El Caballero Víctor abrazó con sus manos ajadas el pote de fichas y las arrastró hacia él. El hombre calvo volvió a barajar el mazo. El Caballero Víctor organizó su fortuna en varias pilas, recibió la primera carta de manos del repartidor y sirvió vino a sus compañeros. Luego se levantó de su asiento para ir hasta un estante y sacar otra copa en la que vertió el licor.

El hombre era bajito y tenía el pelo blanco de canas. Dijo su nombre, pero Jonathan optó por llamarle Caballero Víctor. Foto / Getty Images

Por: Elbert Coes

El hotel Sahara tiene ocho pisos, su fachada es color marrón y de cristales polarizados. Se halla en frente del océano, y entre ellos media una playa provocativa. Alrededor hay otros hoteles iguales o más lujosos. Los botones visten de carmesí y dorado, lo cual combina con los muebles en un intento por evocar el desierto. De un lado de la recepción está el vestíbulo y del otro los comedores.

La sala del apartamento 512 estaba ocupada por un trío de sillas pequeñas y una mesita en el centro. La ventana con vista al océano tenía una cortina marrón y un velo que permitía el paso de la luz del día. La alcoba era colonial, con un sillón de cojines en una esquina, mientras que la cama estaba en el centro, al lado de la ventana, que también daba hacia el mar. Todo sobre una alfombra que parecía hecha a mano.

Valentina se echó a dormir en la cama y Jonathan salió a ver las posibilidades de acceso a los registros del hotel. Se sentó en un lugar del vestíbulo, y mientras observaba los movimientos de los recepcionistas, en otra silla, más o menos a tres metros, dos adultos hablaban tejidamente de un juego de póquer. No pasó mucho tiempo para que él les preguntara dónde y a qué hora se llevaría a cabo, cuáles eran los requisitos y cuántos jugadores habrían. Solamente tres hombres, respondió uno, cuatro si él estaba dispuesto a entrar con mil dólares.

El hombre era bajito y tenía el pelo blanco de canas. Dijo su nombre, pero Jonathan optó por llamarle Caballero Víctor. El juego sería en su apartamento, el 516. Este y su compañero se fueron a almorzar y una hora más tarde Jonathan lo encontró en el pasillo del quinto piso. Lo había estado atisbando desde la puerta entreabierta del 512, como un niño que espera impaciente su regalo de Nochebuena. El Caballero Víctor se apareció al salir del ascensor. Jonathan saltó a su encuentro y juntos caminaron hasta la puerta del 516. Entraron.

A los pocos minutos llegaron los otros dos hombres, entre los cincuenta y los sesenta, menores que el Caballero Víctor. Jugaron al póquer Holdem. Durante la primera media hora hubo un tira y jale entre todos, un vaivén que tanteaba el modo de juego de cada uno. Por la conversación, era evidente que los tres hombres ya se conocían, así que gran parte de las dos primeras horas ellos se dedicaron a hacerle preguntas a Jonathan: ¿De dónde era? ¿Cuál era su apellido? ¿Qué hacía en Charleston? En la siguiente hora Jonathan perdió más de la mitad de las fichas, y en la cuarta, ya entrada la noche, a pesar de que se había repuesto en algún momento del juego ganando dos partidas con Full House, perdió los mil doscientos que tenía en el bolsillo del saco, los mismos que esa mañana había querido entregarle a Valentina como pago adelantado.

Cuando salió del 516, Jonathan se sentía irritado y culpable, una vergüenza, sobre todo porque se había desenfocado, perdido cuatro horas durante las cuales pudo haber trabajado en el caso de Cristhina Grace. Valentina le abrió la puerta de la habitación con una expresión sombría en el rostro.

—¿Dónde andaba? —dijo— Le he estado buscando por todo el edificio.

—Jugaba al póquer —dijo Jonathan entrando al cuartico de baño de la sala. Se lavó las manos y la cara—. Tengo que ir a un cajero. Necesito dinero. Un anciano me quitó todo el efectivo que tenía.

—¿Cuánto?

—Mil doscientos.

—¿Gastó mil doscientos en un juego de póquer? Eso es realmente jodido. ¡Dios, es la mitad de la matrícula de James! En qué diablos piensan los ricos cuando gastan el dinero —lo miró mientras él se secaba las manos con una toalla—. ¡Pff! Estoy hablando con una pared.

—Tranquila —dijo Jonathan—, voy a recuperarlos. El tipo es un experto blofeando.

—No —protestó Valentina—. No va a jugar más, no irá por dinero a ningún lado.

Jonathan aflojó su expresión.

—Debo ir —dijo—. De todos modos no tenemos con qué pagar el hotel.

—Pagaremos con lo que yo tengo —dijo Valentina—. No sacará nada para gastarlo en un juego absurdo. ¡Ni siquiera sabe jugar! Le ganó un anciano.

—Oye, es mi dinero.

—No me importa. Y si vuelve a jugar ese juego me largo.

Valentina se había compadecido de él, tal vez porque le confesó que jugar al póquer era el modo en que intentaba curarse de la ausencia de Jerome —encarcelado—… Foto / Getty Images

No obstante, cuando Jonathan volvió al 506 Valentina iba con él. Al verlos parados en la puerta, el Caballero Víctor sonrió orgulloso y silbó con aire de victoria. No dijo nada. Dejó la puerta abierta y anduvo de regreso hasta la mesa en medio de la sala, donde reposaban los vestigios de la última partida: fichas, billetes, el sobre rasgado del dinero de Jonathan, varias copas y media botella de vino tinto.

—Caballero Víctor —dijo Jonathan—, ella es Valentina Cohen, mi compañera, y ha decido prestarme unos cuantos billetes de diez para mi revancha.

Valentina se había compadecido de él, tal vez porque le confesó que jugar al póquer era el modo en que intentaba curarse de la ausencia de Jerome —encarcelado—, de la caída de Indicia Inc. —liquidada—, de la muerte de Cristhina Grace —cuyo asesinato atribuían a Jerome Marshall—. Jonathan le prometió a Valentina que no bebería un trago más.

—Solo necesitamos trescientos —dijo Valentina—. Ni más ni menos.

—Tranquila —dijo Jonathan—. Voy a arruinar a este viejo. Caballero Víctor, caballeros, si se me permiten, entro de nuevo con trescientos.

—Íbamos a empezar una mano de quinientos —dijo el Caballero Víctor—. ¿No puedes conseguir doscientos más?

—Sí —dijo otro, un hombre calvo—, se ve que eres un crío rico.

—No tengo más —dijo Jonathan—. Además, la señorita Cohen no quiere que gaste más dinero del que dispusimos para este viaje —la miró y los miró a ellos—. Lo lamento señores, trescientos o nada.

—¿Qué dices, Jeff? —preguntó el Caballero Víctor al hombre calvo.

—¿Qué dice el señor Williams? —dijo el hombre calvo al otro, el más joven, un hippie.

—Lo que sea —dijo Williams—. Son solo trescientos. Esto será rápido.

Comenzaron a ordenar la mesa y el juego. El hombre calvo tomó la baraja y lo revolvió una y otra vez. El Caballero Víctor miró a Valentina de arriba abajo como si en mucho tiempo no hubiese visto a una mujer.

Sentado y dispuesto a tomar revancha, Jonathan se frotó las manos y extrajo del saco los trescientos que Valentina le había dado. El hombre calvo cambió el dinero por fichas.

Valentina se acercó con timidez. Tomó asiento al lado de Jonathan. El Caballero Víctor seguía mirándola. Ella parpadeó con una sonrisa. El hombre calvo repartió las cartas. Jonathan vio su mano: una K y un 3. El hombre calvo puso sobre la mesa una carta bocabajo y tres bocarriba: As de espada, K de corazones y 6 de diamantes. Los ojos del quinteto fijos en el juego abierto.

—Paso —dijo el hombre calvo.

El Caballero Víctor ni siquiera había levantado sus cartas. Apoyaba el codo sobre la mesa y el mentón sobre la palma de su mano izquierda.

—Solo tenemos esos trescientos —dijo Valentina—. Es media matrícula de la colegiatura de mi hermanito. Foto / Getty Images

—Voy cien —dijo, y puso en el centro dos fichas moradas.

—¿Qué crees? —preguntó Jonathan a Valentina, mostrándole la mano.

—No lo sé —dijo ella—. No tengo idea de lo que hacen. —Miró al caballero Víctor y dijo en voz baja: Pero él no ha visto sus cartas. ¿Eso es válido?

Las cartas del Caballero Víctor seguían bocabajo.

—Voy —dijo Jonathan, y puso dos fichas negras en el pote.

—También voy —dijo el hippie.

—Solo tenemos esos trescientos —dijo Valentina—. Es media matrícula de la colegiatura de mi hermanito. Con trescientos se puede una pagar un buen peinado más un arreglo de uñas, el regalo de San Valentín de mis padres y aun así me sobraría para ir al cine. Sobre todo, trescientos pueden ir a la cuenta familiar para el primer semestre de James en la universidad estatal.

—No voy —dijo el hombre calvo, y lanzó las cartas bocabajo a un lado de la mesa. Puso otra carta bocabajo y abrió otra más junto a la hilera de las primeras tres destapadas—. Turn —dijo.

As de corazón.

—Sus cartas no se parecen a esas —dijo Valentina—. Va mal, Rice. Haga algo.

El Caballero Víctor contempló el juego de la mesa, miró sus cartas y dijo sonriente:

—Cien más.

—Si él va ganando —dijo Valentina al oído de Jonathan—, y el otro también va ganando, y todos no pueden ganar, usted debe hacer los mismo que acaba de hacer él, Rice: no jugar más. No vaya.

—Debería —dijo Jonathan.

—Ellos van ganando. Tiene que sacar los cien que puso porque ellos van ganando.

Jonathan frunció el ceño.

—No puedo sacar los cien —dijo—. O voy y pierdo o gano, o me retiro y pierdo los ciento veinte que he apostado.

—Dios me va a castigar —dijo Valentina, consternada—. No pierda esos ciento ochenta.

Jonathan puso las cartas bocabajo, encima de las que había abandonado el hombre calvo.

—No voy —dijo.

—Pago —dijo el hippie.

—Bien —dijo el hombre calvo—, quinientos ochenta en el pote. Y aquí viene el River.

Puso otra carta bocabajo a un lado de la mesa y otra abierta junto a las cuatro cartas del juego. La siguiente correspondió a una Q de espadas. El Caballero Víctor puso el resto de sus fichas junto al pote de la apuesta.

—Voy todo —dijo.

Las miradas sobre el hippie, esperando su reacción. Este alzó la cara, se sirvió vino y tomó un trago con toda tranquilidad. Miró un instante a su contrincante.

—No voy —dijo, y arrojó las cartas.

El Caballero Víctor abrazó con sus manos ajadas el pote de fichas y las arrastró hacia él. El hombre calvo volvió a barajar el mazo. El Caballero Víctor organizó su fortuna en varias pilas, recibió la primera carta de manos del repartidor y sirvió vino a sus compañeros. Luego se levantó de su asiento para ir hasta un estante y sacar otra copa en la que vertió el licor. Llegó hasta Valentina y se la ofreció:

—Señorita.

—Oh, caballero —dijo Valentina—, es usted muy amable.

El viejo hizo un ademán con la cabeza. Jonathan lo siguió con la mirada hasta que el adulto retomó su asiento. Ahora cada uno atendía su nuevo par de naipes. En el centro de la mesa había una ficha de color azul y tres amarillas. Salvo el Caballero Víctor, todos añadieron al pote, de derecha a izquierda, cada uno otra ficha amarilla. La mano de Jonathan era 9 de trébol y 10 de diamante. El hombre calvo puso las tres cartas bocarriba: 7 y 8 de diamantes y As de espadas. El hombre calvó dio un hondo suspiro y se reclinó en el asiento.

—Voy cien —dijo el Caballero Víctor.

—Vamos, Frank, no seas así —dijo el hombre calvo.

—Es mi juego, Jeff.

—Rice —dijo Valentina—. Nos podemos arreglar con lo que le queda. ¿Cuánto? ¿ciento cincuenta?, ¿ciento sesenta?

Los tres hombres la miraron divertidos.

—No se puede retirar en medio de un juego, señorita —dijo el Caballero Víctor—. A menos que decida perderlo todo.

Jonathan levantó la cara y miró al hombre hippie, después al Caballero Víctor cuya mirada estaba puesta sobre la angustiada Valentina.

—Rice —insistió ella.

—No puedo retirarme —dijo Jonathan, con evidente frustración—. Como dice el Caballero Víctor: o pierdo todo o gano, pero no puedo retirarme antes que el juego acabe. Voy los cien.

—Voy todo —dijo el hippie.

—No voy —dijo el hombre calvo y soltó sus cartas—. Muy bien —dijo—. ¡Turn! —Puso la cuarta carta encima de la mesa: J de trébol—. ¿Y bien, señoritas?

El Caballero Víctor miró a Valentina, luego a Jonathan, y preguntó:

—¿Cuánto te queda en fichas, hijo?

—Sesenta, Caballero Víctor.

—Bien, voy los restos de este muchacho —dijo, y puso en el pote cuatro fichas amarillas y una azul—. Emm… —balbuceo; había abierto la boca para decir algo y se arrepintió. Luego se llenó de valor—. Voy a subir todas mis fichas si a tus sesenta le encimas algo más. Eso no está en las reglas del juego, pero tú y yo somos dos hombres con grandes cojones. ¿Qué le encimas a la apuesta de este hombre viejo y barrigón?

Miraba a Valentina con enormes ojos.

—No sé si pueda —dijo Jonathan—. La señorita Cohen me hizo jurar que solo jugaría trescientos. Si le encimo mi Gauthier o mi billetera, que para usted no significan mucho, no le va a gustar.

—Tienes razón, hijo —dijo el Caballero Víctor—. Para un hombre como yo no habría nada mejor que…

Valentina y Jonathan se miraron.

—Nada mejor que —continuó el viejo—. Una compañía femenina y joven para esta noche.

Jonathan parpadeó dos veces, sonrió hinchando los pómulos, y un momento después acabó soltando una carcajada, ja, ja, ja, ja, ja. Rio largo rato, ja, ja, ja, ja, ja, tanto que lloró. Valentina también reía, ja, ja, ja, ja, ja, seguramente de contagio.

—Es usted un viejo pillo —dijo Jonathan, señalándole y agitando la cabeza todavía con la risa latente, ja, ja, ja—. Qué divertido. Hacía tiempo no reía tanto. Voy sus sesenta, Todo.

El viejo volvió su atención al juego y ni siquiera se resistió al modo de rechazo. Solo sonrió parcamente.

—Saque la última carta —dijo.

El River fue un 9 de corazones. El Caballero Víctor, cuya irritación trataba de esconder, rascó con las uñas de dos dedos las hebras blancas de su cabeza.

—Trío de As —dijo exhibiendo un par de As.

—Escalera —dijo Jonathan mostrando sus cartas, y con la risa aun recorriéndole el cuerpo, arrastró hacia él el pote, ja, ja, ja.

—¿Cuánto tiene, Rice? —preguntó Valentina.

—Cuatrocientos cuarenta.

—¿No se puede retirar?

—No te preocupes —dijo Jonathan—, esta vez voy a ganar.