José Manuel Arango (1937-2002) poeta y traductor antioqueño. Cursó estudios de filosofía en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia. Fue Cofundador y coeditor de las revistas Acuarimántima y Poesía, de Medellín, eImago de Copacabana. Su poesía, de raigambre simbolista, trasciende la mirada simplificadora de la costumbre. Ha publicado Este lugar de la noche (1973), Signos (1978) y Cantiga (1987). Como traductor, publicó en 1991 un volumen con versiones de Walt Whitman, Emily Dickinson y William Carlos Williams. En 1988 obtuvo el Premio Nacional de Poesía por reconocimiento de la Universidad de Antioquia

 

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Hora


Sí,
tocarte.
Pero todos esos muertos rondando.
Sus sombras oscurecen los vanos de las puertas.
Son una algarabía silenciosa.

Te desnudas y ellos te miran,
todas esas calaveras mironas.
Te rodean, se apiñan en torno tuyo.

Alzo la mano para acariciarte
y los muertos acuden,
manotean sobre tus pechos.

Pongo mi mano en tu cintura
y ya, debajo de la mía,
hay otra mano.

¡Tantos muertos!
¿Y qué hacen aquí?
¿Quién los ha invitado?

 

 

Ciudad

1

Como repiten las manos del ciego la forma de una vasija
o  recorren un rostro), minuciosamente
así voy, en la noche, por la ciudad
(mujer
rencorosamente poseída
y vasto territorio del tacto:
conozco
el sabor agrio de tu sexo)
2

rincones insidiosos, pasajes
ocultos, normas
arteras
y en mí
un mapa de la oscuridad
3

y no cruzo el puente de piedra porque ya no hay piedra; no toco los muros; pienso
otros muros vanos; descamino
los sitios, ya interiores, del hábito
4

plazas posibles
donde el reloj marca otras horas
las calles que el ciego prefiere y frecuenta
laberintos en la memoria.

 

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Pensamientos de un viejo

 

Para Fernando González hijo

1

Usa bordón: de guayacán o de guayabo.
Todavía, con todo, es un viejo derecho y ágil.
Quizá la mano le tiemble un tanto, la mano de dedos nudosos,
pero el bordón es sólo un resabio de caminante.

2

La boina cubre la gran testa pelada.
Cabezón pero infiel, así me parió mi madre.
Algunas hebras canas asoman en la nuca, en las sienes.

3

Dos rasgos, sobre todo, resaltan en el rostro magro:
la quijada saliente
y los ojos de una inquietud atenta.
Van del sarcasmo a la inocencia, al gozo, a la duda.
Ya estudian burlones a la gente que pasa.
Ya se fijan, mansos y lúcidos, en las palomas.

4

Y todo lo que ven es asunto de su lento monólogo,
todo casa en la larga meditación que lo ocupa.
En ella cada cosa tiene un lugar y un sentido.
Es una pregunta, una señal.

5

Por ejemplo, esa muchacha que cruza. Una bella negra
cuyo paso está hecho del ritmo que marca un tambor lejano.
Lo oye en sueños o ebria. Camina, danza.
Es Eva, de catorce años y medio.

6

El viejo se apoya en su bordón, se detiene.
Una sombra de triste avidez, de alegre avidez, le nubla la cara.
En tiempos solía sorprenderse siguiendo a una muchacha.
Dios es una muchacha, la muchacha de las muchachas.

7

Esos senos duros, erectos. Pero no, no es dureza.
Es elasticidad.
Uno hunde el dedo en la carne y la carne se hinche de nuevo.
Hermosa, es decir joven.

8

Bah, puro misticismo, religión pura.
Prédica de cura viejo, dijimos.
¿Qué podría enseñarnos? preguntó nuestra desconfianza.

9

Vida, diosa de ojos maliciosos.

10

Nos pensó. Tuvo ojos para ver nuestro entorno.
Conocía esta tierra.
Una tierra como útero herido por el partero con la uña.

11

Y esa forma suya de hablar, con vocablos redondos, duros.
Uno sabe: esto es mío. Se reconoce.
Usó para pensarnos el dialecto que hablamos.

12

A veces saborea y saborea una palabra,
una manera de decir oída en la niñez.
Así se acaricia una teta de muchacha.

13

Porque sabía ver, palpar, olfatear.
Oler es el primer acto del amor.
¿No me deleito yo oliendo las cabezas de mis hijos?

14

Es preciso, dijo, acallar la propia algarabía
—el silencio es una conquista, un fruto difícil—
y quedarse donde lo coja a uno el amor,
solo, despacio, paladeando, tocando.

15

Y allá va la negra. Va erguida
como si llevara en la cabeza un cesto de fruta.
La cadera es exacta, el vientre justo.
Es Eva, grávida ya de Caín.

16

Porque el hombre, animal saltarín, animal triste,
¿de qué puede ser medida?
Como útero herido por el partero con la uña.
Sabe: pasó por el infierno y las siete soledades.

17

Me gusta imaginarlo sentado a la sombra de su ceiba.
Pondera el tronco, grueso y negro, como de un vigor antiguo,
pondera las raíces retorcidas.
Remira el verde de la hoja, tan tierno contra el tronco sombrío.
Esta vieja ceiba es casi toda raíces.

18

Y allá va la negra: senos altos, puntudos, que tiemblan al paso.
Los senos, lo primero que se pudre.

 

 

Baldío

1
en la carnicería cuelga el tronco de la res desollada

como un fuego vegetal
por la cara sombría
de las vendedoras de flores rebrilla el rojo de las rosas

entre el griterío cantan los pájaros
y la cáscara de plátano se tuesta bajo el sol de la tarde

bachué, señora del agua, enséñame a tocar la fina pelusa bermeja del zapote
a ver la sal brillante en el oscuro lomo de la trucha
2
vestido con el pelo de las bestias los pies cubiertos de un retazo de piel de toro

me detengo junto al baldío
donde el verde fértil de la maleza
afirma en el corazón mismo de la ciudad una pervivencia salvaje.

 

 

Obstinación

Porque así de obstinados
son los muertos, así de dura
tienen la calavera.

En las tardes solas
vienen los muertos.
Hablan mientras callamos,
nos dictan ademanes, memorias.

Los muertos de risa amarilla.
Un adentro dentro de otro,
dentro de otro adentro.

2
O en las noches heladas,
cuando desde sus cobijos
los animales oyen la lluvia,
llegan los muertos
y nos miran mientras dormimos
y su mal de ojo nos gasta,
nos envejece.

3
Quizá creemos ir
y los muertos nos llevan
los pies,
creemos hacer y los muertos
nos empujan las manos,
creemos decir
y los muertos nos dicen,
se nos adelantan en la risa.

Compartimos con ellos
los gestos, los guiños
de los que hablan una misma lengua.

————

He aquí unos poemas en la voz de José Manuel Arango