“La mirada del otro puede cambiarle por completo la vida a uno. Y convertir todos los días en mera pose, en el acto que uno escenifica para los demás”, Tomás Gutiérrez Alea (Memorias del Subdesarrollo, 1968).

HUGO-ANDRÉS-ARÉVALO-G-columnaPor: Hugo Andrés Arévalo González

Fuera de las tumbas, de las otras vidas posibles, de los mitos y leyendas, hay quizá algo más aterrador que las propias brujas y vampiros, creo que muchos, sino todos, coincidiríamos en esto: nuestro mayor terror, es llevar una vida de angustia. Sigmund Freud exponía en su obra “El malestar en la cultura”, tres posibles causas del sufrimiento del ser humano, a raíz de: el cuerpo y su decadencia, los golpes de los fenómenos naturales, y -la que compete a este texto- las tensiones y desgracias producidas por las relaciones con otros seres humanos.

Uno de nuestros mayores sufrimientos, pudiera ser entonces ese de las relaciones interpersonales, y que tendría que ver con no reconocer nuestros demonios y fantasmas, porque son ellos los que nos apartan de las otras personas; nos impiden el conocimiento de sus realidades, por el riesgo de inseguridad, de lo no conocido, y agrede a nuestro instinto egoísta de preservación evolutiva: el Yo. Y aunque a veces este instinto salga a flote sin que la situación exija la supervivencia, de igual manera, nuestro salvajismo atenta al Otro. Así lo exponen Chris Marker, y Alain Resnais, en el documental ‘Las estatuas también mueren’, donde cuestionan el trato del humano blanco sobre el negro: “el negro era el color del pecado (…) Los blancos ya proyectaban en los negros sus propios demonios como una forma de salir de ellos”, y sus obras de arte, que ahora se contemplan en museos, no pudieron llegar hasta ahí, sin antes haber sido arrebatadas “de sus pueblos originarios”.

En ocasiones, solemos preferir aparentar, a asumir el dolor, aun cuando simulando, nos infligimos más daño. Ser más infelices no sería posible entonces, sin ser cómplices con  nuestro Yo ideal (por  tanto no real),  y con el resto de personas ante quienes posamos con nuestro grano de irresponsabilidad, por acción o inacción. Si nuestros demonios y fantasmas nos atormentan, y no los aceptamos y trabajamos, otras personas nos los despertarán aun sin saberlo; o en el caso menos tranquilizador: los manipularán conscientemente hacia nosotros. Todos tenemos abismos internos y aunque a veces no seamos culpables de sus existencias; sí que somos responsables de qué hacer con ellos y cómo enfrentar la vida en adelante. Hay que buscar cómo reconstruir o escalar los caminos de nuestros abismos (cuál es mi postura frente al pasado), tal como lo sugiere otro psicoanalista, Luis Darío Salamone; se espera “lograr que el sujeto no le sume a las miserias naturales de la vida, las estúpidas miserias de su propia neurosis”.

Un ejemplo de estos demonios y fantasmas, es la depresión. A veces cuando la hemos llegado a sentir, preferimos ocultarla. La herida narcisista nos empuja a ser perfectos y  no a perfeccionarnos; buscamos vernos “bien”, “limpios”, “cordiales”, etc.; cuando reprimir las tensiones sólo provoca más malestar. Un caso al respecto, podría ser el suicidio del actor Robin Williams en agosto del 2014: al cabo de unos días, especialistas de todo tipo hablaban sobre los orígenes de su decisión; y de todo el bombardeo mediático, quizá esto fue lo que retuve en mi memoria: un video animado llamado ‘Yo tenía un perro negro llamado depresión’. Al igual que en el video, ¿cómo hacemos el reencuentro con los demonios y fantasmas -que tienen para mí en ocasiones una connotación de temores-, aun cuando en la mayoría de oportunidades, quizá van más allá de un miedo aparente?: va tal vez, más por las vías de qué sentido se ha instalado en cada sujeto desde su historia de vida, para hacerle ver que la vida debe y tiene que ser vivida de una manera y no de otra; qué tipo de placeres debe procurarse y a costa de qué; ser exitoso pasando por encima de todo aquel que se atraviese; ayudar a todo el mundo cuando ni siquiera se ayuda a sí mismo; hacer estudios por doquier, comprar todo lo que sea de moda, exponerse con osadía a deportes extremos por el miedo a morirse sin haberlo hecho, etc.; y pese a todo, esa cantidad desbordada de aparente placer, bien pudiera dejar algunas veces, una profunda desolación, un sentimiento de vacuidad. Al respecto resume Jacques-Alain Miller: “al nivel de la pulsión, el sujeto está siempre feliz. Es un axioma del psicoanálisis: la pulsión siempre se satisface, ‘de forma directa, indirectamente, de manera económica, dolorosa o agradable…’”.

Estos son los fantasmas y demonios reales que van detrás de la máscara de los temores que reinciden: parecieran ser a su vez, el contraste de lo real-izado y lo que no, que se escapa en palabras o sufrimiento.

Y saliendo del ejemplo de la máscara, y pasando del arte en las tablas a los castillos en el aire: “en una ocasión le preguntaron al Dalai Lama por qué no estaba enfadado con el Gobierno comunista chino, después de haber tenido que exiliarse, entre muchos otros percances. Su respuesta fue: ‘Si me enojara, entonces no sería capaz de dormir por la noche o de comer mis comidas en paz. Me saldrían úlceras, y mi salud se deterioraría. Mi ira no puede cambiar el pasado o mejorar el futuro, así que ¿para qué serviría?’” (ver más).