—Pues es que ni sé cómo explicarlo, pelada. ¿Está bien que te diga pelada, verdad? —yo le dije que sí, todo lindo el mono—; pues lo que pasa, actualmente, es que no se me está parando, ¿sí? Pues no me da pena contarlo porque, bueno, esas cosas pasan, ¿no? 

 

Por: Daniel Horacio Coral Díaz*

Fotografías tomadas de Pixabay

 

I

 

Abrí la ventana. Alcancé uno de los cigarrillos que atesoraba en el alfeizar, y me puse a fumar como una condenada adolescente. Se sucedieron los murmullos: afuera un grupo de muchachos tomaba una botella de aguardiente. Pronto descubrí que se trataba de una chica y tres jovencitos.

No quería, en esos momentos, saber de Aguirre. Me había dejado, de nuevo, esperándolo; la cena había estado lista desde las siete; a las siete y media, un mensaje de texto: ‘me demoro’, decía. De inmediato anticipé el desenlace de mi velada. Aguirre solía ser así; no es que lo buscara deliberadamente, tan solo no se le daba cumplir una cita. Y eso que, con algo de suerte, habíamos tenido unas tres, en total. La primera, lo recuerdo muy bien, fue en su casa: un lugar desvaído, desprovisto de todo orden o armonía. Apenas ingresé, él me recibió con un abrazo de esos que nunca se olvidan. Las costillas, en mi interior, crujieron al compás de sus manazas, que me estrujaban el torso. Sentí que el alma se me iba en una bocanada de auxilio; al rato, estábamos en un rincón del pequeño recinto, cercano al dormitorio: su biblioteca, de un fino color blanco, con repisas dispuestas en irregulares proporciones, aglutinaban, a lo sumo, cien libros, todos impregnados de ese color amarillento tan hermoso que adquieren cuando se han leído con denuedo.

Ay, Aguirre. Enseguida fuimos a su cuarto; un espacio de suyo opuesto a lo demás: la pulcritud reinaba en el ambiente, las cosas en su puesto, todo muy limpio. Me senté en una mecedora de madera roja y empecé a tomar una cerveza que Aguirre me ofreció apenas me vio algo inquieta. Pronto la conversación se tornó aburrida; en realidad, se redujo a Aguirre contándome acerca de su día. La cosa es que me lo sabía de memoria: si de algo podía hablar mi buen amigo era de su cotidianidad. ¿Y qué decir de la mía? Sí, Aguirre me preguntaba por mis días: unos de mierda, la mayoría. Y entonces lo miraba con mis ojos grandes, muy negros: ojos de noche, me decía él, ojos lindos, para qué. Y él se limitaba a corresponderme la mirada: primero sus manos, que trepidaban en mi pecho, envueltas en una capa de sudor toda interesante; después, un mar de movimientos frenéticos, convulsivos, que se ceñían sobre mi piel. Y la noche se iba pasando conforme mis latidos se aceleraban como si se tratara de una percusión en éxtasis puro.

La segunda cita fue en un bar cuyo nombre no recuerdo. Un tugurio de infarto. Bailé tanto, joder: Aguirre era un experto, un papacito para eso. Y la tercera cita, si no estoy mal, implicó la entrega del revólver.

Guárdamelo, me dijo. No sabía qué responderle. Me encontraba algo sorprendida: Aguirre, mi buen amigo Aguirre, había llegado al parque con un revólver y las mangas de la camisa embadurnadas en sangre, que despedía ligeros hilos a cada paso que daba. Mira, me dijo, no tengo mucho tiempo. Los tombos me siguen el rastro. ¿Tombos?, pregunté, ¿en qué lío te metiste, Aguirre? Aguirre no dijo nada, tan solo me miró con dolor, con vergüenza. Comprendí, de inmediato, que estaba en la obligación de socorrerlo. Así que le dije: vamos, para qué es que estoy yo. Pásame la güevonada esa. El mango estaba hirviendo; algo malo había hecho Aguirre, de eso estaba segura. Sin decir más, se marchó, a buen ritmo. Guardé el revólver en mi cartera y al cabo de un tiempo, tres o cuatro minutos, vi pasar a dos policías menuditos, recién salidos del colegio. Ambos con el pelo al ras, por supuesto.

Ese día llegué a casa y examiné el revólver: no tenía ningún signo distintivo, o al menos no lo noté. Salvo pequeñas manchas rojas, cercanas al cañón, parecía intacto. Me recosté a pensar en lo que habría podido hacer Aguirre: ¿habría matado a alguien? No parecía factible, Aguirre no era de esos. Él podía aparentar ser retraído, hasta antipático; pero ¿convertido en un asesino? No, claro que no. Sin embargo, casi sin querer, había cometido un error capital: subestimarlo.

 

 

II

 

Eva piensa que soy un asesino. No me desagrada la idea. Por mí, que se muriera medio mundo.

Una vez le entregué el revólver, me dirigí al restaurante. Allí encontré a Carlitos, como siempre, con su mostacho. Olía a mil demonios, pero no estaba en condiciones de exigir mayor cosa.

¿Qué tengo que hacer para que me dejen en paz?, le dije. Bueno, me dijo, no es tan sencillo. Antes que nada, tienes que pagarles, pero como no hay cómo, pues bien, te toca seguir siendo el de los mandados, panita. Pero no te aflijas, todos pasamos por ahí alguna vez. No me digas, ironicé. Carlitos parecía, a veces, un cabrón. Era un mando medio, un puente entre la escoria, o sea yo, y la gente realmente dura.

Eva me habría matado si me hubiera atrevido a contarle el lío en el que me encontraba. En resumidas cuentas, la culpa fue del maletín. Estaba ahí, en la oficina de mi hermano, o, mejor, justo al lado de su cubículo. Parecía puesto como por obra y gracia del señor. Y en efecto, durante un buen tiempo consideré esa como una explicación factible. Vamos, que hallar efectivo así, de la nada, en un maletín, es propio de una de esas malas películas que hacen los norteamericanos. Y justo en el momento indicado, justo cuando me habían despedido en el taller. Así que no lo dudé ni por un segundo: agarré el maletín y salí como si conmigo no fuera el asunto. Llegué a casa y conté los billetes: más de cuarenta millones, ¡cuarenta de los grandes! Llamé a Evita y le dije que la invitaba a comer. Llamé a Esteban y lo mandé a comer mierda. Luego, me acosté, y comencé a pensar con claridad meridiana: no resultaría lógico que el maletín estuviera ahí porque sí. De seguro, alguien lo había olvidado. Pero, ¿quién?

El señor Hugo te quiere ver, Aguirre, dijo Carlitos. Su gruesa papada tambaleaba de un lado a otro, con suficiencia. Qué quiere ese cucho marica, dije. Nada, tan solo verte, me respondió. Y eso fue suficiente. Sabía lo que iría a suceder, lo que los tabloides titularían al día siguiente: hombre de treinta y tantos muere abaleado en el estacionamiento del centro comercial tal, a la hora tal. Así que se me ocurrió, brillante idea, pasar por alto la advertencia de Carlitos. Que le den por el culo, dije, y acto seguido supe lo que acontecería, lo supe en un segundo, en un instante infinitamente corto, si acaso el suficiente para exhalar un resoplido. Carlitos no lo dudó, y como pudo, de entre sus abultadas piernas sacó un revólver, similar al que le había dado a Eva. Me apuntó con él a la sien y supe que mi vida corría peligro por primera vez; en realidad, entreví que el resto de mis días dependía de lo que respondiera a la siguiente pregunta, que fue un lacónico: ¿Qué, Aguirre? Esbocé una mueca que reflejaba mi espanto: el desquiciado no parecía recordar que estábamos en un restaurante, a plena luz del día.

 

III

Amanecí pensando en Aguirre. Pero enseguida recordé lo que había pasado y un guayabo, no solo moral, me invadió de pies a cabeza. Sentía los dedos frágiles, a punto de caérseme, y los ojos, literal, en el culo. Me vi al espejo y reconocí a una pálida muchacha que, por culpa del licor, no era sino un vestigio de esa figura hermosa, seductora, que solía ser. Carajo.

Pero se pasó bueno. Me terminé uniendo al grupo de muchachos que tomaba aguardiente en cercanías de mi casa. Fue por el aburrimiento, claro. Pero la pasé rico. Buena gente esos pelados; tendrían como veintitantos, tirando más hacia el segundo que hacia el tercer piso. Qué envidia. De la mala.

Apenas llegué me miraron con espanto, seguros de que ese, su parche, no era un lugar para una dama como yo, década más grande que ellos. Pero me les gané la confianza fácil, les enseñé unos juegos maricas para tomar rápido y al cabo de treinta minutos ya íbamos por la tercera media. De Néctar. Qué pereza, qué pereza de verdad la falta de plata. Me hacía falta Aguirre.

La conversación, para qué, estuvo interesante. El mono, un tipo larguirucho, de mirada turbia, no demoró en hablar de sus estudios, de su novia. La pintó como la mujer más divina del universo, y luego pasó a contarnos que, no obstante, las cosas iban de mal en peor con ella. Los demás asintieron, tal vez reconociendo el inicio del relato. Qué pasó, cuenta, le dije yo.

—Pues es que ni sé cómo explicarlo, pelada. ¿Está bien que te diga pelada, verdad? —yo le dije que sí, todo lindo el mono—; pues lo que pasa, actualmente, es que no se me está parando, ¿sí? Pues no me da pena contarlo porque, bueno, esas cosas pasan, ¿no? Y al cabo que no me le voy a empelotar a ninguno de ustedes, pirobos. Y nada, María —no tardé en comprender que se trataba de su novia— está toda brava, como si fuera mi culpa. Llevamos así como dos meses, los pelados saben, yo les he contado, porque a mí me ha traumatizado la situación, o sea es difícil: de por sí la falta de huevas es algo que lo jode a uno, pero, más encima, que la novia le recrimine a uno cada nada la situación, pues muy maluco, ¿no? ¿Cierto, pelada? Y pues ojalá fuera solo eso, pero es que la cosa ha ido muy lejos, porque pues, actualmente, ya no nos podemos acostar, como te imaginarás —el mono se detuvo, tomó dos sorbos de aguardiente, cerró los ojos mientras le pasaba el triste sabor a anís, y continuó—, y por eso María me ha puesto los cachos, como tres o cuatro veces, y lo peor es que me lo ha dicho antes de hacerlo: llega y me dice, oye, es que en verdad tengo la de ganas de estar con un hombre, y ya que tú no puedes brindarme eso, pues deberás dejar a un lado el egoísmo y permitir que esté con otro, al menos mientras te curas de esa mierda.

—Uy, ¡frentera la hijueputa! —dije yo. Todos me miraron, en buena tónica, e hicimos una ronda antes de que el mono siguiera. Ya la lástima se había apoderado de mí.

—Lo que es, es una malparida.

—Pues tampoco, o sea entiéndala —dijo Andrés, el rolo del parche, más apagado que el resto, aunque churro, con chaqueta de jean y camisa de los Sex Pistols—, no debe ser fácil aguantarse las ganas.

—No, querido, no —terció la muchacha, de pelo rojo tinturado, gafas grandes y labios lisos, atractivos—, por muchas ganas que se tengan, ante todo el respeto. María se está dando mucha garra. Yo ni por el putas haría algo así, es que me parece terrible; además, que se lo diga en la cara al mono, con ese descaro, solamente comprueba que le perdió el respeto. Y si se pierde eso, ya no hay nada. Yo ya te lo he dicho, monito, termínale. No vale la pena.

—Pues sí, pelada —dijo el mono—, pero es que es difícil. La situación es muy difícil —otro guaro—. Vean, yo sé que aquí nadie quiere a María, y pues sí, la vieja es medio perra, pero también ha sido muy buena conmigo. Me ha apoyado resto. Por esa vieja es que sigo en la universidad, ella es quien me ha pasado los apuntes, la que me ha hecho estudiar, a las malas, pero lo ha hecho. O sea, yo la quiero, pelados, la quiero. Y terminarle no es fácil. Y más si sé que es por mi…, por mi problema.

—Mono —dije—, te voy a dar un consejito: consíguete a otra muchacha. Esa se ve que no es para ti.

—Pero es que es muy difícil…

—Que sí, hombre, ya sabemos que es difícil. Pero es que, ponte a pensar, si ella de verdad te quisiera, lo que se dice de verdad, no te diría que necesita estar con otro hombre, que por ganas. Las mujeres no somos así, al menos cuando estamos enamoradas. A nosotras, si nos gusta un tipo, nos gusta solo ese, así tenga sida.

—Muy cierto —dijo la muchacha.

—…Y en un caso como el tuyo, pues la tal María debería haber entendido, que eso que tú tienes es temporal. Yo lo haría —y le guiñé un ojo.

—Vea, mono —dijo Enrique, el último de los chicos, quien portaba sudadera roja y parecía muy atlético—, todo lo que le han dicho es verdad. Pero es porque no saben la otra parte de la historia. Cuente todo —y le dirigió una mirada cómplice, medio en broma. Tenía ojos lindos el Enrique.

Ahí fue cuando el mono nos contó que, antes de que todo esto pasara, él le había puesto los cachos a María, y que ella se había enterado de la peor manera…; la historia me aburrió un poquito. Me fastidió que el mono fuera tan sinvergüenza de hacerse la víctima, cuando lo único que estaba pasando es que el karma lo estaba azotando con todas las de la ley. Bien hecho. Pensé que algo así habría de pasar si Aguirre se hacía el listo conmigo. Buen hombre, el Aguirre. Muy bueno. No creo que se atreviera a tanto. ¿Qué estaría haciendo en estos momentos?

 

IV

El señor Hugo me recibió con un gran abrazo. Se trataba de un hombre fornido, de espalda ancha, sumamente alto, como quince o veinte centímetros más que yo, y con una cabellera larga que le colgaba a la altura de los codos. Tras el saludo preliminar, me miró fijamente, como evaluándome, y yo decidí mantenerme firme. En cuestiones de trabajo, prefiero parecer fuerte. Y eso hice. El examen duró dos intensos minutos, en los que no musitamos palabra, y que de seguro le dieron a entender que estaba frente a alguien que no le comería con facilidad. O eso esperaba.

—Aguirre, qué más, siéntese, muchacho.

—Gracias, señor.

Me recosté en un amplío sillón de tonalidad verde, a mis anchas, y en diagonal suyo. Agarré uno de los puros que estaban en la mesa. Me encantaban esos condenados.

—Coja todos los que quiera —me dijo—, está en su casa —al igual que yo, se sentó y agarró otro, no sin antes tomarse un whiskey que había en la mesita de al lado.

—Cuénteme, señor. Carlitos dijo que me quería ver…

Otra vez la mirada, el examen. Pero decidí no hacerle caso, y me concentré en contemplar la habitación: había porcelanas muy finas, cuadros bastante hermosos, así como artículos innecesarios de toda clase, pero de lujo. Me sentí como un mosco en leche. A mí no me gustaba la suntuosidad. Me parecía una pérdida de tiempo, de dinero, de todo. Todo en ese lugar me resultaba incómodo, y deseé no haberle hecho caso a Carlitos, así ello hubiera implicado enfrentármele. Qué distinto hubiera sido todo.

—Así es, muchacho, así es. Por cierto, ¿cómo te fue con el encarguito del otro día?

—Firme, señor, firme. Pero sobre eso le quería hablar. Mire, es que yo la verdad siento que esto a mí no me gusta…

—A nadie, muchacho. Y aquí seguimos.  

—Señor, lo que quiero decir es que…, mire, a mí el otro día me tembló la mano para herir a ese pirobo, y pues era solo herirlo, ese era el trabajo, entonces no me quiero ni imaginar cuando me toque hacer otro tipo de… cosas. Mire, señor, con sinceridad, yo hago lo que sea, pero me quiero salir.

—Muchacho, no puedes. Basta ya.

—De verdad, señor Hugo, yo a usted lo respeto, valoro el lugar que tiene dentro de la organización, la forma en que me ha acogido. Es por eso que le hablo en estos términos…

—Basta.

—…, y pues también porque ahora estoy empezando a salir con una chica que me trae loco, y no quiero arriesgar mi integridad, me parece que…

—Cállese, Aguirre, me cansé de sus estupideces —enarcó las cejas, aguardando por mi reacción. Entendí que era el momento de callarme y obedecer—. Muy bien. Necesito que bolee a un joven que era de la organización, pero que desertó y es probable que nos quiera echar al agua. Es algo importante, ¿si me entiende?

—Sí, señor Hugo…, pero yo quisiera…

—Bueno, mañana mismo. Si el amigo que le digo no está en una bolsa, bajo el río, a eso de las seis, siete de la mañana, el muerto será otro. Adiós.

—Pero señor…

—Adiós, muchacho: ¡adiós!

 

V

 

De los cuatro, y ya había descartado desde un inicio al mono, la que más me gustaba era la muchacha. Camila, se llamaba. Un nombre manido, qué pereza, pero bueno; las tetas que se mandaba lo compensaba. Ojalá no me hubiera pillado viéndoselas, qué vergüenza. Ya me había dicho, hacía mucho tiempo atrás, que debía disimular un poquito cuando alguien me gustaba. Había que tomar nota de nuevo. Y Enrique también aguantaba. Esos ojitos, así, como todos tiernos…

La conversación, justo cuando empezábamos la sexta media, giró en torno a la universidad. Todos estudiaban en la misma; hablaban de los profesores, de las notas. El mono como que se había echado, o se iba a echar, dos materias, y los demás le decían que se pusiera las pilas. Al parecer, el mono era por quien todos velaban en el grupo.

Ya hacía frío, y yo con solo una manta encima. Los demás, felices hablando mierda. Por eso Aguirre volvió a mi cabeza. Y el revólver, el maldito revólver… A ver, ¿uno de dónde saca un aparato de esos, de la noche a la mañana? Seguramente no lo había comprado; lo más probable es que alguien se lo hubiera dado, para protegerlo o matar a algún desgraciado. Y lo segundo sonaba convincente, por la sangre del otro día; así, pues, ¿para matar a quién? Y ¿por qué? Que yo supiera, Aguirre no pertenecía a ningún combo, no le hacía mandados a nadie, no traficaba, no hacía un culo, ¿entonces? Muy raro. Lo que estaba en claro: había matado a alguien. Y lo mejor sería que me lo contara todo, quién sabe en qué lío me estaba metiendo por estar a su lado. Lo peor es que, y me sorprendió pensar así, aun cuando hubiera matado, me quedaría a su lado. Algo me ataba a Aguirre, algo… Tal vez fue la forma en que lo conocí. No, no, eso no; así había conocido a muchas otras personas; era su voz, esa jodida voz que me movía todo por dentro; o de lo que hablaba: literatura, sobre todo de literatura, o cine, parques, lunas, cielos, mares…

—Eva, queda el cuncho —dijo el mono—, tómatelo y vamos por otra.

Hice caso. Y me ofrecí para comprar la media.

Mi barrio era muy feo, me di cuenta. Las casas, todas iguales, pero irregulares en su construcción, comprimían el espacio hasta tal punto que uno se sentía medio aprisionado en una bóveda de cemento, marchita, opaca. La calle, llena de fisuras en las que cabía mi pie entero, ya ni líneas de tránsito tenía, y los escasos carros que se atrevían a ir por ese tugurio urbano, destartalados todos, se arrinconaban junto a la acera, limitando el campo de acción como un demonio. Lo único lindo era el gran árbol que se imponía en la placita, de unos treinta metros; creo, y había escuchado algo así en el noticiero, que se veía desde el borde de la ciudad, una locura. Ahí me gustaba sentarme, a veces, y no pensar en nada. Yo sentía como que el arbolito me transmitía su fuerza, la destreza que se gana con los años, la tranquilidad de saber que, siempre, hay otro día. O también, una vez, fui con Aguirre, después de bailar. Nos acomodamos en el césped, o mejor dicho él se acomodó en el césped y yo en su torso, y nos quedamos en silencio un largo tiempo…, supe, de inmediato, que Aguirre era un bacán. Cualquier otro se hubiera puesto a decirme que la luna, en todo su esplendor, era un moco a mi lado, o mierdas de esas; pero él no, él comprendió que la cosa consistía en quedarse pensando en presencia del gran árbol.

Llevé dos medias, todo porque me gusta gastarme la plata en cosas que no necesito. Los muchachos me recibieron con euforia, matados de la dicha. Y nos tomamos todo rapidísimo. Quedé prenda. Súper prenda. Ultra prenda.

El rolo fue el primero en irse. Adujo que tenían clase al siguiente día, lo cual generó que los demás se la montaran, que por marica. A mí me pareció bien, o sea, hay que ser juicioso. Le zampé un beso en la mejilla, y le deseé buena suerte. Me había caído bien. Igual pasó con el mono, pero este se fue que porque la novia lo había llamado. Ojalá le termines, le dije. No, para nada, me dijo, me parece que nos vamos a arreglar, pelada, deséeme suerte. Bueno, monito, respondí, aproveche, entonces, y hágase algo ahí abajo, ¿no? No me la monte, pelada. Y se fue. Y nos miramos los que quedábamos: primero, Enrique y yo, una mirada dulce, profunda; luego, con Camila, un poco más incitante. Qué berraquera uno poder elegir así de bueno, de verdad.

 

VI

Carlitos hijueputa.

Me fui con Carlitos a beber. De alguna manera tenía que pasar la noche, preparándome para mi misión. Mientras nos dirigíamos al bar, permanecimos en silencio. A mí me gusta estar en silencio con otras personas. Es compartir algo muy personal con alguien, es como darle lo mejor de uno.

—Amiguito —dijo—, no te rompas la cabeza. Matar es breve. No lo pienses tanto y ya, sale.

Triple hijueputa.

—Carlangas, no me ayudan tus consejos. Siento el estómago revuelto, estoy sudando más que de costumbre. En realidad, tengo miedo. Marica, Carlos, ayúdeme a no hacer lo de mañana, por favor. Hágalo usted, le pago, no sé, lo cubro en las próximas ocasiones… Se lo pido.

Carlitos se limitó a reírse. Su risa, fofa como él, grasienta si se quiere, me llenó de ira como una sacudida letal de acero que se funde en la piel y la calcina. Me hirvió la sangre al punto de querer pegarle el tiro a él. Lo hubiera hecho, seguro, de no haber sido porque el revólver lo tenía Eva.

—Mira, ya no te quejes. Si el jefe te escogió a ti para ese trabajo, es porque te tiene en estima. A pesar de que llegaste como un ladronzuelo, vas escalando, muchacho; eso está muy bien.

No dije nada, para qué. Mejor respirar profundo y seguir; pero, no lo podía evitar, la vida me estaba dando por donde era. Me sentía realmente mal, sabedor de que me estaba convirtiendo, poco a poco, sin transición, en lo que nunca hubiera querido ser. Y mañana, en la mañana, la transformación sería completa. ¿Un asesino? Jamás lo hubiera pensado, siquiera. Es decir, era ir muy lejos; atentar contra la vida de alguien me parecía aterrador, cruzar un límite infranqueable, en principio; despedirse de toda posibilidad de redención, lanzarse al vacío de la incertidumbre moral. Ay, sí, la moral. Digamos que yo no tenía algo así, una moral delineada, establecida, como la mayoría; pero algo impedía que me considerara como un ser prácticamente amoral: el impedimento, casi categórico, de matar a alguien. Y ahora, el cúmulo de reflexiones al respecto, directo al carajo. Muy, muy bonito. Y todo, nunca dejaré de lamentarme, por culpa de ese maletín.

—¿Qué vas a pedir? —preguntó Carlitos. El bar parecía agradable. No había casi gente y la música era en vivo, una especie de jazz, ideal para el momento. Hubiera deseado estar, ahí, con Eva. Ella lo hubiera disfrutado.

—Una cerveza. No tengo ánimos ni plata para más.

—Fresco, yo te invito. Amigo —le dijo Carlitos al mesero—, dame dos copas de vodka.

No me gustaba el vodka, pero ya qué.

La noche con Carlitos duró hasta que vio una mujer a la que echarle los perros. Como su iniciativa parecía inofensiva, no reparé mucho en el asunto. Tenía mis propios problemas, y el alcohol me caía de mil amores. No obstante, de un momento a otro sucedió algo muy extraño: Carlitos comenzó a pegarle a la mujer; sí, a pegarle, a mandarle traques: a la cara, sobre todo. Ella no se defendió, no pudo; en menos de diez segundos se retorcía en el suelo, gimiendo, y yo, estupefacto, al igual que los demás presentes en el bar, tardamos en reaccionar. Tremenda cagada.

El primero en hacer algo fue el mesero. Se lanzó como alma que lleva el diablo en contra de Carlitos, y a mitad de camino se le unieron tres individuos más. Yo tuve el impulso, pero me contuve, pensando: ¿qué tan bueno es hacerle algo a Carlitos?, para luego cambiar de opinión y asestarle tres de los buenos en el rostro. Pese a su corpulencia, Carlitos era débil, no se defendió. Al cabo de un rato, dos minutos por ahí, también quedó en la lona, y pese a estar ahí arremetimos con más violencia, poseídos por la rabia. Creo que le dimos su merecido, al menos hasta cuando estuve; apenas vi la oportunidad me fui.

La distancia entre ese bar y la casa de Eva era de cerca de ochenta cuadras, y no tenía un peso. Así que caminé, caminé mucho, en medio de ese silencio tan encantador que tiene la noche…

 

VII

 

Camila habló un poco de política. Parecía inteligente. En cambio, Enrique permaneció en silencio, con los ojos entreabiertos; lo había agarrado el alcohol, y no de buena manera. Quieres algo de comer, le pregunté, no, aún no, dijo, prefiero seguir escuchándolas, hablan bonito, y estoy de acuerdo con la mayoría de lo que dicen. Todo un encanto el muchacho. Pero me daba lástima verlo así.

—Va siendo hora de abrirnos —dije.

—Sí, es hora. Llevemos a Kike, vive a una cuadra —dijo Camila.

Una vez lo dejamos en la puerta de su casa, la agarré de la mano y le pregunté si quería ir a la mía. Sí, de una, me dijo. Serían las tres de la mañana. Retozamos en mi cama hasta las cinco.

—Gracias, lo necesitaba —dijo, mirando al techo.

—Fresca, yo también.

—¿Tienes novio, cierto?

—Sí.

—¿Lo quieres?

—Mucho. Es un tipazo.

—Menos mal.

 

VIII

 

Llegué a la casa de Eva a eso de las seis de la mañana. Despedimos a Camila tras brindarle un desayuno. Enseguida, me recosté en la cama. Tenía mucha mierda en la cabeza y solo se me ocurría dormir para despejarme. Eva lo entendió, se arrunchó a mi lado y me consintió durante media hora, mientras me iba quedando dormido. Mala noche, preguntó. La peor, dije, y ni te cuento cómo va a ser hoy. No, no me cuentes. Pero dime una cosa. Qué sería, dije. No me quiero meter de más, pero necesito saber qué es lo del revólver. Ahí lo tengo, y no sé qué hacer con él. Déjalo ahí, dije. Y qué más, preguntó. Bueno, no te quería contar, Eva, es algo…, algo fastidioso…

Sonó el timbre.

—Voy a abrir —dijo Eva.

Perfecto… Si es para mí, di que estoy durmiendo, dije.

Eva fue, abrió. Murmullos. Alguien preguntando por mí. Un disparo, dos disparos, y luego uno más… en mi cuarto.

*Estudiante de Derecho de la Universidad Externado de Colombia.