¡Ey! ¡Viajero! Quién será esa mujer que recorrerá por cada una de tus viejas habitaciones; quién quitará las sábanas que cubiertas de polvo daban testimonio del olvido; de las soledades que impedían tu gozo y el regocijo en posibles tierras nuevas. 

Mujer desnuda durmiendo. Óleo sobre lienzo, Henry Yan.

Mujer desnuda durmiendo. Óleo sobre lienzo, Henry Yan.

 

Por: Jhonattan Arredondo Grisales

 

“Concededme un verano, sólo uno, oh poderosas!

  Y un otoño en que pueda mi canto madurar;

sólo de esa manera, saciado en tan dulces

juegos, el corazón aceptará su muerte”

Friedrich Hölderlin

 

¡Ay corazón! ¡Corazoncito! ¡Cómo resuenan tus latidos en mi pecho! ¡Saltan! ¡Dan pequeños brinquitos emocionados! Es tu alma que desborda de alegría cuando se aproxima tu amada; cuando sabes con plena certeza que el sol del amanecer, como el sol del ocaso, corren con la misma suerte. Al parecer, es la esperanza que navega de nuevo sobre este mar de las ilusiones. Pero, ¿quién es tu amada? Quién caminará por tus senderos; por esos valles cubiertos de niebla y de silencios desventurados. Quién será la musa, la diosa a la que cante tu espíritu vagabundo, errante. Quién más que la soledad; esa costra en la que murmura el silencio. Quién puede transitar por esa ciudad fenicia en la que hoy solo hay ruinas.

Tú, viajero incansable que te sumerges en las inmensas olas del delirio y en los sueños difusos de los navegantes, responde a mi pregunta: ¿quién es tu amada? Quién será la causante de ese eco que retumbará hasta en el cielo; allá, donde danzan las golondrinas, donde los colibrís beben del néctar de los dioses y donde la lluvia se convierte en música para las almas de los hombres.

¡Ey! ¡Viajero! Quién será esa mujer que recorrerá por cada una de tus viejas habitaciones; quién quitará las sábanas que cubiertas de polvo daban testimonio del olvido; de las soledades que impedían tu gozo y el regocijo en posibles tierras nuevas. Quién será tu amante; tú cómplice en las largas noches de insomnio. Noches de lunas celosas y hambrientas; veladas con cielos constelados. Noches de versos variopintos y de canciones con acordes inolvidables. Quién será la portadora de tu cielo, de tu norte y de tu insensatez; de ese amor desmedido y sin condiciones. Quién arribará en tus soleadas playas donde el deseo y la pasión maduran con la brisa; allí, donde se ocultan tus más bellos tesoros.

 

Mira tu pálpito: es acelerado y tembloroso; se nota que tu amada se encuentra cerca, muy lejos de la distancia que hiere y que mata. ¡Sí! Se encuentra cerca, tan cerca como para que quieras salir de mi pecho: esa cárcel que te impide salir volando hacia ella, hacia tu lucero titilante. Sin embargo, sigues deambulando por las calles del misterio sin dejarme ver su rostro, ¿por qué no permites que la vea?, ¿acaso estás enamorado de un recuerdo, de una muda y sorda sombra? Si no es así, por qué callas, por qué permaneces en silencio mientras los relojes incesantes anuncian nuestra muerte.

Tú, viajero solitario, inspiración para los poetas y verdugo innato para los bellos rosales, por favor escucha y atiende a mi súplica. Además, la desazón del desamparo y el temor al abandono me reclaman por tu insensata osadía; por esa manera tan singular para advertir a los enigmas de lo incierto.

Dime, ¡necio y arrogante!, quién nos llevará por ese viaje del amor… ¡ah, el amor!, ese campo tan vertiginoso y turbulento para los hombres. ¡El amor! Ese regalo destinado para atormentar a nuestros miedos; porque no hay miedo más profundo y muerte más ligera que el amor mismo. Dame una señal, una pista de su paradero; ya sé que se encuentra cerca, pero dime quién es, rápido; pues queda poco tiempo y bien sabes que el tiempo no permite pausas.

No dices nada, no pronuncias ni una sola palabra. Solo escucho el mismo sonido de siempre, ese tun-tun que no para y que, por consiguiente, te hace parecer a un frío y despiadado reloj. Nada más. Permaneces en silencio mientras me pierdo en la ignominia, mientras escucho con deleite y con encanto a tu música; esa cancioncita que con solo dos notas me mantiene vivo. Musiquita que nos acompañará hasta nuestro último suspiro, hasta que en la iglesia, en nuestro honor, se escuchen repicar a las campanas.