Finalista Segundo Concurso de Cuento Joven TLCDLR

La duda de Jan Hus

Por: Juan Fernando Aguilar Cárdenas

Ilustración: Daniel Román

El viento pasaba sobre los prados de Bohemia haciendo temblar el follaje de los árboles orlados por el sol vespertino. Muchas veces amó los días como ese y agradeció a Dios por la bendición de ver una tarde tan bella. Pero desde su celda, umbría y helada, Jan Hus sabía que no volvería a ver la tierra que lo vio nacer, el Concilio de Constanza lo había condenado a morir en la hoguera acusado de herejía. Al día siguiente se cumpliría la condena. Él no temía al tormento del fuego, su ánimo taciturno se debía a una duda que de confirmarse destrozaría el sentido de su vida; Jan Hus dudaba de que Dios existiera.

La duda no apareció como una venganza ante el ser que había servido toda la vida y que había permitido que lo condenaran a muerte. Simplemente apareció, con la suavidad de la brisa. Jan Hus había luchado contra Juan XXIII y la corrupción que representaba, había proclamado que la verdadera Iglesia es invisible y que su piedra era Jesucristo y no Pedro. Tales acciones habían desencadenado su excomunión y su condena. Si Dios  fuera una idea creada por el hombre para menguar su soledad, para llenar el vacío que empuja la carne al placer, ¿entonces toda su lucha  y su vida habían sido baladíes? Era verdad, el Todopoderoso era inescrutable, exigía grandes dosis de fe, y por una vez, Jan Hus deseaba a toda costa una prueba de que su señor existía, algo que pudiera percibir con sus sentidos de mortal.

Golpeó su cabeza contra las piedras de la celda, sangró, y su sangre se mezcló con el llanto. Era culpa, sentía que merecía el tormento del fuego, era un hereje que había perdido la capacidad de sentir a Dios. Recordó el niño que había sido, la pobreza en Bohemia, que no le importaba porque se sentía cerca del Todopoderoso. Los prados de Bohemia moviéndose con el viento eran la prueba irrefutable de que su señor estaba cerca, una prueba que había perdido validez. Se preguntaba por el viento ¿era Dios? Quizás no, probablemente eran ilusiones suyas, otorgarle cualidades humanas a la brisa, al sol, a la noche, ver el rostro divino en todos lados era una forma para suplir el vacío del alma. Todo había sido en vano.

Su cuerpo aterido no tenía a quien rogar clemencia, ya no tenía ese derecho, estaba abandonado al mundo, y ya no se sentía capaz de darle forma a ninguna ilusión para aferrarse. Moriría en unas horas, y los poderosos comerían de su carne de ganso. Tal pensamiento le arrancó una sonrisa lastimera, su apellido hacía referencia a estas aves, y perecería como ellas, abrasado. ¿Quién había creado el mundo? Jan Hus no podía negar a Dios, pero tampoco podía afirmarlo. Si su señor era una idea colectiva, entonces la Iglesia no era una romería de individuos buscando salvación, sino una locura por la que habían muerto innumerables seres durante más de mil años. Sus compatriotas, los bohemios, también matarían por él, se lo tomarían como una afrenta no solo a su fe, sino a su tierra. Jan Hus habría querido escribirles, decirles que era una necedad, pero no podía, él no estaba seguro de nada, y sus manos, que siempre empezaban sus cartas con “Alabado sea Dios”, no podrían escribir.

La guardia apareció con el alba, amarraron sus muñecas y lo condujeron hacía la pira condenatoria. Se preguntó si Juan XXIII y el emperador Segismundo, que lo había acusado de traición, estarían presentes disfrutando del olor a carne quemada. Era posible, pero en todo caso, no tenía importancia. No poseía el conocimiento filosófico para negar o afirmar nada. Pero si su vida había sido  vana desde el nacimiento, entonces le daría algún sentido a los últimos instantes. Un sentido  herético que ningún fuego podría acendrar. Sabía que la herejía era relativa, y con los tiempos corruptos que invadían la tierra del Sacro Imperio, se reducía a quien no se sometiese a la voluntad del poderoso.

Luis III del Palatinado, quien había dictado la sentencia formal contra Jan Hus, se acercó a preguntarle si se retractaba de sus proclamas, si había en él algún arrepentimiento. Jan Hus respondió con fuerza: “Hoy queman a un ganso, cien años después encontrarán a un cisne que evadirá todas sus tretas y fuegos”. Luis III se alejó musitando maldiciones. El condenado no sabía que había dicho, pero sus palabras eran fruto de la vehemencia de un hombre que iba a morir, no podían ser sino verdaderas.

Lo despojaron de sus ropajes, lo amarraron a la pira y la encendieron. Jan Hus escuchaba el crujir de la madera bajo sus pies, pronto sería un puñado de cenizas. Haciendo uso de sus últimos respiros, imaginó el sol vespertino y el viento en Bohemia, también se preguntó sobre la existencia de Dios. Quizás cuando fuera ceniza el viento lo transportaría a su tierra natal, volaría sobre Praga y sobre la universidad en la que fue maestro. Sus pensamientos fueron interrumpidos con una idea repentina, cuando el fuego empezó a besar furiosamente sus carnes, y el dolor lo hacía gemir, encontró su respuesta. Pero la calló para todos. La brisa se la llevó consigo a Bohemia y a las aguas del Rin