“El momento del nacimiento” bajo el volcán

 

Se diría que espera usted encontrar la respuesta al enigma del universo“.
(Henry James, Los papeles de Aspern).
Dos cadenas montañosas atraviesan la República, aproximadamente de norte a sur, formando entre sí valles y planicies. Ante uno de estos valles, dominado por dos volcanes, se extiende a dos mil metros sobre el nivel del mar, la ciudad de Quauhnáhuac (Cuernavaca, el nombre náhuatl de la población era Quauhnáhuac)”.
(Malcolm Lowry, Bajo el volcán. Tusquets, Barcelona, 1997, p. 23).

Queda pendiente la investigación de la correspondencia que Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez intercambiaron durante el tiempo de la escritura, cuando Carlos Fuentes se radicó en Europa y la cual se encuentra depositada en la Universidad de Princeton, Estados Unidos.

Texto: Iván Rodrigo García Palacios
Ilustraciones: Luisa Rivera

Los tiempos del mito y de las leyendas en la escritura de Cien años de soledad son tres. El primero, la gestación; el segundo, “el momento del nacimiento”, y, el tercero, el de la escritura. Del primero, se sabe que fueron diez y ocho años desde que en 1948 Gabriel García Márquez escribiera ese mamotreto de manuscrito titulado La casa cuando apenas empezaba su formación como periodista y escritor en el periódico El Universal de Cartagena de Indias, bajo la tutela de Clemente Manuel Zabala y Gustavo Ibarra Merlano1, mamotreto que cargó consigo por todo el mundo en una historia de peripecias asombrosas y que terminó destruido en México una vez escribió Cien años de soledad.

El segundo tiempo, “el momento del “nacimiento”, ha sido motivo de múltiples mitos, leyendas y versiones, el último de los cuales se debe a Carlos Fuentes en su discurso en el homenaje en Cartagena a Gabriel García Márquez en sus ochenta años y por los cuarenta años de la publicación de Cien años de soledad, el 24 de abril de 2007.
El tercer tiempo es el de la escritura, la que duró algo así como año y medio, según diferentes versiones y de la que ahora se comienza a tener mayor información, gracias a que los archivos personales de Gabriel García Márquez están depositados y abiertos al público en el Harry Ransom Center en Austin (Texas)2 y de los que el profesor de Harvard, Álvaro Santana Acuña ha empezado a publicar algunos artículos periodísticos como anticipo de la publicación de Acent to Glory,3 su próximo libro sobre Gabriel García Márquez y Cien años de soledad
Como podrá verse, algunos de los datos publicados por Álvaro Santana Acuña sobre la escritura de la novela, coinciden con algunos de los que deduje en mis escritos de 2007: Desde las entrañas de Bajo el volcán a los furores de Cien años de soledad y Mitos y leyendas sobre cien años de soledad, los cuales me sirven ahora de soporte para esta Lectura Lúdica4.
Queda pendiente la investigación de la correspondencia que Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez intercambiaron durante el tiempo de la escritura, cuando Carlos Fuentes se radicó en Europa y la cual se encuentra depositada en la Universidad de Princeton, Estados Unidos. Es de suponer que en ella hay mayor información sobre el proceso y la carpintería de esa escritura. Así que, por ahora, solo queda la posibilidad de imaginar.
Pero, lo que ahora me interesa es hacer la Lectura lúdica al segundo momento y tratar de reconstruir, con la información ya publicada y con la imaginación, ese cuento del momento en el cual, según los mitos y leyendas, surgió en el cerebro de Gabriel García Márquez la seguridad de que ya podía escribir la novela que llevaba gestando por diez y ocho años.
Para realizar esta exploración forense voy a utilizar lo que dijo Carlos Fuentes en su discurso5 en el homenaje que se le ofreciera a Gabriel García Márquez en Cartagena durante el citado homenaje.
Lo primero que hay que decir es que Carlos Fuentes es un referente válido y de confianza, ya que estuvo allí cuando sucedió, tal y como él lo cuenta, pues era amigo íntimo de Gabriel García Márquez y de su esposa Mercedes Barcha, hasta el punto de la complicidad juguetona con la que urdieron los mitos y leyendas de la escritura de Cien años de soledad.
Pero también hay que decir que otra de las versiones sobre ese momento es la de Mercedes Barcha, que también estuvo allí y participó activamente en el invento de esos mitos y en el momento del “nacimiento” de Cien años de soledad.
La versión de Mercedes Barcha es la más más antigua de las dos y por ello la más conocida, hasta el punto de que de ella se han derivado otras versiones. También, Gerald Martín, el biógrafo al que Gabriel García Márquez autorizó para entrevistarlo y escribir su biografía, da cuenta de esas versiones, las que contrasta con otras para insinuar la más probable 6.
La versión de Carlos Fuentes apenas se dio a conocer en su discurso del 24 de abril de 2007 y es la que me interesa para realizar esta Lectura Lúdica. He aquí la sección de ese discurso que voy a diseccionar y de la que voy a tratar de mostrar los referentes literarios que fueron usados para su elaboración:
Se ha dicho que en México Kafka sería un escritor costumbrista y en los años sesenta una de las leyes del Castillo determinaba que los extranjeros debían renovar cada seis meses su residencia y hacerlo no en México, sino —amuélense todos— en un consulado mexicano del extranjero. Esto significaba que Gabriel debía viajar dos veces al año para renovar su permiso de residencia —Kafka puro, les digo— y como tanto él como yo pasábamos por una temporada de aguda aerofobia —determinada, en mi caso, por la trágica muerte de Gaitán Durán en la Martinica—, íbamos por carretera a Acapulco, donde Gabo tomaba un vapor inglés de la P. and O. (homenaje sin duda a su admirado Somerset Maugham) y viajaba a Panamá, obtenía la visa y regresaba a México.
Recuerdo estos viajes porque en uno de ellos Gabriel García Márquez se transformó. Lo miré y me asusté. ¿Qué había ocurrido? ¿Nos habíamos estrellado contra un implacable autobús de la línea México-Chilpancingo-Acapulco? ¿Nos habíamos derrumbado por los precipicios del Cañón del Zopilote? ¿Por qué irradiaba una beatitud improbable el rostro de Gabo? ¿Por qué le iluminaba la cabeza un halo propio de un santo? ¿Era culpa de los tacos de cachete y nenepil que comimos en una fonda de Tres Marías?
Nada de esto: sin saberlo, yo había asistido al nacimiento de Cien años de soledad, ese instante de gracia, de iluminación, de acceso espiritual, en que todas las cosas del mundo se ordenan espiritual e intelectualmente y nos ordenan: «Aquí estoy. Así soy. Ahora escríbeme».
Porque en esa época, él y yo fabricábamos guiones de cine, demostrando nuestra verdadera vocación cuando nos deteníamos horas en colocar una coma o en describir el portón de una hacienda. Es decir: nos importaba lo que se leía, no lo que se veía. Por eso, semanas más tarde, echados en la eterna primavera del césped de mi casa en el barrio de San Ángel, Gabo pudo preguntarme:
—Fontacho, ¿qué vamos a hacer? ¿Salvar al cine mexicano o escribir nuestras novelas?
La suerte estaba echada. Yo me fui a Europa por segunda vez.
[…]
Yo regresé a Europa en 1966 y me instalé en un “palazzo” veneciano para ver qué se sentía al ser Henry James, aunque sin esperanzas de emularlo. Fue una temporada de intenso intercambio epistolar con los amigos, en aquella época anterior —muy anterior— al fax, al e-mail.
Gracias a ello, conservo un maravilloso correo con Gabo en los momentos de la redacción de Cien años de soledad. Yo sabía que él dejó sus empleos, le pidió a Mercedes que llenara el refrigerador, echó candado a su casa y se sentó a escribir un proyecto —me dijo— que le tomó madurar diecisiete años y redactar catorce meses7.

Esa narración y explicación la divido en tres partes. La primera, en la que se crea un contexto y un estado de cosas. La segunda, en la que se narra el momento del suceso. Y, la tercera, en la que se anticipan las consecuencias que llevan a la escritura de la novela…

Un nacimiento volcánico

Las otras partes del discurso también ofrecen referencias e información de mucha importancia para explicar la historia de la escritura de Cien años de soledad, pero, por ahora me interesa únicamente contar el cuento de esos mitos y leyendas del “nacimiento”, los que fueron tejidos por Gabriel García Márquez, su esposa Mercedes Barcha y su amigo Carlos Fuentes, quizás con el fin de obviar las obvias preguntas de los periodistas y académicos y, a su vez, ofrecer un relato más mítico y literario que una prosaica respuesta.
Pues bien, el fragmento citado se corresponde con la narración y explicación de aquel momento excepcional o casi sobrenatural del nacimiento de la novela misma y sus consecuencias. Esa narración y explicación la divido en tres partes. La primera, en la que se crea un contexto y un estado de cosas. La segunda, en la que se narra el momento del suceso. Y, la tercera, en la que se anticipan las consecuencias que llevan a la escritura de la novela, las que luego son narradas y explicadas en el resto del discurso.
La primera frase del relato y de la explicación presenta a Kafka como referente y motivo en la ambientación del mito, pero, también y lo más asombroso, señala y desvela el enigma del autor y de los textos del palimpsesto a partir de los que se va a elaborar ese mito y leyenda y ellos son, Malcolm Lowry, su novela Bajo el volcán, sus cartas y la historia de sus estancias en México. Más adelante explico la más directa conexión con esos asuntos.
Resulta que en la primera estancia de Malcolm Lowry en México, en 1937, le escribe una extraña y desesperada carta a John Davenport y en ella le dice:
“Es la perfecta situación kafkiana”8.
Carlos Fuentes continúa con la explicación del motivo que provoca el evento y momento que darán origen al “nacimiento” de Cien años de soledad. Y comienza por señalar la obligación y necesidad que Gabriel García Márquez tenía de viajar a renovar el visado de permanencia en México, pero resulta que esa situación también ya había sido vivida y contada antes por Malcolm Lowry y es reproducida de forma casi literal en su ya mítica carta a Ronald Paulton, del 15 de junio de 1946. He aquí el fragmento de esa carta que utiliza Carlos Fuentes:
A comienzos de la primavera de 1938 regresé nuevamente a Acapulco. Como en aquella época mi condición legal era la de “rentista”y ya había obtenido una ampliación del visado original, tarjeta de turista o lo que fuera, pedí una prórroga y mal aconsejado, según creo recordar, de que debía obtenerla ahí, por ser el puerto de ingreso original en el país y también por que pensaba embarcarme en un barco de la Panamá Pacific Line, me dirigí a Acapulco. Solicité esa prórroga y entonces me dijeron, después de muchas dilaciones, que era necesario obtenerla en la ciudad de México9
Lo primero que puede verse, evidentemente, es que el homenaje de admiración no es para Somerset Maugham, sino para Malcolm Lowry, una forma de ocultar al autor de las referencias reales que se usaron para narrar y explicar ese momento extraordinario en el que se produce “el nacimiento” de Cien años de soledad, como paso a mostrar.

Hay que anotar que en la versión de Mercedes Barcha ese viaje de Gabriel García Márquez, con ella y los niños a unas vacaciones en Acapulco, se realiza en el carro familiar, un Opel blanco y que él es el conductor.

Más comentarios de Fuentes

Para empezar con lo de las conexiones. El biógrafo de Malcolm Lowry, Douglas Day, cuenta que Lowry también había sido “impactado” por “el encanto” de Cuernavaca en 1937, en su primera estancia en México, lo que desató la escritura de Bajo el volcán10.
En su discurso, Carlos Fuentes, narra y explica ese “momento del nacimiento” de Cien años de soledad a partir de seis preguntas, cuyas referencias y respuestas se pueden encontrar en Bajo el volcán, la novela de Malcolm Lowry cuyo escenario es Cuernavaca, tal es el caso en los capítulos I, en el que se recuerda el motivo y pormenores de un viaje y III, en el que se describen los estados de ánimo y el paisaje del lugar durante el viaje de El Cónsul, Geofrey Firmin, a Parián, todo lo cual se corresponde con lo sucedido a Gabriel García Márquez en aquel momento.
En primer lugar, el recuerdo del viaje:
[…] recordó aquel viaje en auto con Yvonne y el Cónsul a lo largo del lecho del lago, antaño cráter de un inmenso volcán, y nuevamente contempló un horizonte desvanecido en el polvo, los autobuses que zumbaban en medio de las tolvaneras11.
Pasa luego a identificar el lugar en donde se produce “el evento”, “la fonda de Tres Marías”, en la que también puede notarse la referencia y la relación con lo del auto familiar en la versión de Mercedes Barcha y el auto en Bajo el volcán. Hay que anotar que en la versión de Mercedes Barcha ese viaje de Gabriel García Márquez, con ella y los niños a unas vacaciones en Acapulco, se realiza en el carro familiar, un Opel blanco y que él es el conductor. El vehículo en el que viajan Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez no se identifica, pero debió ser un autobús como más adelante se muestra, pues, de acuerdo al relato, ninguno de los dos es el conductor:
Bajando por las curvas de Tres Marías en el Plymouth, viendo allá abajo en la lejanía la ciudad entre la bruma, y luego la ciudad misma, los hitos, tu alma pasó arrastrándose junto a ellos como si pendiera de la cola de algún caballo desbocado- cuando volviste aquí…12.
Y debió ser un autobús porque así lo dice en Bajo el volcán, en donde además se cuenta lo de los riesgos que se enfrentan y que pudieron ser la causa del estado de pasmo de Gabriel García Márquez en aquel momento como lo dice Carlos Fuentes:
Autobuses de extraños nombres -procesión proveniente de caminos vecinales- rozándoles avanzaban en dirección contraria […]13.
Falta la correspondencia y la explicación para lo de “del Cañón del Zopilote”, como llaman en México a los buitres y también saber el por qué esas aves carroñeras hacen parte del mito. Claro que en Bajo el volcán también hay algunas menciones “al Cañón de los Lobos”, pero ese es un delirio de El Cónsul:
[…] Incluso aquellos, pensó Hugh, que sin esfuerzo flotaban, elegantes, en el cielo azul por encima de sus cabezas: los buitres, “zopilotes”, que sólo esperan la ratificación de la muerte14.
En su carta a Jonathan Cape, Malcolm Lowry, lo desvela:
En cuanto a los “zopilotes, los buitres, añadiría que son mucho más que aves de cartón: en este lugar son una realidad; uno de ellos, por cierto, me observa mientras escribo y su mirada nada tiene de placentero: revolotean a lo largo de todo el libro y en el capítulo IX se convierten en un arquetipo, como el águila de Prometeo15.
Y, finalmente, la explicación al estado de pasmo de Gabriel García Márquez, según Carlos Fuentes:
[…] ese instante de gracia, de iluminación, de acceso espiritual, en que todas las cosas del mundo se ordenan espiritual e intelectualmente y nos ordenan: «Aquí estoy. Así soy. Ahora escríbeme».
La respuesta es de Malcolm Lowry:
En sus labios iba y venía una tenue y tranquila sonrisa que de cuando en cuando se paseaba con movimiento imperceptible como si, a pesar de los tumbos, el bamboleo y las sacudidas que sin interrupción impelían a unos contra otros, estuviese resolviendo un problema de ajedrez o recitando algo para sí16.
Después de estos eventos, Carlos Fuentes pasa a exponer las consecuencias por las que él regresa a Europa y Gabriel García Márquez se encierra a escribir Cien años de soledad. Y, con ello, a desvelar “el misterio” del origen de todo este cuento.
Es en este punto donde se muestra la conexión de todo este cuento con la “fabricación de guiones de cine”, y se explican las referencias a Malcolm Lowry, su novela, su correspondencia y su biografía, lo que dará origen al mito y a la leyenda del “nacimiento” de Cien años de soledad y, posteriormente, al palimpsesto de la escritura misma de la novela, pero ese es un cuento para luego.
Esa época de la que habla Carlos Fuentes, es la de cuando el productor de cine mexicano Luis Barranco compró los derechos para realizar una versión cinematográfica de Bajo el volcán, la última de tantas que se habían tratado de realizar desde 1957, incluida la de Luis Buñuel y de las que sólo se realizó la de John Huston. Luis Barranco le encargó la escritura del guion a Gabriel García Márquez, quien ya era reconocido como guionista en México17. Estos eventos debieron sucederse con posterioridad a la publicación de la traducción de Bajo el volcán al español en 1964 y de la publicación del número especial de la revista de la Universidad de México dedicado a Malcolm Lowry y a su obra, en noviembre de ese mismo año 18.
Entonces, eso explica el por qué hacer un guion para “crear” el mito del extraordinario “nacimiento” de Cien años de soledad.
Carlos Fuentes se fue a Europa y lo que dijo a continuación en su discurso cuenta sobre los palimpsestos literarios a partir de los que se inventa y se narra ese mito y, lo más especial, quién es “la autora” que urdió ese invento.
De aparente manera casual, Carlos Fuentes dice:
[…] me instalé en un “palazzo” veneciano para ver que se sentía al ser Henry James, aunque sin esperanzas de emularlo.
¿Cual podría ser ese “palazzo veneciano” y al mismo tiempo ser Henry James? Pues son el “palazzo veneciano” y el personaje de Jeffrey Aspern, ese poeta inglés del que la búsqueda de sus manuscritos perdidos constituye el misterio que se va a resolver en la novela de Henry James, Los papeles de Aspern y que, por supuesto, también señala a “la autora” de todo ese mito y leyenda ya en el primer párrafo de la novela:
La única idea fecunda en todo el asunto surgió de los labios amigos de mistress Prest, a la cual había confiado el secreto. Ella fue quien urdió la estratagema y aflojó el nudo gordiano. En las mujeres no suele suponerse el don de elevarse a una visión amplia de un problema cualquiera. Sin embargo, desarrollan a veces con singular serenidad planes tan audaces como pudiera concebirlos un hombre19.

Y quién otra que la misma Mercedes Barcha es la única “mistress Prest” en todo este cuento. Con razón, Carlos Fuentes dijo que no tenía esperanzas de emularlo, la explicación es obvia.

Y quién otra que la misma Mercedes Barcha es la única “mistress Prest” en todo este cuento. Con razón, Carlos Fuentes dijo que no tenía esperanzas de emularlo, la explicación es obvia.
A partir de aquí, Gabriel García Márquez emprende la escritura de Cien años de soledad. Un proceso que se prolongará por diez y ocho meses y sobre el que también existen algunos mitos y leyendas, así como mucha ilustración.

Notas

1Gustavo Arango, Un ramo de no me olvides. García Márquez en El Universal,
2https://hrc.contentdm.oclc.org/digital/collection/p15878coll73
3 https://www.theatlantic.com/entertainment/archive/2017/05/one-hundred-years-of-solitude-50-years-later/527118/
https://www.almendron.com/tribuna/la-soledad-multitudinaria-de-garcia-marquez/
https://sites.utexas.edu/ransomcentermagazine/2017/05/23/una-historia-de-cien-anos-de-soledad-a-traves-de-sus-documentos/#more-19035
https://www.nexos.com.mx/?p=20655
http://www.es.lapluma.net/index.php/articulos/cultura/literatura/9652-2017-05-30-23-01-08.html
garciamarquez.blogspot.com/2008/08/desde-las-entraas-de-bajo-el-volcn-al_7685.html
http://mitosyleyendasobrecienaosdesoledad.blogspot.com/
5Carlos Fuentes. Para darle nombre a América, homenaje, Cien años de soledad, edición conmemorativa, RAE, 2007.
6 Gerald Martin. Gabriel García Márquez, Una vida, Debate, Bogotá, 2009, pp. 336-337: “Después de estas visitas inesperadas de tierras lejanas y las buenas nuevas que trajeron consigo, García Márquez decidió llevar a su familia a pasar unas breves vacaciones a Acapulco el fin de semana siguiente, tras la larga ausencia durante el rodaje en Pátzcuaro. La carretera a Acapulco es una rúa tortuosa, llena de recodos y curvas estremecedoras, y García Márquez, que siempre ha sido un conductor apasionado, estaba disfrutando de lo lindo al volante de su pequeño Opel blanco recorriendo el paisaje cambiante de la carretera, mexicana. A menudo ha dicho que conducir es una habilidad en cierta medida automática, que sin embargo exige concentrarse mucho, lo cual le permite abstraerse y pensar en sus novelas. No llevaba mucho tiempo conduciendo aquel día cuando, «de la nada», la primera frase de una novela se le presentó en su cerebro. Tras ella, invisible pero palpable, estaba toda la novela, como si le fuera dictada —se la trasvasaran— desde arriba. Fue tan poderoso e irresistible como un hechizo. La fórmula secreta de la frase se hallaba en el punto de vista y, por encima de todo, en el tono: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…». García Márquez, como sumido en un trance, se hizo a un lado de la carretera, dio media vuelta con el Opel y tomó rumbo de nuevo hacia Ciudad de México. Y entonces…
Parece una lástima intervenir en este punto del relato, pero el biógrafo se siente obligado a señalar que ha habido versiones distintas de este episodio (como ocurre con tantos otros), y que el que acaban de leer lisa y llanamente no puede ser cierto, o cuando menos no puede adquirir el carácter milagroso que la mayoría de quienes lo narran han dado a entender. Las distintas versiones varían en cuanto a si lo que oyó García Márquez fue la primera frase o sólo lo asaltó la imagen de un abuelo que llevaba a un niño a descubrir el hielo (o, de hecho, a descubrir algo más). Sea cual sea la verdad, desde luego ocurrió algo misterioso, por no decir mágico.
La versión clásica, recién interrumpida, nos ofrece a un García Márquez que da media vuelta con el coche en el preciso instante en que oye la frase en su cabeza y cancela perentoriamente las vacaciones familiares, que conduce de regreso a Ciudad de México y empieza la novela en cuanto llega a casa. Otras versiones nos lo muestran repitiéndose aquellas líneas y reflexionando acerca de sus posibles implicaciones mientras conduce, luego elaborando profusas notas cuando llega a Acapulco, y empezando la novela propiamente cuando regresa a la capital. Desde luego, ésta es la más convincente de entre las distintas alternativas; en cualquier caso, en todas las versiones las vacaciones se truncan y los niños y la sufrida Mercedes (sin alcanzar a imaginar siquiera cuánto le quedaba aún por sufrir) no tuvieron más remedio que tragarse su desilusión y esperar a las siguientes vacaciones, una ocasión que tardaría largo tiempo en llegar”.
7Carlos Fuentes, Para darle nombre a América, homenaje, Cien años de soledad, edición conmemorativa, RAE, 2007 (609 p.), p. XXI.
8Carta publicada en la Revista de la Universidad de México, XIX, 3, nov. de 1964, p. 29. Citada por: Douglas Day. Malcolm Lowry. Una biografía, Fondo de Cultura Económica, México, 1983, p. 26-266:
9 Malcolm Lowry. El volcán, el mezcal, los comisarios…, Tusquets, Barcelona, 1984, p. 74.
10 Douglas Day, Malcolm Lowry, una biografía, Fondo de Cultura Económica, México, 1983, pp. 244-245. “Más allá del hotel, al norte, estaba la gran “Selva” que en tiempos de los aztecas había recibido el nombre de Cuernavaca (el nombre náhuatl de la población era Quauhnáhuac) […] Los alrededores eran espectaculares, aunque la casa no lo fuera; y el terreno era propicio para Lowry, el eterno simbolista: era como un palacio en ruinas sobre la superficie de la tierra, las mágicas montañas a lo lejos, alzándose como el Monte del Purgatorio hacia el cielo, y a los pies, aparentemente sin fondo y efectivamente feculento, el abismo […] Pero si Lowry había estado buscando el bosque de símbolos de Baudelaire, con sus innumerables correspondencias, jamás podría haber encontrado un lugar más apropiado que Cuernavaca. Empezó a escribir casi de inmediato”.
“En cosa de unas semanas había terminado ya un cuento que decidió llamar Bajo el volcán. Estaba dividido en tres partes iguales y tenía cerca de 7.000 palabras”
11Malcolm Lowry, Bajo el volcán, Tusquets, Barcelona, 1997, p. 31.
12Malcolm Lowry, Bajo el volcán, Tusquets, Barcelona, 1997, p. 113.
13Malcolm Lowry, Bajo el volcán, Tusquets, Barcelona, 1997, p. 274.
14Malcolm Lowry, Bajo el volcán, Tusquets, Barcelona, 1997, p. 288.
15Malcolm Lowry, El volcán, el mezcal, los comisarios, Tusquets, Barcelona, 1984, p. 54.
16Malcolm Lowry, Bajo el volcán, Tusquets, Barcelona, 1997, pp. 271-272.
17Julius Neelley, Persiguiendo el volcán, Revista Quimera No. 53, Barcelona, p. 81.
18Revista de la Universidad de México, vol. XIX, número. 3, noviembre de 1964
19Henry James, Los papeles de Aspern, Fabula-Tusquets, Barcelona, 2001, p. 9.