Por: Ángela Henao

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Escucho el teléfono sonar en este instante y sin embargo presiento que no está sonando. Lo escucho llorar como un niño en la madrugada, gritar como una loca encerrada en un hospital mental o reír a carcajadas espantosas que me dejan los oídos medio aturdidos. Me di cuenta, que todo eso depende de mi estado de ánimo. Cuando estoy aburrida  por ejemplo, escucho el motor de un carro que va en línea recta, bueno, algo así, no soy muy buena haciendo ese tipo de asociaciones. A veces, cuando se me pierde una cosa y la encuentro, escucho un breve aplauso por toda la casa, me asusto y recuerdo que es el teléfono.

Odio esa forma de estar nombrando lo que es, lo que no es, lo que fue, lo que no fue, todo se lo dejo al timbre del teléfono, él lo hace mejor que yo, sobre todo por su carácter circunstancial; lo define todo y a penas me deja un suspiro en la boca a punto de pronunciar alguna palabra de relleno. Cuando la gente me pregunta por mi nombre, siento que las cosas a mi alrededor se comienzan a resbalar y me armo una propia rampa, olvido cómo me llaman las personas que por supuesto es diferente a como yo misma lo hago, por eso intento pasar desapercibida en todos lados, evito ese tipo de preguntas capciosas que solo puede responder el timbre del teléfono.

Paso por la calle con cuidado de no quedarme mirando por mucho tiempo las putas porque ellas contagian los piojos que traen las palabras sin significado, ¿por qué? No lo sé, la abuela me dijo alguna vez que no las mirara por mucho tiempo, al igual que los objetos, se decoloran. Ella decía que la gente que se miraba al espejo con tanta frecuencia se volvía incolora y que por eso, era gente sin gracia, hasta un día me explicó que los conquistadores europeos cuando habían llegado a América le habían cambiado varios espejos por grandes cantidades de oro a los indios porque ellos se estaban decolorando, de ahí la diferencia de color entre los españoles y los indios. Esa y muchas razones más me dio para no mirarme nunca al espejo.

Sino estoy mal, el teléfono me lo regaló ella, la abuela María Mercedes, el día que me casé con Arturo, me dijo que los teléfonos eran como las ventanas de una casa. Le era insoportable estar aquí precisamente por eso, porque no hay ventanas; el aire se enrarece tan fácilmente y los ecos de las palabras rebotan: termina uno diciendo lo que ya había dicho. Pero bueno, cuando se vive sola eso no tiene mayor importancia, al fin y al cabo, el perro de Arturo es sordo, le gusta rasguñar los muebles de la sala y aprenderse el lugar que ocupan los objetos de la casa de memoria, hasta el teléfono, él sabe donde está, no lo escucha sonar y sin embargo, sabe que está sonando, al igual que yo. No recuerdo el nombre exacto pero, yo le digo el perro de Arturo porque era de él ¡Mierda! Otra vez el teléfono sonando como la sirena de una ambulancia ¿Será alguna emergencia? No creo, quién habría de llamar sino la abuela desde el lugar a donde se van los muertos y el alma de los objetos incoloros. Mejor que se aparezca y me diga que el perro de Arturo no tiene nombre, porque yo lo miro mucho; y que Arturo se comportó como un insolente, desjuiciado y que ojalá esté muerto. Y si no es la abuela entonces recuerdo que es el teléfono quien llama y no los latidos del alma muerta de Arturo: fantasmas que me quieren llevar con él.

¡Mentira! Las historias de amor ya no existen, tampoco los ecos, ni las dudas ni menos el puto teléfono que no para de sonar. ¿Y si me atrevo a contestar? Así como le contesté a la maestra Susana cuando me dijo que yo parecía un sapo saboteándole las clases, yo le dije que aceptaba ser un sapo si ella era un caballo con esos dientes gigantes que tenía; me pegó tan duro en la boca que casi me descuadra los dientes por pura envidia. El teléfono suena como un tenedor deslizándose por un plato,  parece nada más y nada menos que la sinfonía hecha por un perro. Contestaré. Ya me duele la cabeza de aguantarme esa sonadera y nada, peor que los dolores de cabeza cuando me acostaba a pensar en los problemas de Arturo todas las mañanas porque ni él mismo me dejaba tener problemas propios, nadie los tiene, ni siquiera el perro de Arturo. A la una, a las dos y… ¡a las tres! ¡Ya! Salgo corriendo y descuelgo el auricular —Aló… Aló— Cuelgo, creo haber escuchado el perro de Arturo ladrando desde la otra línea.