Él continuaba mirando la televisión. Pasaban un especial navideño. En él gente de todo el mundo decían lo que para ellas significaba la navidad. En ese instante hablaba una anciana de Brasil. Según decía, para ella la navidad era una época donde la mayoría de personas la decepcionaban; sus hijos, cinco en total, habían abandonado el país y ella no sabía nada de ellos.

Por: Jorge Sánchez Fernández

Estaba todo preparado para ese día: las velas, los candelabros, la comida, los refrescos. Sólo faltaba el mantel de cuadros que ella tanto había pedido y él, pese a todos los recordatorios, olvidó. Pero este era un día especial, y ninguna cosa iba a malograrlo. Decidió utilizar la mesa sin mantel, después de todo tenía un lindo acabado mate y el vidrio daba un tono elegante a todo el conjunto. Se sintió orgullosa al darse cuenta cómo podía sobrepasar todos los escollos que le enviara la suerte. Él regresó a las siete, como ella supuso.

−Hola –dijo él sobándose los ojos.

−Hola, cómo te terminó de ir –respondió ella, de pie junto a la mesa.

−Bien, hoy fue en día horrible. Primero nos hacen ir en navidad, luego el trabajo se multiplica por el olvido de algún idiota…

−Si –interrumpió ella− los idiotas suelen olvidar cosas.

Él guardó silencio, se frotaba los ojos como queriendo quitarse una imagen oscura de la mente.

−En fin −continuó− la cosa ha ido de mal en peor: el trabajo se multiplicó, todo era un caos. Si nos han dejado ir fue por misericordia. Por cómo estaban las cosas muy bien pudimos haber continuado toda la noche.

−Me alegra que no fuera así –dijo ella acodándose en la muy bien arreglada mesa−. Después de todo hoy es un día especial.

Un olor dulce comenzó a llenar el cuarto. Él, aún con los ojos cerrados, comenzó a absorberlo.

­−¿Qué es? –preguntó.

−Una sorpresa –respondió ella con una pequeña sonrisa, olvidando lo tarde que era y lo pronto en que llegarían todos−. Por qué no te das un baño y te preparas, los otros no demoran en llegar.

−Y cómo te ha ido a ti –preguntó él después de salir del baño, con sólo una toalla rodeándole la parte baja del cuerpo.

−En realidad muy bien –dijo ella y continuó− he conseguido todas las cosas en el Súper. El lugar era un caos, al parecer todos dejan para última hora las comprar navideñas. Menos mal únicamente necesitaba unas latas de salsa y un pollo. Si hubiera necesitado otra cosa, por ejemplo pavo, aún seguiría allá.

Él, acodado en la puerta del baño, la miraba ir y venir por la habitación. Su vestido rojo acentuaba muy bien las curvas del cuerpo y ese moño verde era como una pequeña barca naufragando en lo profundo de su cabello.

−Te ves hermosa –dijo, mientras la sujetaba por la cintura.

−Ahora no, ellos no tardarán en llegar –dijo ella soltándose de su abrazo.

−Hace mucho no lo hacemos.

−Silencio.

−No sé qué pasa contigo.

−¿Ya estás listo? –Preguntó ella desde la cocina.

−Silencio.

−Ven y ayúdame con el pollo, la bandeja está muy pesada.

−Silencio.

−¿Estás bien?

 −Silencio.

−Dónde te has metido, en serio necesito ayuda con esto.

Él apareció, llevaba puesta una camiseta con un payaso impreso en ella, unas botas de constructor y un pantalón corto.

−¿En qué te puedo ayudar, mi amor?  –dijo con una gran sonrisa.

 

El teléfono comenzó a sonar. Faltaban menos de diez minutos para que todos llegaran. Él estaba sentado en la sala, mirando la televisión, con los pies subidos encima de la mesa donde se encontraba el adorno más grande: una bota hecha en mimbre repleta de piñas de pino, decoradas con escarcha y un gran moño formado con cintas rojas y verdes.

−¿Podrías contestar? –dijo ella, mientras llevaba la salsa a la mesa.

Al levantarse golpeó el adorno con uno de sus pies y éste casi cae al suelo. Él miró a donde ella se encontraba, pero estaba tan atareada con los últimos preparativos que ni siquiera se dio cuenta.

−Por favor –volvió a decir ella−. Contesta el teléfono.

Contestó. Habló durante unos minutos sin apartar la mirada de su esposa. Después, momento él regresó a su asiento. Miraba la televisión como buscando en ella una respuesta. Miraba sin mirar en realidad.

−¿Quién era? –preguntó ella.

Él continuaba mirando la televisión. Pasaban un especial navideño. En él gente de todo el mundo decían lo que para ellas significaba la navidad. En ese instante hablaba una anciana de Brasil. Según decía, para ella la navidad era una época donde la mayoría de personas la decepcionaban; sus hijos, cinco en total, habían abandonado el país y ella no sabía nada de ellos. Luego pasaron a un hombre en New York, para él la navidad significaba el encuentro de todos aquellos que amaba, el nacimiento del niño Jesús y el recordar a aquellos ausentes. Por último, una mujer de Argentina decía que navidad significaba amar a alguien y hacer lo que sea para que esa otra persona se sienta bien.

−¿Y bien…? –preguntó de nuevo.

−No vendrán –respondió él, sin dejar de mirar la TV.

 

Después de cambiarse de ropa, se sentó a la mesa. Ella estaba en la habitación. No había salido desde que se enteró y pudo corroborar que todo era verdad.

−Tienes que salir, podemos cenar juntos –dijo él.

De repente, la puerta comenzó a abrirse. Al salir de la habitación ya no tenía puesto el vestido rojo, ahora llevaba un pijama. Se había quitado todo el maquillaje, lo único que conservaba era el pequeño moño en la cabeza.

−Comamos –dijo resignada.

Él comenzó a servir la comida: dos platos de pollo con salsa, papas, arroz amarillo con arvejas y una copa de vino. Ella comía sin ganas, con cada bocado levantaba la cabeza y revisaba los seis puestos vacíos delante suyo.

−¿Sabes? –dijo él para romper el hielo− Todo ha quedado espectacular. La decoración, la comida: ya veo que no hizo falta el mantel ¿El olor dulce era la salsa? Ha quedado sensacional. Es una noche perfecta.

 Ella no lo miraba. Comía de la misma manera: lenta, pausadamente.

−Sí, señor –continuó él− una noche perfecta. No como cuando era niño ¿Acaso te he contado eso antes? Cuando era niño, mamá y papá continuamente se peleaban. Esto pasa en casi todas las familias, pero lo particular de mi caso es que ellos únicamente lo hacían los días festivos: cumpleaños, navidad etc. Yo, por entonces, era un niño muy retraído. No me gustaba hablar con nadie. Pero todo se debía al miedo que me infundían esas peleas. Entonces un día de navidad cuando todo estaba singularmente tranquilo y mis padres charlaban dulcemente, tocaron a la puerta.

Ella dejó el tenedor suspendido un momento, como esperando el resto de la historia.

−Eran –dijo él− mis tíos por parte de papá. Mamá los había invitado a escondidas como una sorpresa. Debo aclarar que ellos nunca se llevaron bien. Mi papá los acusaba de haraganes y habladores. Después de mucho me enteré que la gran mayoría se encontraban en bancarrota, incluso uno de ellos se suicidó, dejando todas las deudas a su esposa; fue algo terrible. Yo por entonces en realidad no los conocía. Recuerdo que fue abrumador ver entrar a tantas personas y saber que ellos eran mi familia.

Luego de un rato todos estábamos a la mesa. Mamá se encontraba atareada con ollas, platos, copas. Ninguno de mis tíos parecía dispuesto a ayudarle. Esto, y lo vi en el rostro de papá, comenzó a exasperarlo. Cuando ya todos teníamos servido, mamá, en un tono suave y conciliador, dijo unas palabras: “les agradezco a todos el estar aquí con nosotros. Navidad significa para mí el estar junto a las personas queridas. A veces olvidamos cuánto queremos a otros…”. En ese momento mi tío, un hombre corpulento y con grandes entradas, interrumpió señalándome:

−Sobre todo tu padre.

Todos rieron. Mi padre miró a mamá asustado. En ese momento supe que la pelea de esa festividad se avecinaba.

−¿Qué quieres decir? –preguntó mamá.

−Oh, nada –dijo mi tío−. Una broma familiar, es todo.

−Pues cuéntamela –respondió mamá, su voz no era conciliadora− yo también hago parte de la familia ¿o no?

En ese momento pasó un coche que patinó por la avenida. El ruido inundó toda la casa.

−No es nada –dijo mi tía, una mujer delgada con lentes enormes.

−No digas eso –respondió mamá−algo debe ser.

Todos miraron a mi padre. Hasta ese momento no había dicho nada.

−Dime Henry –dijo mi mamá mirándolo directamente− ¿a qué se refieren?

De repente una voz chillona, como si un pequeño ratón hablara, apareció.

−Creo que debemos irnos –dijo.

−Sí, ya es tarde y no queremos que haya tráfico. Muchas gracias por todo, estaba delicioso.

Todos salieron de la habitación. Un estruendo sonó cuando el último cerró la puerta. Afuera sus voces llenaban la noche. Alcancé a escuchar como sus risas se perdían por la calle.

−¿Y bien…?− dijo mamá.

Papá me miró, miró la mesa, los adornos, toda la comida a medio comer y respondió:

−Tenemos que hablar.

Meses después me fui a vivir con mamá a un pequeño apartamento de la ciudad. Papá me visitaba varias veces a la semana, no me enteré de lo que hablaron hasta mucho después.

Ella lo miró de arriba abajo. Luego miró la ventana que se encontraba detrás de él, la noche era fría. Fuera, sólo el viento pasaba y mecía los árboles.

−¿Qué hablaron esa noche? –preguntó después de un rato.

−No tiene sentido que lo repita –respondió él, terminando su vino.

 

Después de terminar la comida, recogieron los platos. Llevaron todo a la cocina y comenzaron a lavar. Ella fregaba mientras él secaba. En un momento ella se detuvo, el agua corría lentamente e iba a desembocar en un sifón lleno de arroz amarillo.

−¿Te pasa algo? –preguntó él− ¿quieres que termine yo de lavar?

Ella continuó refregando el plato que tenía en la mano, pero, por más que intentaba, no lograba hace que toda la suciedad desapareciera. Pequeñas gotas de sudor brotaron de su frente cayendo gradualmente por sus mejillas.

−¿Te pasa algo? –dijo él.

Ella continuaba restregando el plato. Luego, cuando el silencio se había prolongado un buen rato y lo único que sonaba era el agua caer, dijo:

−Tenemos que hablar.