Estando en la sala de espera, atenta al llamado del ginecólogo, me senté al lado de la delgada chica de parpados manchados por la pestañina y labios fucsia. La noté tan angustiada que no pude resistir preguntarle qué le sucedía. -Estoy botando leche por los pezones, es posible que lo haya perdido-, me explicó. Guardé silencio, pero no pude evitar pensar que para mí sería más preocupante el mismo embarazo que una de sus posibles consecuencias.

 

MARITZA PALMAPor Maritza Palma Lozano

Está bien lo del valor a la vida humana y todos los discursos moralistas que se tejen a su derredor, ¿pero cuál es realmente el problema con el aborto?

En una sociedad donde nos cuesta respetar la vida del vecino, donde no sabemos qué es ayudar al necesitado, ni cambiar nuestro estilo de vida para incorporar el principio de valorarnos a nosotros mismos y a nuestro medio natural, ¿cómo vamos a tener criterio para juzgar esta decisión?, ¿cómo vamos a decir que no se valora a un ser vivo por quitarle su derecho de nacimiento, sabiendo que a diario pasamos por encima de miles de derechos más?

En Colombia, pese a que esto aún es un delito constitucional, desde el 2006 se sentenció una ley que legitima el aborto en tres casos: cuando esté en riesgo la salud física o mental de la madre; cuando el embarazo es resultado de incesto, acceso carnal o acto sexual sin consentimiento, inseminación artificial o transferencia de óvulo fecundado no consentidos; y cuando existe grave malformación del feto que haga inviable su vida.

Mientras, a nivel internacional la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha manifestado desde 1994, a través de sus análisis sobre habilitación femenina, que “la salud reproductiva entraña poder disfrutar de una vida sexual satisfactoria y sin riesgo, de la capacidad de procrear y de la libertad para decidir hacerlo o no hacerlo, y cuándo y con qué frecuencia”. Aún así solo este año condenó por primera vez a un estado -Perú- por haberle impedido ejercer este derecho en el 2001 a una mujer que perdió a su hijo después de cuatro días de nacido.

Y como ese caso en muchos países como el nuestro las condiciones siguen estando sobre un papel que no se materializa en la realidad, que se ve obstruido en las sin fin de diligencias que se deben hacer para valer el derecho de abortar, y adornadas por los dedos de quienes aún consideran que este acto es un vil y despiadado asesinato.

No más la Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó un informe en el 2012 donde recalca: “se estima que cada año se realizan 22 millones de abortos en forma insegura, lo que produce la muerte de alrededor de 47.000 mujeres, y discapacidades en otras 5 millones de mujeres”; a la vez que se tiene que en América Latina el 95% de los abortos son inseguros. Entonces, ¿en dónde ha quedado el derecho a la vida, a la salud, y a la capacidad de decidir de la mujer?

Es necesario entender que tener un hijo no es solo parir a un ser de carne y hueso, un ser humano merece las condiciones más básicas de vida que garanticen el desarrollo integral de sus dimensiones físicas, emocionales, espirituales, mentales, sexuales y sociales; y no es un asunto de plata ni mucho menos, es un asunto de querer brindar las posibilidades que cada quien considere que puede y en el momento de vida que desee. No es decidir por la vida del otro, es decidir por la propia y lo que se está dispuesto a ofrecer para la venidera. No pretendo que todas aborten, pero sí que se respete que el derecho a la vida es el derecho a la vida digna, y cada mujer tiene la potestad de decidir sobre la suya.

Que planifiquen, que se protejan, que el Estado tenga planes de educación sexual que trasciendan las percepciones del procurador Ordoñez, y que se eduque y culturice a la mujer y a la familia para que el desconocimiento y la irresponsabilidad no sean excusas para llegar a esta práctica; pero también que el doble moralismo de nuestras cerradas tradiciones conservadoras no sean la justificación para señalar e impedirlo cuando simplemente están en todo su derecho.