En las instalaciones psiquiátricas mismas a veces no es posible, por la cantidad de pacientes, separar a los que sufren enfermedades más complejas de los que tienen un TAB, un TAB II o una depresión clínica, lo cual crea una situación altamente estresante para los pacientes y para los mismos enfermeros y enfermeras.

bipolar

Por: Daniel Jiménez Cardona

 

Goodbye cruel world,
I’m leaving you today.
goodbye,
goodbye,
goodbye.
Goodbye, all you people,
there’s nothing you can say
to make me change my mind.
Goodbye
.

Pink Floyd

Algunos me conocen como el buen muchacho que obtenía excelentes notas en el colegio y en la universidad. Otros como el poeta invitado a uno que otro recital. Otros como el tipo engreído y solitario que se ufanaba de una especie de (falsa, por supuesto) superioridad intelectual. Algunos más, como un decidido defensor de los derechos del pueblo y activista estudiantil en movimientos de izquierda. Y otros más, creo que no me recuerdan ya, pues prácticamente no he vuelto a salir de mi casa. Todas estas “facetas” de mi vida tienen un punto en común: son, de una u otra manera, expresión de mi Trastorno Afectivo Bipolar (TAB) tipo II, en el cual predominan los episodios depresivos. Aunque sonrío y trato de ser amable con los demás, ya he intentado acabar con mi vida varias veces. Para bien o para mal, obviamente, nunca he consumado el hecho.

Otros no han tenido tanta suerte. El año pasado un joven estudiante se suicidó lanzándose desde el último piso de uno de los edificios de la Universidad Tecnológica de Pereira. Mi novia hizo lo propio ahorcándose en las instalaciones de la clínica que se suponía debía cuidar de ella y evitar que eso ocurriera. Y he sabido de uno u otro suicidio causado por la depresión, que en el caso de quienes sufrimos bipolaridad tipo II puede ser más fuerte y profunda que la depresión clínica tradicional o la padecida por pacientes con TAB tipo I.

No son casos aislados. Según el sitio web del Ministerio de Salud (ver), entre 2005 y 2014 hubo 18.336 casos de suicidio en el país. Las consecuencias para las familias que quedan atrás son devastadoras. Uno nunca deja de preguntarse por qué tuvo que darse el fatal evento y si hubo algo que uno podría haber hecho para evitar que ocurriera. Ni hablar de los hijos o de las madres, que al saber de la noticia preferirían que la tierra se abriera para tragárselos.

La depresión, en particular la depresión bipolar, no discrimina raza, cultura o clase social. Según lo registra la doctora Kay Redfield Jamison en su libro Una mente inquieta, grandes hombres de la historia de las letras y de la música, como Lord Byron y Robert Schumann, la padecían. También tenemos los casos de Virginia Woolf, Sylvia Plath, Alfonsina Storni y Alejandra Pizarnik, todos los cuales terminaron en suicidio. Tampoco tiene nada que ver con el éxito o la falta del mismo, pues es obvio que a estas artistas no les faltaba. Según los psiquiatras que he consultado y los libros que he leído, como el de Piedad Bonnett sobre su hijo, este trastorno es de origen genético y se ve “disparado” por algún suceso altamente estresante dentro del período que va de la adolescencia a la edad adulta temprana. Se pueden presentar, junto con los síntomas de soledad y alienación total del mundo externo, ataques de pánico, ansiedad y episodios psicóticos. Y vale aclarar que estos síntomas no significan que los pacientes hayan perdido la razón. Todo lo contrario, muchos de ellos presentan altos puntajes en las pruebas de coeficiente intelectual (con lo discutibles que esas pruebas puedan ser). No olvidemos, por ejemplo, la maravilla de los cuadros de Van Gogh a pesar de sus perturbaciones mentales.

Como paciente, mi visión con respecto a lo que ocurre en Colombia es bastante pesimista. En Pereira, para empezar, solo contamos con dos instituciones dedicadas exclusivamente a la salud mental: el Hospital Mental de Risaralda (HOMERIS) y el Instituto del Sistema Nervioso (existía el Instituto Pro Integración de la Salud Mental, IPIS, pero fue cerrado por motivos financieros). Y ambas están saturadas, lo cual lleva al paciente a una tortuosa espera cuando hay una urgencia, pues invariablemente la respuesta inicial de estas instituciones es que “no hay cama”. En las instalaciones psiquiátricas mismas a veces no es posible, por la cantidad de pacientes, separar a los que sufren enfermedades más complejas de los que tienen un TAB, un TAB II o una depresión clínica, lo cual crea una situación altamente estresante para los pacientes y para los mismos enfermeros y enfermeras. El personal médico hace todo lo que está a su alcance, hay que reconocerlo, pero no es suficiente, porque son muy pocos. Tener una cita con una psicóloga solamente cada mes o cada dos meses para que dure apenas 15 minutos es tan frustrante que, personalmente, decidí renunciar a ellas.

Una anotación más: hasta aquí he hablado apenas de lo que he visto. No quiero imaginarme lo que ocurre en ciudades más pobladas, como Cali, Medellín o Bogotá. Muchos habitantes de la calle, por ejemplo, sufren de enfermedades mentales sin diagnosticar ni mucho menos tratar adecuadamente. No parece que haya políticas públicas de salud mental que se quieran implementar para intervenir, mucho menos prevenir, los problemas de salud mental en un sentido amplio de la palabra y, en el caso de la depresión, la sociedad es cómplice de la lenta muerte de sus miembros, debido en particular a la muy extendida idea de que lo que le hace falta al paciente es “fuerza de voluntad”.

La mayoría de predicadores cristianos evangélicos han hecho mucho daño en este sentido, al quitarles o no suministrarles a los pacientes, como suele suceder en sus centros de rehabilitación para toxicómanos, los medicamentos prescritos por el respectivo psiquiatra. No hay control del Gobierno sobre este tipo de centros. Y en cuanto a las sustancias psicoactivas, la enfermedad mental o la depresión en particular es causa y efecto: si bien algunos las buscan con afán meramente recreacional, hay otros que ven en ellas una forma de automedicación para sus crisis depresivas o de ansiedad; por otra parte, los que cayeron por el afán de “recrearse” terminan con episodios de depresión y ansiedad una vez acabada la provisión de drogas, lo que los lleva a consumir más.

De modo que la depresión es un problema de salud pública y uno muy grave. Hay gente triste, sola, alienada y deprimida en medio de otra gente sumamente egoísta y centrada en sus propios placeres, los placeres de la sociedad de consumo. De los primeros, muchos optan por terminar con sus vidas, aislarse o hacerse daño, con lo cual pasan por un sufrimiento más allá de toda descripción posible. Otros eligen robar y matar a los segundos para poder obtener más drogas, en un ciclo que no parece tener final y que alimenta la inseguridad y la guerra, pues ya sabemos cuáles son los grupos armados que se benefician del narcotráfico, sobre todo de origen paramilitar.

Por último, ante este panorama y teniendo en cuenta que las estrategias anteriores de lucha contra las drogas claramente han fracasado, esto es, la llamada “Guerra contra las drogas” ha fallado, no podemos caer en la trampa de seguir creyendo que con más represión vamos a resolver el problema, porque un problema de salud no se resuelve a punta de metralla y “limpieza social”, como equivocadamente creen algunos sectores militaristas y de las élites colombianas (aunque no todos). Debemos enfrentar el asunto como un problema científico, de salud, quizás el problema más espinoso del postconflicto, pues la depresión y el narcotráfico, como hemos visto aquí, están claramente ligados.