Publicamos este texto ganador del Concurso regional de cuento del Inpec, que cubre los departamentos de Caldas, Quindío, Tolima y Risaralda. En él se recrea un domingo de visita en las cárceles, día en el que solo pueden ingresar mujeres y menores de edad.

carcel 2

Por: Wilmar Vera Zapata

–          Ya debería haber entrado, ¿Qué pasará?

Norman mira por milésima vez en un minuto la entrada del patio, y nada. Bebiendo angustias con la mirada, otras mujeres cargadas con paquetes de comida casera, utensilios de aseo y algo de ropa desfilan en este domingo de visita. Hace ya 40 minutos que la esposa del “Doctor Mata” llegó y ella no aparece.

“Ella”, piensa Norman, su nombre suena a sacrilegio en su boca desdentada y su imagen evoca los sentimientos más nobles de un corazón cansado de mil puertos de amores furtivos, pieles compradas y caricias por encargo. A sus 66 años siente como un cactus que en medio del desierto recibe la lluvia de una esperanza reverdecedora. “Hay un poema para eso, piensa él, ah, no me acuerdo… ¡esta memoria mía!”.

La neblina que milagrosamente había bajado al patio uno como suave guante de color blanco sucio, dio paso a un sol que tímido primero, furioso después, calentaba “parches” y mentes por igual. El suyo estaba listo desde el jueves: colchón prestado, mullido, sábana de flores amarillas, límpido; almohada de retazos de espuma, impoluta; corazón anhelante. Todo, las tres gaseosas variadas, tres jugos de colores vivaces y una amplia dotación de mecato (papitas saborizadas a limón, chocolatinas y un paquete de galletas dulces) completaban el curioso picnic carcelario. Por todo lo instalado, Norman daba la impresión de que esperaba el complemento de una cita. ¿Amorosa?, Norman sonrió ante la ocurrencia. No. Claro que no, Todavía no.

Otros ya disfrutan de la visita familiar femenina dominical. Parches menos elaborados, se esparcían por el patio, dándole un colorido ambiente de bazar. Los techos para impedir el fuerte sol se mecían como horizontales banderas en un trancón de alfombras árabes voladoras. No obstante, Norman está seguro de que el suyo, rubí brillante entre simples piedras, era el mejor.

carcel 1El Zarco piensa lo contrario. Con la confianza de un corredor de fórmula uno, hace lo que más le gusta en un día como estos de abundantes féminas: exhibirse. Enfundado en una camisa rojiza de cuadros, prestada; un gastado bluyín que conoció mejores días y tenis verdes de amplia suela, chiviados, perfumaba la gris pasarela del patio esparciendo el dulzón aroma de Blure envasado en frasquitos de $6.000. También espera, pero sin tanto afán, ya que como buen cazador sabe que a la presa no hay que buscarla, ella llega sola, engañada u obnubilada por el mejor ejemplar macho de esta aprisionada manada.

Norman cree ver un rayo de luz que anuncia la llegada. Por fin, con paso pomposo, radiante, pletórica, cruza con su mística presencia de diosa terrenal la reja de acceso al patio.

“Bella cual primavera, cruza por

Mi vida y mi corazón como un

dulce puñal que me alegra”

 A toda hora Norman compone versos, poemas y cuentos, incluso cuando sueña su musa no lo deja descansar refrendando en cada línea que escribe el apodo ganado con sudor y tinta: “El Escritor”. Él lo sabe  y hoy “ella”, la innombrable, la sacra, la diana a la que desea que arriben sin prisa todas sus saetas, conocerá en un pequeño texto rosado que guarda en la camisa, arrugada como el paisaje del Quindío , su trascendental papel como musa del poeta.

Corre a ella sintiendo pisar pétalos de rosas y adivinando su suave aroma de Ebel. Ella, sin que los burdos recipientes de comida casera o las bolsas con mundanos jabones y rollos de papel higiénico le merman brillo, santidad, boato, le correspondió con una sonrisa el abrazo de peregrino ante su salvador que Norman le prodiga. Siente sus brazos aligerarse y por un segundo cree que es la reacción cósmica del encuentro de dos almas gemelas llamadas para estar como la Tierra y la Luna vinculadas.

–          ¿Qué más, bebé? Casi que no llegas, nos tenías preocupados ¿Cierto poeta? El acento valluno con sus finales cantados y la falsa sonrisa de hierba exacerba al escritor de poemas. El Zarco entra en su tablero de ajedrez donde no cabía ni había sido invitado, esperanzado en darle mate a este viejo rey.

Más de 170 reos y 80 visitantes atestan el patio como una manifestación estancada. Norman se sienta como en un picnic, solo que en lugar de mosquitos inoportunos una miríada  de gallinazos interrumpía una charla que él esperaba fuera intima.

–          ¿Te conté que me quedé sin trabajo?, claro; ¿cómo? Si llevo varias semanas sin venir (Norman mira su boca pequeña de cuadro renacentista; sus ojos miel que hacen más dulce e intensa la mirada y unos dientecitos de ratoncito que le dan un toque salvaje a tanta belleza; era una belleza en verdad, piensa)

¡Qué belleza!, dijo en voz alta.

–          ¿El perro muerto? ¿Cómo así? (mierda, se dijo Norman, sigo pensando en voz alta. No comprendía en qué momento de la conversación apareció un perro muerto). Antes de volver a dar un paso en falso y destruir esta cita tantas veces acariciada en la penumbra de la celda, saca el papelito rosado del bolsillo y le dice con la mirada pícara de un niño travieso.

–          Te escribí algo, ¿sabías? Me inspiré anoche, emocionado por tu visita. Norman se sintió orgulloso por haberle dicho eso. En la vida no fue afortunado con el sexo débil, pero en los ocho años de prisión y con una pequeña biblioteca a su disposición, sintió que era el momento de que en el gran libro de la letra universal, él, un reo condenado por narcotráfico y casi analfabeto, escribiera su verso inspirado. Todas las almas sensibles tienen una oportunidad en la vida para arañar la inmortalidad.

–          ¿Sí? ¡qué maravilla!, y los colores se le subieron al rostro. Me encantaría leerlo… no, mejor léemelo vos porque así se siente más emocionante, ¿cierto? La petición toma por sorpresa a Norman, aquella idea no la había pensado y considera que es la ocasión para que la fecha de su propuesta de amor llegue directa a la diana de su corazón. Recuerda a Roxana, a Julieta, a Eloísa, todas ellas heroínas de la pasión que antes de entregar sus cuerpos abrieron los oídos como antesala de la carnal conjucion.

Tratando de esconder el temblor de las manos,  la hoja fue desdoblando y un tímido rayo solar ilumina el patio. Norman interpreta eso como un guiño de Cupido para derretir cualquier escarcha que impidiera llegar al alma y con voz suave recita.

 “Ángel de esculpida figura,

Do maestral artista no pudo

Ni en sueños tallar”

–          Hola, bebé, ¿qué más?

De nuevo la chillona presencia del Zarco rompe el frágil equilibrio y concentración alcanzados, como una patada mientras se duerme.

–          No, aquí oyendo algo que …

–          No, nada importante, apresura Norman, mirándolo con tanta rabia que el Zarco la nota y más lo envalentona. En algunos los ojos claros le imprimen a su propietario o propietaria, una belleza que la distancia del común de las personas, pero en el Zarco, definitivamente, piensa Norman, eran un completo desperdicio. “Estamos ocupados, ¿no ves?”. La voz de Norman era áspera como papel de lija y él mismo se percató del tono amenazante. Y le gustó.

–          Pero si estamos charlando los tres bien rico, ¿cierto Angelita?, “ángel de mi corazón”… ¿Qué es eso?, y le arrebata el papel de las manos.

–          Presta para acá, no seas igualado, hombre.

–          Uy, ¡un poema!, ¡que lindo!

–          Ay, no peleen por favor.

Norman y el Zarco parecen dos niños tratando de quitarse el juguete que alegra el corazón. Algunas visitas voltean  a mirarlos con curiosidad y hasta piensan que es un juego de parejas. El Zarco se levanta y con un falsete en la voz se dispone a declamar a todo pulmón.

–          Dame eso, ¡malparido!, la orden suena clara, directa, dura, como un trueno en un día soleado.

Los ojos del Zarco parecen más grandes y burlescos. Su rostro se le antoja de buitre y Norman su carnada:

–          Muchachos, por favor, ¿qué es eso? La actitud de Ángela es mediadora y su mirada de miel estaba más húmeda, como presa de un dolor. Arremolinados, los curiosos se acercan con la esperanza de que una pelea le diera picante a esta rutinaria visita.

El Pluma, el encargado del patio, se suma al grupo y de forma “caballerosa” les recuerda que están en un día especial:

–          Haber, par de hijueputas, se calman o les damos cobija, no ven que estamos en visita, malparidos. Y a cada uno les dio un pescozón que les bajó la temperatura.

–          Yo estaba aquí tranquilo con mi visita y este llegó a joderme, argumenta Norman.

–          ¿Cuál? Ella también es amiga mía y estábamos conversando sin problema, es que este viejo es muy aletoso, que porque se la pasa escribiendo me va a menospreciar.

–          No joda, deje de decir estupideces, igualado.

–          ¿Sí ve? Yo estoy tranquilo. Más bien él está cabreado porque Angelita se quiere quedar conversando conmigo y él no tiene oportunidad con ella.

–          ¡Mentís chandoso! La frase le suena ridícula, pero Norman considera que es la mejor definición del Zarco.

No se dan cuenta, pero el ajetreo espanta a Ángela, que enemiga de la excesiva atención, se escabulle como la saeta al pez. Creía que visitar a un amigo en la cárcel hacía parte de su papel como buena samaritana y saberse la mujer más bella entre las visitas femeninas del patio de “violos” un honor pesado de cargar.

La discusión se centra en el respeto que se debe tener por la visita, en especial la de niños y la de mujeres. Que deben guardar compostura y tener siempre presente que uno no se puede meter donde no lo invitaron.

–          Esperen que termine la visita y solucionan el problema, ¿me entendieron? El Pluma, un hombre grande, negro y ancho como una nevera quemada le apunta a cada uno con el dedo, satisfecho de que su presencia en el curso de teología carcelaria lo hacía tan sabio como Salomón a la hora de impartir justicia.

–          ¿Y Ángela?

Por varios minutos la había olvidado y ahora caía en cuenta que ya no estaba en el parche. Mira con angustia, como un náufrago oteando la angustia de un horizonte vacío, y no la reconoce entre los presos y sus visitas. De pronto un reflejo la hace destacar en la reja, hablando con un guardia y éste buscando la llave de su bolsillo para sacarla del patio.

–          Ángela ¿qué haces?

–          Me voy, no quiero que te metas en problemas.

–          No, estoy bien, es una tontería.

–          Mira, Norman, te quiero decir que a lo mejor me demore para volver, mi mamá está enferma y tengo que cuidarla.

Norman no le da crédito a lo que oye. Ahora que está decidido no puede permitir que ella se vaya. ¿Pero no es lo normal? En la literatura, las historias de amores frustrados abundan, porque ni en la fantasía los hombres se salvan del dolor. Norman no quería eso.

–          Que estés bien, Norman, cuídate… nos vemos. Cruza la reja, el guardia le revisa el sello del antebrazo y sin que se diera cuenta la vio desaparecer como quien ve esfumarse la esperanza. Patea la reja y se maldice por tanta torpeza. Siente que el amor le pasa una cuenta de cobro cuando no tiene crédito y es su última oportunidad para sentirse joven, pleno, amado. Y amar.

–          ¿Acaso no tengo derecho a ser feliz? Le pregunta a un cielo limpio de nubes, que cuelga como una carpa azul. De pronto lo ve. Es el responsable de esta frustración, de que el tren no solo lo dejara sino que lo atropellara destruyéndole el corazón. Ahí está él, concentrado, leyendo una hoja rosada, con una mueca de burla en su asqueroso rostro. Y siente que Romeo, el maese Abelardo, el Dante, Cyrano de Bergerac y los héroes de sus novelas leídas y por leer, se concentran en su puño, que se vuelve pesado y duro como una piedra justiciera.

–          Eh, Zarco, grita Norman, con toda su fuerza.

El guardia, adormilado, demora unos cuantos segundos antes de oprimir la alarma y el celular vuela como ave de mal agüero, el domingo de visita.