La conversación se interrumpió por una algarabía proveniente del exterior. Salimos al cobertizo, donde los niños Carlson observaban a la nana ponerse delante de Charles Maine, que le apuntaba al pecho con su rifle, puesto que ella le impedía el paso.

Por: Elbert Coes

Una mujer entró tímida y sigilosa a la sala de Indicia, con unos zapatos altos y unos pantalones de lino. En su cara, las líneas dibujaban una expresión de curiosidad y extravío. El pelo dorado caía sobre los hombros como una cascada sucia. Después de echar un vistazo alrededor, la mujer se detuvo a ojear un trozo de papel entre sus dedos y alzó la cara. Preguntó por Jerome, y Valentina dejó de hablarme. La atmósfera creada hacía un cuarto de hora con argumentos de mi compañera para elevar el precio de la revista había quedado rota. Miramos a Jerome, que salía de su despacho con la cara de los días en que visita al psiquiatra, y la recién llegada, comprendiendo que él era la persona a quien buscaba, le ofreció una mano con la actitud de un reo optimista, pronunciando su nombre con una mezcla de acentos entre el sur y el centro: Linda Carlson, dijo, y pidió hablar con él en privado.

Al atardecer, Jerome y yo nos encontramos frente al ascensor. Causalidad que aproveché para entrometerme en el asunto justo cuando presionaba los botones uno y menos dos.

—Te llevo a tu casa —dije.

—Iré mañana a la casa del difunto por si quieres acompañarme.

—¿Tenía acento sureño o fue mi parecer?

—Viene de una provincia en los límites del este. Vive en Atlanta ya hace algunos años.

—¿De qué se trata?

—Un asesinato. La desconocida es hermana de la víctima. Su cuñada está en la cárcel a punto de ser condenada por un crimen que, cree la clienta, no cometió. ¿Qué te parece si hacemos un poco de investigación y escribimos un artículo?

—Suena bien.

—Perfecto. Pasa por mí mañana.

A la mañana del día siguiente lo recogí al pie de su casa. Dos horas después entrábamos en una bonita granja al sur de Macon, en cuyo campo había una aplanadora, bloques de heno, vacas, caballos y algunos animales domésticos. La casa era de madera, dos plantas y un cobertizo de escalinata corta. La marquesina desembocaba en un tanque de agua.

Al tiempo que aparcábamos, de la casa salía la señora Carlson, seguida de tres niños y una mujer negra. Desde un flanco apareció un viejo en overol. Caminaba rápido, dando tumbos. Saludó desde lejos. Siguió acercándose al auto torpemente. Cuando llegó apoyó el antebrazo en la ventana de Jerome. Tenía la barba blanca y desaliñada y hedía a whisky viejo. Un sombrero le protegía la cara del sol encandecido. Torció una sonrisa carente de incisivos.

—Bienvenidos a Carlson Road. Ustedes deben ser los investigadores que contrató mi hermana.

—Sin duda usted no es el muerto—dijo Jerome.

—El que murió fue mi hermano. Ahí están sus bastardos, su esclava, la gorda que quiere su herencia… ja, ja, ja… la viuda está presa por matar al mojigato.

Jerome abrió la puerta y le hizo trastabillar. No pidió disculpas para observar el derredor. Bajé del Jeep filmando con una videocámara: al hombre, la casa, los niños, la nana, la señora Carlson.

—La clienta vive aquí —dije. Esta caminó hacia nosotros.

—No vive aquí —dijo Jerome—. Vino a dar las instrucciones. Se devuelve a la ciudad. ¿Es relevante?

—Dímelo tú, “padre Brown”.

—Basta, Fred —dijo Linda Carlson—. Deja en paz a nuestra visita. Vete de aquí.

Fred se apartó muerto de risa. La mujer nos saludó y nos llevó con la nana y los niños, hijos del difunto y de la mujer arrestada.

Adentro, la casa era bonita y amplia, con adornos rudimentarios pero pulidos y limpios. Linda Carlson nos dio el recorrido. Finalmente, el dormitorio de la pareja: un cuarto modesto con una ventana hacia un lado del patio. Yo filmaba. Linda Carlson repasaba los muebles.

—Mi cuñada declaró que Pat no había hecho nada fuera de lo normal la noche antes de que lo asesinaran.

La lente observó la cama, los muebles, el techo falso, la ventana, la puerta cuando Jerome revisaba la cerradura y a Linda Carlson que miraba de frente de vez en cuando.

—Mi cuñada dijo que estaba cerrada. Siempre cierra la puerta antes de dormir. Normalmente no cuando hace calor, pero dijo que Pat le imploraba que la cerrara.

Linda Carlson tenía el rostro marcado de líneas y los ojos rojizos y amainados.

—¿Qué dijo de lo sucedido? —preguntó Jerome.

—Se acostaron dos horas después de cenar. Todo normal. Al despertar se dio su baño, y cuando volvió al cuarto Pat seguía dormido.

—¿Solía dormir hasta tarde?

—No. Pat era un madrugador, lo mismo que Fred. Los dos se levantaban a los quehaceres de la granja. Mi cuñada le habló a Pat para que se levantara a desayunar y mi hermano no respondió.

Fotograma de El extraño, dirigida por Orson Wells.

Mi compañero y yo fuimos al patio y recorrimos el terreno a la derecha de la casa.

—Parece una muerte natural —dije.

—El parte médico dice que murió de asfixia y reconoce una señal de ahogo por manos humanas. Quien mató a Pat Carlson aprovechó su sueño profundo.

—La esposa.

—Ella fue la última que lo vio con vida y la primera que lo vio muerto.

—Es demasiado obvio.

—La señora Carlson dice que Pat tenía discusiones con el vecino por las naranjas que caen de ese lado. Vamos allá.

Regresamos al frente del terreno, pasamos delante de la aplanadora y de la risa de Fred. Fuimos al otro terreno. La lente filmó a un hombre bajito y bigotudo que, parado a medio camino entre la casa y la entrada de la granja, nos apuntaba con un rifle. Jerome puso las manos en alto de modo burlesco, aunque saludó seriamente.

—Los amigos de mis enemigos no son bienvenidos en mis tierras —dijo el propietario—. Pude dispararles sin avisar y ni un centavo habría pagado por sus cadáveres.

—Lo que dice está errado, señor Maine —dijo Jerome—. Hubo un asesinato en la granja vecina hace pocos días, y es sensato que un par de detectives averigüen quién lo cometió. Su granja está abierta y nadie cuida en la entrada. Ni siquiera tiene una puerta.

La lente enfocó a dos mujeres que se aparecieron en el cobertizo de la casa, una adulta y una joven, ambas bonitas. Hizo zoom en los rostros bronceados, ecuánimes, sin duda parientes.

—Le ruego que baje el arma y hablemos como dos personas decentes —dijo Jerome—. Señor Maine, créame que pienso que usted no pudo haber matado a Pat Carlson. Mi compañero piensa lo mismo que yo. Somos altamente asertivos en nuestras hipótesis.

—¿Qué quiere saber?

—Pat Carlson y usted solían discutir por el árbol de naranjas que está en territorio de los Carlson.

Maine pareció meditar un extenso minuto, luego se echó el rifle al hombro y se dio vuelta. Le seguimos el paso por el flanco izquierdo del terreno. La lente repasó el cobertizo de la casa; halló solo a la mujer mayor, mirándola fijamente. La lente giró para seguir tras Jerome. Nos detuvimos junto al naranjo. Jerome pisó el terreno, con su pálida mano tocó el alambrado de púas que separaba las tierras. Hizo visera para ver las frutas en el árbol.

—¿Qué dice la ley de esto, señor Maine?

—Si la naranja cae ya no es del árbol sino de la tierra donde caiga. Si el dueño del árbol quiere las naranjas debe recogerlas antes de que caigan.

—Pero esas ramas están lejos del tronco del árbol. ¿Cómo hacía Pat Carlson para alcanzar esas naranjas?

—Desde donde está usted parado, detective. Donde el viejo Carlson hubiera puesto un pie en mi tierra, yo mismo le habría volado la cabeza.

—¿Cómo lo hacía desde tan lejos?

—Con una vara y una canasta pegada al extremo. Tampoco quería que pusiera su estúpida vara en mi espacio.

Jerome sonrió a la cámara. Se volvió al viejo y le dijo:

—No haga más que acatar la ley, señor Maine.

—Si por la ley fuera, este mundo sería una jodida mierda. En mi tierra yo hago mis leyes.

—Permítame ver el terreno allí adelante.

—Cuidado con los perros.

El mundo ya es una jodida mierda. La lente siguió los pasos del detective, observó el patio alrededor, las chozas, los establos, los hatos y los gallineros. El ladrido de los perros rompía el ruido de las hojas siendo frotadas por el viento. El mundo es una mierda pero aún le quedan granjas. Minutos después volvimos a casa de los Carlson. El sol fulgía en el cielo mientras las aves graznaban la hora del almuerzo.

—¿Todavía piensas que no tuvo que ver? —me preguntó Jerome.

—Su actitud es agresiva y nos permitió entrar a su terreno —dije.

—No lo suficiente.

—¿A qué te refieres?

—Hay que ver toda la parte de atrás de esa tierra. Podríamos entrar desde este lado, también por atrás. Hagámoslo en la noche, esta noche.

A la caída del sol, yo hacía tomas del patio de atrás de los Carlson, desde una estructura de madera que sostenía un invernadero. La nana salió de la cocina y me entregó una taza de café.

—Es hermoso —dijo ella observando el horizonte.

—No se ve nada de esto en Atlanta —dije—. Casi había olvidado su existencia. Es de esas cosas que uno nunca se cansa de ver.

Mi casa en Tuxedo Park está rodeada de setos y abedules. Debería avergonzarme de no saber el nombre de nuestro jardinero, ese que pule los girasoles y las margaritas de Emma.

—Los detectives son racionales ¿no es verdad? —dijo la nana.

—Deben de serlo.

Si no veo el atardecer es porque el balcón de mi cuarto mira al norte y la ventana hacia el este, pero no es difícil pararse en el cobertizo del frente o pasar al balcón del cuarto de mis padres y ver al sol descender rojizo en el horizonte.

—Entonces no sabrán quién mató al señor Carlson.

—Es gracias a la razón que descubrimos criminales.

La rutina en la ciudad es el rascacielos más alto.

—Usted no entiende. Me refiero a que, si quieren saber la verdad, la razón no les sirve.

—Habla como si lo supiera.

—Si lo supiera no serviría de nada, porque usted y la policía y el juez son racionales.

—No comprendo.

—¿Cree en fantasmas?

—Depende del fantasma.

—En espíritus.

Sonreí con la mirada en el infinito y un recuerdo flotante.

—¿Me está diciendo que al señor Carlson lo mató un fantasma?

—Me parece que usted no cree y hace inútil que le diga cualquier cosa. Espero que su amigo sea menos racional.

—No lo es menos, pero sin duda sabremos quién mató a su patrono.

—Ojalá, detective —dijo regresando a la cocina—. Disfrute el atardecer.

Me quedé allí hasta que llegó la noche. Nadie sabe lo que tiene hasta que ve un atardecer ajeno. Más tarde, después de cenar, revisé las videograbaciones en la habitación donde Jerome y yo pasaríamos la noche.

—Ron, mira esto.

Jerome interrumpió su terapia de yoga para ver el video.

—¿Qué? —dijo ante la computadora—. Está pausado. ¿Es el dormitorio de Pat Carlson?

—Así es. Observa la ventana.

—¿Qué sugieres?

—El atrapasueños me parece anormal.

Jerome regresó al cojín en el suelo.

—Anormal es que haya una cama para los dos.

—Es fácil; cara o sello o piedra, papel o tijera…

Caminé hacia él y le ofrecí mi mano derecha.

—Dos de tres —dije.

Yo piedra, Jerome papel. Yo papel, Jerome tijera. Yo tijera, Jerome piedra.

—Bien —dije—. Son las nueve y media: hora de trabajar.

Por la parte de atrás, hacia el lado izquierdo de la casa Carlson, el monte era demasiado alto para ser atravesado sin temor; sin embargo, con filmadora y linterna en mano, hallamos un caminito cercado por la hierba que nos condujo no hasta la granja del señor Maine sino hasta un claro en el monte, rodeado de árboles y arbustos, en medio del cual corría un estrecho y sonoro manantial.

—Parece un buen lugar para relajarse —dije.

La videocámara pilló a Jerome recogiendo un trapo del suelo. Lo pasó por su nariz: Queroseno, dijo. Había un manto, restos de frutas y una base de lámpara.

—¿Te preguntas si Pat Carlson venía a este lugar?

No respondió. Caminó hacia un extremo del claro y me hizo señas para que lo siguiera.

—Ahora es cuando empiezas a preguntarte quién venía a menudo a este lugar —dijo.

Nos adentramos por un nuevo sendero, más estrecho, sutil e indivisible que el anterior. De pronto apareció ante nosotros la cerca de púas, modificada en los cables de abajo; doblados de modo que pudieran facilitar el paso a una figura humana en tanto esta tuviera cierta flexibilidad.

—¿Estás listo? —dijo Jerome a la videocámara.

—Te sigo.

Él pasó primero, luego recibió la filmadora para que yo lo siguiera. No avanzamos más de veinte metros ya que el caminito se interrumpía con la maleza elevada. Nos habíamos perdido.

A la mañana siguiente tocábamos la puerta de la casa de Charles Maine. Esta se abrió apenas los centímetros necesarios para permitirnos ver un par de ojos negros en la penumbra.

—Buenos días —dijo Jerome—. Buscamos al señor Maine.

—Mi padre no se halla en casa —dijo la voz, aniñada en su oscuridad.

—¿A qué hora está de vuelta?

—A la hora que se sirve el almuerzo. ¿Quiere dejarle algún mensaje?

—¿Está usted sola en casa? —dijo Jerome, y apoyó la palma de la mano en la puerta—. Mi amigo y yo estamos investigando la muerte del señor Carlson, su vecino, y quisiéramos hacerle un par de preguntas.

—No sé nada de la gente de estas tierras, lo siento.

—Entiendo. ¿Cuál es su nombre?

—Me llamo Nancy. A mi padre no le gusta que hable con extraños.

—Nancy, ¿crees que podemos hablar con tu madre?

—Mi madre se fue con mi padre a vender la carne.

—¿A dónde fueron?

—Al mercado del pueblo.

—¿Es lo que hacen todos por aquí? ¿Van al mercado del pueblo?

—No lo sé, señor.

—¿Sabes si los Carlson van al mercado?

—No.

—¿No van o no sabes?

—Tengo que hacer tareas de la casa, señor.

Jerome sintió la puerta empujando por cerrarse, presionando contra su antebrazo.

—Debes entender que tu padre es sospechoso de asesinar a Pat Carlson. Sabemos que entre ellos había una disputa por las naranjas que caen de este lado.

—Mi padre defiende sus tierras.

—¿Defiende sus tierras hasta matar?

—Mataría si es posible.

—Te digo, Ron —susurré—, que lo único que nos falta es hallar la evidencia.

—Señorita Maine, prometo dejarla en paz si nos permite dar un paseo por el patio trasero de su casa.

—Claro, ¿por qué no?

Volvió a empujar la puerta. La mano de Jerome seguía ejerciendo presión.

—Por favor, encierre a los perros.

Los ojos de Nancy centellearon en la oscuridad sin dejar de fijar una mirada dura y rebelde.

—Espere entonces —dijo—. Volveré y le avisaré.

Jerome retiró la mano para permitir que la puerta se cerrara. Varios minutos después los ojos de la niña se asomaron.

—Ya puede ir al patio, señor —dijo amablemente—. Dé la vuelta por un lado de la casa.

Madre migrante, fotografía de Dorothea Lange.

Jerome le agradeció a la puerta que se cerró frente a él. Rodeamos la casa por el flanco derecho, por el lado del naranjo, límite con los Carlson, hasta llegar al patio trasero, y pasamos por delante de las casillas de los cerdos, de las gallinas picoteando y de los establos, por suelos pantanosos y gramilla húmeda. Nos detuvimos justo donde se iniciaba el caminito que llevaba hacia el claro en el monte.

—Tal como lo imaginaba —dijo Jerome.

—No creo que Pat Carlson y Charles Maine tuvieran un romance secreto en ese descanso.

—Yo tampoco, Ron, pero estoy seguro de que los dos caminos convergen hacia allí, lo cual es un indicio. Ahora, por el olor a queroseno en el trapo rojo y la base de la lámpara que hallamos, asumimos que el último encuentro se dio durante la noche.

—Es posible que Pat Carlson se levantara a media noche y…

—Una hipótesis apresurada.

—Argüir un romance también lo es.

Jerome se puso pensativo. Comenzó a hacer cuentas.

—Dos granjas familiares, una nana, un árbol de naranjas… El muerto es Pat Carlson y no Charles Maine.

—¿Qué hay con eso?

—Me contrataron para sacar a la mujer del señor Carlson de la cárcel, probando que ella no lo mató. Si ella no lo mató y el muerto es el señor Carlson, nos queda que quien lo hizo fue alguien de la granja Maine. ¿Cuál es nuestro principal motivo?

—¿El naranjo?

—Las naranjas son un conflicto, no un motivo.

—¿Todavía estamos debatiendo si había o no un amorío?

—Tenemos el asesino, nos falta…

Jerome no terminaba de hablar cuando a nuestras espaldas oímos un gruñido. Dos pastores alemanes se habían deslizado sigilosos por la gramilla y ahora comenzaban a ladrar desde un montículo de tierra. Niña estúpida.

Los perros se acercaban lentamente.

—¿Jon?

—¿Sí?

—A la cuenta de tres.

—¿Qué?

—¡Corres!

Jerome echó a correr hacia el monte. Yo le seguí por el matorral, por fuera del caminito visible. Los dos gritábamos eufóricos, por encima del ladrido de los perros que nos seguían. En vez de converger hacia el claro descubierto la noche anterior, Jerome, que iba adelante, atravesó la maleza buscando un atajo y se golpeó contra el muro que formaba la cerca de púas; pero, excitado como estaba, trepó las líneas de alambres y saltó al terreno vecino, cayendo de bruces e incorporándose de inmediato. Le grité y le arrojé la videocámara por encima del cerco para poder saltar. Me rasguñé trepando. Corrimos hasta saber que los perros ya no nos perseguían. Agitados, desde un montículo de hierba vimos que uno de ellos se había quedado atrapado en el cerco de púas, chillando, mientras el otro ladraba sin intentar cruzar la línea divisoria. Reparé en las botas rasgadas de mi jean, Jerome tenía la cara arañada y le sangraba igual que las manos.

—¿Te mordió? —preguntó jadeando.

—No lo creo.

—Nunca te fíes de una niña de pueblo.

Minutos después reemprendimos la marcha por el caminito de los Carlson hasta llegar a la casa. Jerome pidió a la nana que nos llevara otra vez al dormitorio de Pat Carlson. Media hora después de haber permanecido revisándola, le dije:

—Sigo sin entender cómo pudo haber entrado el asesino si la puerta y esa ventana estaban cerradas desde adentro.

—Lo único que sacamos de esto —dijo Jerome— es lo que ya parece evidente: que la propia esposa lo asesinó.

—Pero te contrataron para desvirtuar eso.

—Así es.

—Y aceptaste.

—Por supuesto.

—Significa que no crees que ella lo haya hecho.

—Sus hijos la echan de menos.

—Sin embargo el llanto de un hijo no es evidencia de la inocencia de un padre.

—Tienes razón.

—¿Qué haremos al respecto?    

—Supongo que este caso requiere de mucha minucia. Acude a tu intuición.

—No sé de qué me hablas, pero ahora que lo mencionas, recuerdo que la nana me abordó ayer y dijo algo en contra de la razón.

—No es una cuestión insignificante.

La conversación se interrumpió por una algarabía proveniente del exterior. Salimos al cobertizo de la casa, donde los niños Carlson observaban a la nana ponerse delante de Charles Maine, que le apuntaba al pecho con su rifle, puesto que ella le impedía el paso. El más pequeño de los niños Carlson lloraba en brazos de la niña, y la señora Maine le pedía a gritos a su esposo que no fuera a disparar, al mismo tiempo le jalaba de la camisa.

—¡Ustedes dos —nos dijo Charles Maine—, par de canallas!

Jerome descendió despacio la escalinata y caminó hasta quedar junto a la nana. El viejo Charles redireccionó el cañón de su rifle.

—Usted se metió a mi tierra sin autorización. Ahora por su culpa tengo un perro malherido.

—Le pedimos permiso a su hija ya que usted no estaba en casa —dijo Jerome—. Ella nos engañó; soltó los perros para que nos atacaran. Tengo heridas por golpearme contra las púas. Vea usted mismo mi cara. A mi amigo casi le arrancan un tobillo.

—Le prohíbo que hable de mi hija —dijo Charles Maine, con el ceño fruncido y apretando los dientes—. Debería darle vergüenza.

—Charles, por favor —dijo la señora Maine—, vámonos.

—Dos asesinatos ya son demasiados, señor Maine —dije desde el cobertizo. Bajé la escalinata—. Anoche encontramos un claro en el monte, cerca de la pequeña cascada en el riachuelo. Había vestigios de un picnic. Aunque nocturno: una manta, sobras de comida, un trapo rojo para lámpara de queroseno. ¿Había acaso un amorío entre usted y la esposa del señor Carlson? ¿O tal vez entre su mujer, Charles, y el señor Carlson? Lo curioso es que nos dimos cuenta de que desde esta casa hacia la suya no hay un caminito, sino que desde ambas tierras un caminito va hacia el riachuelo, donde convergen sospechosamente. ¿Va a decirme que es mera casualidad, Charles? ¿Quién mató a Pat Carlson por el evidente motivo de celos?

—Yo no maté a ese hijo de perra. Ojalá hubiera tenido el placer; le hubiera disparado aquí, en su propia casa.

El señor Maine miró a su mujer, bajó el arma y se dio vuelta. Sin decir más, los dos abandonaron la granja.

A la caída del sol, mientras Jerome meditaba, recorría la granja. Al pasar por el árbol de naranjas oí un rumor. Me apeé al cerco y encontré que a la sombra del árbol se recogía sentada en cuclillas la figura, ahora menos niña y más esbelta, de la hija del señor Maine. La muchacha escondía la cabeza entre sus rodillas, ocultando el llanto y una solitaria amargura.

—¿Le pasa algo, señorita Carlson? —le dije desde el otro lado.

La joven volvió un rostro ovalado, rojizo de llanto, cuyos ojos permanecían hendidos.

—¡Usted…! —dijo— ¡Por su culpa!

Y como quien lanza una granada y no quiere recibir sus esquirlas, huyó corriendo hacia su casa. Regresé indignado y me puse a leer este relato hasta la hora de la cena, cuando ya había caído el sol.

Jerome y yo nos sentamos a la mesa cuando los niños Carlson ya se iban a sus cuartos.

—Esta tarde vi a la señorita Maine llorando. Me dio a entender que su padre la reprendió por habernos engañado con los perros.

La nana servía jugos y vino en la mesa. Jerome seguía sus movimientos al tiempo que en la mano sostenía una rodaja de tomate. Decía:

—A pesar de ser una granja bonita, todavía conserva el aire de los pueblos perdidos. Tiene electricidad, pero cuando están apagadas las luces todo queda muy, pero muy oscuro. Hay redes, pero el teléfono nunca suena. Hay buzón, pero el cartero nunca viene. ¿Lo has notado, Jon?

—Pat Carlson pudo haber sido envenenado.

Así no termina. Es demasiado evidente.

—Pero la nana cuidó al señor Carlson desde niño, como si fuera su hijo.

—Eso es verdad, detective —dijo la nana.

—Y conoce estas y otras costumbres —dijo Jerome.

—Perfectamente —dijo la nana.

—Y por esa razón —dijo Jerome— sabe bien qué color y qué prendas deben usar los enamorados, los amantes y los que están tristes en determinadas ocasiones ¿no? Sabe cómo y dónde poner el matarratas lo mismo que el azufre para espantar las serpientes, o el atrapasueños para ahuyentar las pesadillas y los espíritus. ¿No es así?

—Está en lo cierto, señor.

—Supongo que consideras el caso… —dije.

—El atrapasueños no estaba en la entrada de la casa sino en la ventana del dormitorio de Pat Carlson. ¿Por qué?

—Lo vimos claramente —dije, y asentí.

—Jon, te recomiendo dejar encendida tu cámara esta noche.

—Si funciona después de que la dejaste caer.

—Yo no sé quién mató al señor Carlson —dijo la nana—. Pero estoy segura de que no fui yo mientras todos dormíamos. Sé controlar mi propio espíritu viejo. Los jóvenes no lo hacen con facilidad. Dígamelo, detective, ¿sabe usted controlar su espíritu mientras duerme?

Jerome se reclinó sin dejar de mirar a la mujer.

—Me ha costado un poco aprenderlo. Pero últimamente tengo claras impresiones de los lugares que visito. Los recuerdos son frescos durante la mañana.

Me miró y le guiñé un ojo.

—Iré a revisar que los niños se duerman —dijo la nana—. Volveré para recoger la mesa. Con permiso.

Terminamos de comer y subimos a nuestra habitación. En poco tiempo nos quedamos dormidos, respetando los resultados del sorteo de la noche anterior.

Jerome me despertó a la madrugada, sobresaltado.

—Tenemos que irnos —dijo.

—¿Te has vuelto loco?

—Vamos, amigo, levántate.

—Demonios, Ron, ¿no puedes esperar hasta mañana?

—No. Terminamos nuestro trabajo. Ya está.

Me moví en el suelo hasta descubrirme la cabeza. Jerome había encendido una lámpara.

—¿De qué hablas? ¿Ya lo resolviste?

—Sí —dijo Jerome, poniéndose los zapatos—. Y lo mejor es que te vistas y enciendas el auto.

Me incorporé a la fuerza, despejando con la mano el sueño de mis ojos, con la cara fruncida.

—¿Y bien? ¿Nos vamos y ya está?

—Solo vístete, enciende el auto y te lo explico en el camino. No diré nada aquí.

Ahora que yo acababa de despertar y veía en la cara de Jerome una palidez extraordinariamente azul, me tomaba en serio sus impulsos. Mi amigo era dramático pero no hasta el exceso de cambiar de color a su antojo.

Media hora después, no sin antes despedirnos de la nana, viajábamos hacia Macon. 

—Cuando estuve con Valentina en Charleston, me dejaba dormir —dije conduciendo sobre Houston Avenue.

El cielo estaba estrellado, distinto al del condado que acabábamos de abandonar.

—Te dejé dormir en el ayuntamiento la vez del fantasma —dijo Jerome—. No seas ingrato. Este espíritu no daba tiempo. Era mejor levantarse e irnos.

—Ya veo. Te refieres a que había un fantasma, y por eso salimos tan rápido. ¿También me dirás que un fantasma fue el que mató a Pat Carson?

—Digamos que el viejo Pat se buscó su muerte por canalla. Me temo que nadie le haya hecho daño a Pat Carlson de manera intencional. La nana no lo ignoraba. No obstante tenernos a nosotros le fue útil para aclarar sus dudas.

—¿Cuáles dudas?

—¿Recuerdas que te habló de la inutilidad de la razón para este caso? Estoy de acuerdo con eso, pero no lo había pensado hasta que tú me lo dijiste. El único misterio aquí es la marca en el cuello de Pat Carlson. Pero tiene sentido cuando dijo que los jóvenes no controlaban su espíritu durante el sueño tanto como los adultos.

—Ron, sigo sin entenderte.

—No cobraremos por resolver el caso, sino por escribir acerca de él.

—Te aseguro que no recuerdo un caso sobre algún fantasma en el que me hayan pagado.

—Ja, ja, ja, claro, claro, los fantasmas no pagan en dólares. El problema en este caso es que la señora Carlson será condenada y nosotros nada podemos hacer contra eso. Si consigue un buen abogado que desvirtúe la acusación e impida la condena por encima de toda duda razonable…

—Te estás metiendo en el más oscuro de los callejones.  

—Un buen abogado hará que no la condenen sin las suficientes pruebas en su contra.

—¿Crees que ella no lo mató, pero aseguras que hubo un asesinato sin asesino? ¿Eso me estás diciendo?

—La señora Carlson es inocente, te lo aseguro. Ojalá el juez la absuelva.

—¿Quién mató a Pat Carson, Ron?

—No tenemos herramientas de prueba a esa escala.

—Y dale con el fantasma. ¿Quién lo mató?

—Los jóvenes son más violentos que los adultos, sucumben a las pasiones con todas sus fuerzas, anhelan vivir el amor perfecto, y cuando creen haberlo conseguido, lo acaban.

Lo miré sin dejar de conducir, masticando sus palabras.

—¿Cómo lo sabes?

—Vi su espectro. Por eso me desperté. Lo vi antes de que abandonáramos la granja.

Moví la cabeza.

—Al principio no podía respirar —continuó—. Unas uñas me apretaban el cuello. Luego, algo me abrazó por la espalda. Cuando abrí los ojos y pude moverme, el espectro se sorprendió de que lo viera y salió del cuarto como humo jalado por el viento.

Aguardé un momento. Tomé una curva y saludé con pitido a un vehículo de vuelta.

—¿En serio esperas que me crea eso?

—Es la historia que escribiré, Jon.

Permanecí en silencio unos minutos. Se me apareció una carretera recta y sin fondo. Dije:

—Por eso el atrapasueños en la ventana del dormitorio. Pat Carlson lo sabía. Santo Dios, Ron, la niña era su amante.