En aquellos tiempos

Era un hombre recio de esos que estaban fundando pueblos y abriendo civilizaciones a golpe de hachas y espíritu que pretende dominar a la naturaleza, buscando eso que en las contabilidades deja ganancias y en los políticos la posibilidad de votos y tierra, también llamado dizque progreso.

 

Por: Wilmar Vera

Ilustraciones: Conrado Barrera  

 

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Hipólito dejó la totuma vacía y repaso el espeso bigote con la punta más larga de su raída ruana de color indefinido. Llevaba horas dicharacheando y el vapor agridulce ya le estaba tomando por asalto el cerebro.

— Compadre, vos si sos bien  bruto – le dijo a su interlocutor. Un sujeto que parecía, con su pelo negro lacio peinado hacia atrás, el bigote y las patillas largas y tupidas a la moda, sus gestos toscos y campechanos, como si le estuviera hablando a un espejo. A su alrededor otra veintena de sujetos similares, copias de una copia de un original ya perdido en los barrizales  y el polvo de los caminos recién abiertos y robados a la manigua y la selva –A las mujeres compadre, hay que llegarles suavecito, como a una danta o a una guagua, porque si le llega de frente como un galgo en faena, no hace sino espantarla, aprenda para que vea, como le digo, pues.

Una sonrisa cómplice brilló en sus desdentadas bocas y rostros prematuramente envejecidos por la faena diaria de peón y aserrador. De repente la puerta del bohío fue abierta por otro parroquiano que venía a borrar sus penurias en la fonda caminera y una lengua de aire lamió las velas, que con su flama danzarina, hizo mil sombras chinescas en las rústicas paredes de la construcción.

—Oíste, Hipólito, ¿vos sabés qué le pasa a Victoriano que está como bobo, como sonso desde hace tanto rato? Cada vez que me encuentro con él en el pueblo o en la trocha lo veo hablando solo y no le entiendo ni lo que dice.

Hipólito bajó los ojos como quien guarda un dolor propio o una vergüenza ajena  que no quiere expresar pero se ve obligado a ello. Acerca la cabeza a la del interlocutor, a secretearse aunque está convencido de que a nadie le importan  sus particulares cuitas y cuchicheos.

“Hace unos cinco meses, antes del toque de queda, Victoriano salió de su rancho  a cazar un tigrillo  que le estaba diezmando las vaquitas  y los terneritos allá en la finca. Esto me lo contó él mismo, una noche así como esta, en la fonda de Pueblo escondido, tomándonos unos guaritos  de alambique.

Salí con Júpiter, mi mejor perro cazador, a los límites de la Asomadera, donde estaba seguro que el bendito tigrillo tenía su guarida, porque a las vaquitas me las había atacado más de uno, eso es seguro por las mordidas que tenía, toda destripadita que me la dejaron. Salí bien tempranito con mi carabina, esa misma que me quedó luego de la guerra de mi general José Ilario,  ¿te acordás?

Júpter cogió rápido el rastro y daba cabriolas levantando el hocico y mirándome como reclamando porque me demoraba en cogerle el paso, deshilando un hilo invisible, así es de inteligente mi canchosito. Caminamos más de dos tabacos y medio, bien metidos en la manigua tupida, como una noche llenita de esmeraldas titilantes. El aire olía a alhelí y borrachero, de pronto, mi perro empezó a ladrar y a correr como el mismísimo Patas y yo creí que había visto a la madremonte o al mohán, pero por dentro sabía que era ese maldingo tigrillo.

Salí detrás, corriendo para no perderlo de vista, sin tener en cuenta que mi carabina se enredaba y en una de  esas me frenó y tumbó de cabezas  contra el piso lleno de raíces, piedras y hojarasca. Me di tan duro que perdí el conocimiento.

¿Cuánto tiempo duré así? No tengo ni idea. Abrí los ojos y lo primero que vi fue el copete de las palmeras  como estrellas mirándome indiferentes Júpiter no estaba por ningún lado  y había un olor picante que me restregaba la nariz como incienso en plena Semana Santa, pero era desagradable. Me toqué la base de la cabeza y tenía unas gotas de sangre  y me dolía peor que el más crudo guayabo, parecía una pelea de gallos en la testa. Me levanté buscando a Cerro Tusa para orientarme pero no veía nada y apenas salí de los matorrales quede más petrificado que la imagen de la Dolorosa.

 

EnAquellosTiempos02

Me asusté con lo que mis ojos descubrieron: Una mancha naranjada y gris regada en todo el valle, con cajas que a la distancia parecían a las que usa misia Rosita para guardar sus miriñaques, chilenas y corsés, pero altos casi hasta el cielo. Un bramido de rio embravecido o de animal encerrado llenaba todo el sitio y hasta unas nubes  grises, feas, como una espada a punto de caer, se balanceaba sin decidir si quedarse o irse. Y el aire quemaba como si estuviera en el correr  del mismísimo Averno, compadrito.

Para que le voy a negar, salí corriendo y me topé con una cosa rarísima, como un rio seco y plano, un camino creo yo que se perdía en ambas puntas por el horizonte, sin que se le viera principio o final. “Virgencita, ¡me morí!, estoy en el infierno”, pensé y justo en ese momento me salió una bestia, para Chuchito lindo  que si era un animal que se escapó de la paila mocha, porque se acercó a mí a la velocidad de un rayo y lo único que hice fue orinarme del terror. Esa bestia no me mordió  pero me pasó cerquita, pegadito, sintiendo su piel suave y caliente como la plancha de carbón de la Otilia, la lavandera. Se movió como un gato cuando esquiva una pedrada y por mi santa madrecita que está en el cielo que sentí que me habló, así patentico como lo oigo a usted, compadrito. ¿Qué me dijo? Eso es lo más raro: “quitate; hijueputa borracho”, así, en cristiano.

No sé cómo no me morí. Le juro que grite y me tiré por el monte como perseguido por un demonio hasta que llegué a un rio que detuvo el camino. Resoplando como el tren, me calmé un poco y me acerqué a tomar un poco de agua. Pero todo estaba sucio y olía a mortecina fétida. Había moscas por doquier y lleno de cosas extrañas, parecían carnadas abandonadas. Nada de lo que vi le  entendí su utilidad: una rueda gigante como un perro obscuro con un hueco en la mitad, tela transparente como vidrio delgadito y chiros que estaban  empantanados y raidos. Incluso encontré  una muñequita toda rosada  como piel herida, de pelito mono y sin manitos, algo que nunca había llegado a ver en la vida.

El agua estaba sucia, como después de una borrasca en la Cristalera y cuando la probé trasboqué hasta la misma leche materna. Grité buscando a Júpiter  pero nada respondía, así que me animé a correr hasta el rio seco otra vez dispuesto a matar alguna de esas bestias con la carabina. Bien parapetado vi que se acercaba una persona que no caminaba si no que cabalgaba en un animal sin patas, solo dos ruedas, una detrás de la otra, no como en las carretas o berlinas, y tenía un sombrero brillante que le tapaba  hasta los ojos  y la boca.

Me le tiré encima apenas estuvo cerquita apuntándole con mi arma. Cuando me vio, lanzó un bramido como de toro rabioso y no se cómo pero me golpeó antes de que yo le disparara, con lo que caí otra vez de espaldas y el fogonazo salió persiguiendo a las nubes. Quedé como hoja en plena ventisca, desmayado”.

—¿Y qué pasó?

—Nadie sabe compadrito. Lo encontraron a media legua de la quebrada de Charrascal, tirada mirando al cielo, con Júpiter latiéndole en la oreja y aullando triste, por eso lo hallaron.

Hipólito se enderezó  por fin y acomodó  su afilado fundillo en los costales de maíz que estaba sentado. Se atusó los bigotes y las patillas, muy a la moda traída desde Europa. El silencio conclusivo dejaba más inquietudes flotando como moscas de todos los colores. Victoriano siempre había  sido considerado  un buen peón  y excelente arriero. Por los caminos reales se desenvolvía con naturalidad al mando de su recua y no había trabajo que le quedara grande. Incluso con su tiple y afinada voz era la delicia de aserradores en cuanta fonda había  en las dos puntas del Camino Nacional, por allá al sur. Era un hombre recio de esos que estaban fundando pueblos y abriendo civilizaciones a golpe de hachas y espíritu que pretende dominar a la naturaleza, buscando eso que en las contabilidades deja ganancias y en los políticos la posibilidad de votos y tierra, también llamado dizque progreso.

—¿Otra puchada compadre?

—Ya no más, la virgen le pague, pero debo ir a donde Tiburcio y vos sabés que a él le gusta emborrachar a los peones para pagarles   menos y yo no me voy a dejar, claro que no.

Los dos amigos se despidieron y cada uno siguió sus vidas atareadas  que, cual ríos, se separan para esperar en qué lejana curva se volverían a cruzar.  No hablaron más del curioso asunto de Victoriano varios meses después cuando, al son de tiples en una casa de mala reputación, pero con buenas razones  para olvidar sus miserables vidas, calmaron las ansias de sus cuerpos y alegraron sus almas.    

Nadie le creyó a victoriano  esos cuentos de cajas altas hasta el cielo y monstruos de metal que habían y menos aún cuando les exhibía  la muñequita que, decían muchos santiguándose y alejándose ipso facto, era un verdadero vestigio del reino infernal. Todas estas historias que circularon por aquellos caminos lubricados con licor, adobados con mentiras y que duraban lo que tardaba un trueno  en sonar, quedaron sepultados   para siempre  bajo el espeso polvo, de eso que hoy llaman progreso.

 

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Este cuento ocupó el segundo lugar en el Concurso regional de cuento del Inpec.