La ética de la lectura, se sustenta en la honestidad con la que enfrentamos los libros y la lectura que ellos nos hacen realizar de nosotros mismos, pues aunque estos quizás sean políticamente correctos, no podemos adoptar por ello una conducta que vaya en contra de lo que nuestro gusto indica.

 

Por: Camilo Peláez

Un libro es como un espejo: si un asno se mira en él,

 no puede esperar ver reflejado a un apóstol.

G. C. Lichtenberg

Ilustración / Laura Bernard.

 Un pequeño ejemplo para la lectura real

¡No sé y no me gusta leer!”, grita de manera histérica una niña de diecisiete años a su profesor de literatura, cuando este le entrega su examen. Sin embargo, al salir del colegio, ella levanta la mirada al cielo y observa que se torna gris. “Será mejor que saque el paraguas; seguro lloverá”, piensa mientras acelera el paso. No había caminado más de tres cuadras cuando una gota cayó en su mano derecha. “Se veía venir”, dijo y, entretanto, saca el paraguas para cubrirse de la lluvia.

Sin pensarlo, la hipotética niña acaba de contradecir lo que le gritó a su profesor. ¿En verdad no sabía leer? O ¿no era consciente de que lo que había acabado de hacer era leer? Al igual que esta niña, muchas personas entienden la lectura como un acto exógeno de sí mismos, ajeno, e incluso, si se quiere, reservado para unos pocos preparados, dispuestos a pasar largas horas sumergidos entre hojas, tipografías diminutas, márgenes que no señalan ninguna frontera para la imaginación y la garantizada pérdida de la vista. Pero, cuán alejadas están aquellas personas que, como la niña, se juzgan no lectores y se rezagan de un ejercicio que es inherente en la vida del hombre, aun sin que sean conscientes de ellos.

Ilustración / Selçuk-Demirel.

“La mejor manera de leer un texto, es traducirlo”, dice Ítalo Calvino en una ponencia presentada en Roma, en 1982. Retomando el ejemplo de la histérica adolescente, ¿cómo puede entenderse este enunciado?  Para poder comprender a qué se refiere Calvino con traducir, quiero presentar una idea de la lectura bastante obvia y, por ende, olvidada. Leer, en su sentido más amplio, viene del latín legere, que, asimismo, significa escoger.

Mas ¿de dónde elegimos lo que leemos? No precisamente de los libros, sino de algo que Descartes llamó le livre du monde, es decir, el libro del mundo, ese mismo que se nos presenta cuando, frente a nuestro armario, debemos escoger –leer–, entre una camisa o camiseta, un jean o un pantalón; si usar tenis, zapatos o botas.

Una dinámica de elecciones cotidianas que compone un ejercicio de lectura complejo, en el cual se ven implicadas todas las personas, desde el niño hasta el anciano. Con esto quiero aclarar que, en primera instancia, nadie está exento de leer, pues aquella niña que gritó desesperadamente que no sabía ni le gustaba leer, al levantar su mirada al cielo y observar que estaba gris, ya realizaba una lectura, debido a que escogió ver en el cielo solo la parte gris del mismo.

Ahora bien, teniendo en cuenta que todos nos encontramos implicados en el proceso de lectura, puesto que este significa escoger, decidir –lo cual es algo que realizamos todo el tiempo–, surgen las preguntas: ¿por qué escogemos lo que escogemos? ¿Qué nos hace leer algo y no otra cosa? La inteligencia, que quiere decir: leer entre líneas. Por eso la niña, al leer la parte gris del cielo ha leído –inteligiere–, que posiblemente iba a llover.

En este sentido, ella, a partir de lo leído, ha intuido o en palabras de Calvino ha traducido. Ha desentrañado de un escenario común algo profundo, que se encuentra en otro lenguaje y lleva, con sus tonos, a algo que pueda entender. De allí que la mejor manera de leer sea traducir, porque se parte de desentrañar del gran libro del mundo un elemento cotidiano, de entender sus matices y particularidad y llevarlo a su comprensión.

Ilustración / Alberto Ruggieri.

La lectura como acto ético

Leemos lo que leemos, sea de un libro o del mundo, para sentirnos identificados, reconocidos y, en cierto sentido, acompañados. Sin embargo, quiero poner en discusión en este momento la lectura como la hemos conocido, de una manera bastante limitada, y es la lectura como adiestramiento,  o en otras palabras,

la de descifrar un código que se nos muestra y nos permite vivir –no convivir–, en sociedad. Para ello, quiero tener en cuenta la siguiente consideración: “Un libro y sus sus lectores son espejos que se reflejan de forma interminable”, escribe Alberto Manguel.

Ilustración / Radhusets-Julkalender.

Pero, ¿mira el lector el libro que dice “leer”? El lector y el libro se reflejan mutuamente, sí, pero el lector siempre es mirado y al ser mirado se observa a sí mismo en el reflejo que de él ofrece el libro; en consecuencia, se cumple lo expuesto por Lacan en la fábula de la mantis religiosa, en la que plantea que al ser mirado, el lector debe ser devorado por las palabras, así como la mantis devora al macho cuando se aparean. En este orden de ideas, la lectura no puede ser ya un adiestramiento, sino una convivencia con el texto, pues este vive en la medida en que se lee y nosotros en cuanto lo leemos.

Ahora bien, en ese ser mirados, fruto del reflejo interminable que se proyecta entre el libro y el lector, no todo puede ser reflejado y, asimismo, no todos los libros nos reflejan a nosotros de la misma manera o, en concordancia con la fábula de Lacan, no todos los libros nos devoran del mismo modo.

No obstante, este discernimiento debe estar basado en una orientación clara del por qué leer. Se lee para no dar nada por sentado y, sin embargo, se lee para tomar una posición. Leer es en sí mismo un acto ético que se sustenta en lo que Manguel llama:

El lema de todo verdadero lector (que) es De gustibus non est disputandum. “De gustos no se discute”, o, como se dice en castellano, “Sobre gustos no hay nada escrito”. El proverbio latino dice la verdad; la traducción castellana miente. Nuestro placer no admite argumentos; admite en cambio una infinidad de escritos, los exige. Al fin y al cabo, ¿qué son las bibliotecas sino archivos de nuestros gustos, museos de nuestros caprichos, catálogos de nuestros placeres?

Leemos lo que nos gusta porque nos parece que es lo más honesto, sin importar si con este gusto excluimos, quizás, lecturas más nobles, heroicas y formadoras, pero que, al fin y al cabo, no tienen nada que ver con nosotros, con nuestra vida. Con esto no digo que con la lectura se ingrese en el reino sombrío y abismal del “todo se vale”. ¡Jamás!

Por el contrario, la lectura nos forma en un criterio, hedonista quizá, pero ante todo honesto y sensato en el que podemos ver reflejadas nuestras conductas o, como en la mayoría de los casos, hallar luces en el camino de nuestro existencia, ya que, como afirma Manguel, “Quienes descubrimos que somos lectores, descubrimos que lo somos cada uno de manera individual y distinta, como si nos dividiéramos en un sinfín de dobles”, lo cual implica que la lectura es un acto, más que individual, particular, pues no todos soñamos de la misma manera, no todos hacemos el amor de la misma manera y tampoco todos leemos de la misma manera.

La ética de la lectura, se sustenta en la honestidad con la que enfrentamos los libros y la lectura que ellos nos hacen realizar de nosotros mismos, pues aunque estos quizás sean políticamente correctos, no podemos adoptar por ello una conducta que vaya en contra de lo que nuestro gusto indica.

En el libro somos reflejados y reflejamos, no otra cosa distinta que nuestra vida. Si un adolescente desprecia un libro como La divina comedia, no lo hace porque la obra sea mala, sino porque la aventura que Dante comienza después de adentrarse en la selva oscura, no le dice nada, pues el joven aún no ha empezado su propia aventura. No obstante, elige quizás un libro de menor belleza lírica como lo son El túnel, Opio en las nubes o, en el peor de los casos, El alquimista de Paulo Coelho. Ha excluido, sí, una bella obra, pero que no le es honesta para su gusto, para su momento de vida, por lo cual no es ético que él lea La comedia, sino obras como las ya mencionadas.

Con esto no acolito el mal gusto, sino que vindico la vida del lector en relación con un texto al que él le habla y en el que éste le responde. Después, su mismo gusto y valor ético lo llevarán a leer grandes epopeyas como La ilíada, aventuras marítimas como Moby Dick o digresiones sobre sí mismo como Crimen y castigo.

Ilustración / Soizick-Meister

La lectura como experiencia vital

Quiero decirles a todos, sin importar la edad, que leer no es algo que se haga solo por gusto, o porque se haya nacido con esa disposición; se lee para la construcción de conocimiento sobre sí mismos.

No leemos para acumular información, pues de ella estamos saturados en la actualidad, sino para consolidar nuestro ser. “Conócete a ti mismo”, reza el oráculo de Delfos, invitando a todo el que lo consultaba a vivir la experiencia de la lectura del mundo y de su vida en relación con él; y, aunque en principio no comprendieran lo que las sibilas les decían, después, en su experiencia de vida encontraban la relación de la profecía con su propia existencia.

Y es que la lectura de libros –de buenos libros–, aunque no estemos de acuerdo, sirve para definir quiénes somos y hacia dónde vamos, así como las profecías de ellas.

Pero, ¿cuáles son esos buenos libros? No son aquellos que nos manda el canon de literatura –si es que existe tal–. Los buenos libros son los que dialogan con lo más oscuro de nosotros, con nuestros deseos ocultos, con los fantasmas que nos arrebatan el sueño; pero también son aquellos que conversan con nuestras luces, con nuestra fragilidad e ingenuidad.

Por ello, la biblioteca de todo lector –experimentado o principiante–, se convierte en su autobiografía. Cada libro debe permitirle re-correr las primeras alegrías y tristezas, las utopías y los desencantos en los cuales ha justificado su vida. Debe permitirle girar su vista hacia atrás y no verse petrificado como la mujer de Lot.

Sin embargo, hoy en día son menos las personas que leen libros y, asimismo, menos las que son conscientes de que su existencia consiste en un devenir constante de lectura del mundo. Los niños y adolescentes son cada vez más indiferentes a este fenómeno tan propio de la experiencia humana y deciden, al parecer, ignorar la profecía de las Sibilas, o silenciar las palabras de Casandra y, como los troyanos, perder la batalla.

¿Quiénes son los responsables de este infortunio? “Los profesores encargados de inculcar la pasión lectora que no leen y parecen no saber que los estudiantes no son tontos. Es como si una persona no deportista les dijera que deben hacer”, concluye Manguel.

Ilustración / Oliver Jeffers.

Por eso, se debe motivar –no enseñar– apasionadamente a los niños y jóvenes, de tal manera que su lectura no quede atrapada por unas reglas, por unas normas morales, políticas, jurídicas o religiosas; pasando del texto al cuaderno, de la ortodoxia a la heterodoxia, de la repetición a la interpretación, del significado al sentido. Que leer para ellos se convierta en un oficio y un ritual.

Por eso, como dice Harold Bloom: “Los exhorto a descubrir aquello que les es realmente cercano y puede utilizarse para sopesar y reflexionar. A leer profundamente, no para creer, no para contradecir, sino para aprender a participar de esa naturaleza única que escribe y lee”.

Los niños y jóvenes que hoy se encuentran en la escuela o el colegio, deben tomar los libros de manera categórica y establecer con ellos un diálogo en el cual ambos puedan faltarse al respeto, amarse, odiarse o simplemente ignorarse.

La educación ha cometido el sustancial error de hacer del libro algo lejano a lo humano, y, por ende, ha llevado a pensar que aquello que se encuentra allí en un texto, sólo hay que descifrarlo como sema, como sentido. Y ¡no!

Una novela, un poema o un cuento pueden ayudar a construir el lugar en el mundo de cada persona, configurar un universo particular en el cual cada quien habite junto con sus dudas y respuestas.

En nosotros está hallar ese lugar, para convertirlo en el refugio anhelado en medio de un mundo que nos dispersa, con oleadas de ruido, en lo instantáneo, en lo liviano.