciendo:

—No es lo que olvidé lo que realmente importa. Es aquello que fui a buscar esa tarde, lo que he estado buscando desde hace ya buen tiempo; con la mente y el corazón. ¿Es cierto que también en el corazón hay muchas neuronas, Jonathan?

—¿Intentas pensar como yo?

—¿De qué otro modo podría comprender?

—En ese caso, también en el estómago hay miles de neuronas.

Valentina aguardó un instante, se volvió a mirarlo. Dijo:

—¿Crees que estoy perdiendo mi fe?

—No conozco el sentido de esa palabra —respondió él—. Vamos —dijo—. Ya van a cerrar.